Todo empieza con el calor. Hablar del clima es cosa de viejos o de inmediata ambientación literaria. “Afuera llovía” siempre queda bien. “Fue el día más caluroso del año” también. El asunto es que de verdad se trató de uno de los días más calientes en mucho tiempo. La ciudad despertó alterada, tenía un tránsito inusitado, había calles cortadas, vallados. Los ómnibus circulaban por recorridos alternativos. Las heladeras no helaban lo suficiente. En ningún almacén de la zona parecía haber la cantidad de cervezas necesarias. Y en el Parque Batlle desembocaba por varias arterias una creciente, intensa, agitada peregrinación: tocaban los Stones. Con Jota aterrizamos con predisposición rolinga: bermudas, zapatillas y aditamentos para la alegría. Con el fin de evitar una espantosa cola, nuestra misión era encontrar la carpa de L. “Es por acá”, dice Jota, un hombre ducho en estas cuestiones de los conciertos. Pero le erra, así lo atestiguan los rostros impávidos de los encargados de seguridad. “¿La carpa de L.? Ni idea”. Damos varias vueltas al parque hasta que llegamos a la estación Prensa. Una mujer visiblemente estresada, a punto de caer en una crisis de nervios (atiende el celular, habla por el walkie-talkie, pide la lista de los periodistas, contesta preguntas a diestra y siniestra, todo al mismo tiempo) señala en una dirección con las últimas fuerzas que le quedan: “La carpa es por allí”. Al final damos con el condenado sitio. No hay forma de entrar: la carpa está totalmente vallada. Desde afuera vemos cómo los ocupantes chupan y morfan y ríen. Seguimos dando vueltas a la carpa de L. como perros sedientos y hambrientos hasta que detectamos un pequeño pasaje entre las vallas por donde podría pasar, precisamente, un perro: por ahí nos mandamos. Nos ponemos al día con el whisky y los crepes. La música es estridente, tanto que tapa a los pobres teloneros que dejan la vida en el escenario. De pronto, alguien anuncia por un altavoz: “Escuchen, sé que lo están pasando bien, pero escuchen, por favor. Los que tengan entradas B1, nos encontramos en quince minutos en la puerta, recuerden, B1”. Sigue la jarana, la música al mango, el whisky, los crepes, las risotadas. Otra vez el altavoz: “Atención a los que tienen las entradas B1, mucha atención. Tenemos que ir ordenados, sin separarnos, de lo contrario no los van a dejar entrar. Además, vamos a pasar por una zona de camiones”. ¿Zona de camiones? ¿Y eso? Habrá que arrastrarse por debajo de los camiones. Rajarse el lomo contra el cardán. Engrasarse. O tal vez atravesar a lo largo una doble fila de camioneros, de esos entrados en carnes que comen hamburguesas en luncherías de paso y usan botas puntiagudas, dispuestos a azotarnos para comprobar si tenemos auténtico temple rolinga. Nuestra guía, a quien debemos seguir todos los que tenemos entradas B1, porta un manojo de globos de colores para identificarse. Y la seguimos por la calle de la Tribuna América, convertida en un laberinto vallado aquí, allá y más allá; pasamos por el costado de un par de camiones y entramos por la esquina que forman la América y la Ámsterdam, donde antaño la ambulancia de Martinelli cobijó, un día de julio de 1964, a José Sanfilippo, cuando lo quebraron en el partido entre Nacional y Vasco Da Gama, apenas unos pocos días después de que la banda de estos septuagenarios que ahora escucharemos disfrutaba su primer disco, un rock que sería parte de la Historia, inoxidable, eterno.

