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    Entre cerdos y ballenas silvestres

    Director Periodístico de Búsqueda

    N° 2013 - 21 al 27 de Marzo de 2019

    El libro se llama Secreto Tibet y fue escrito por el antropólogo y fotógrafo italiano Fosco Maraini a mediados del siglo XX. Cuenta el origen de una expresión de la sabiduría popular, esa que siempre sirve para hurgar en la naturaleza humana. Parece que hace unos cuantos siglos unos monjes japoneses tenían como regla comer solo carne de algún animal marino. El problema es que se encontraban lejos del mar, en una zona en la que abundaban los cerdos. Fue así que decidieron catalogar a esos animales como ballenas silvestres para incorporarlos a su dieta.

    “Hecha la ley, hecha la trampa” surgió entonces como una máxima de la convivencia social. Otros dicen que fueron los romanos, creadores de muchas normas que rigen las sociedades contemporáneas, que al legislar usaban la expresión: “Inventa lege, inventa fraude”. Más allá del origen asiático o europeo, lo cierto es que lo descripto por el refrán fue tan acertado que hasta el día de hoy tiene vigencia.

    Uruguay no es la excepción. Muy por el contrario, las trampas a veces hasta superan a las leyes en las tierras de Artigas y el actual año electoral es un buen ejemplo al respecto. Todos los partidos se jactan estos meses de honrar y defender a la democracia pero no reparan en un problema crucial, que lleva a que sea un poco menos representativa de lo que debería.

    El próximo domingo 30 de junio será seguramente una jornada invernal, inhóspita. Ese día se comenzará a elegir al próximo presidente y lo más probable es que voten menos de la mitad de los habilitados para hacerlo. Otros, la mayoría, estarán más preocupados por el desempeño de la Selección uruguaya en la Copa América que se jugará por esos días o preferirán resguardarse en sus hogares en lugar de incidir en la definición de su futuro.

    Pueden hacerlo porque no están obligados a votar y ese es el problema. No porque el voto obligatorio sea una solución mágica. Es más, no votar debería ser una opción a la que pueda recurrir cualquier ciudadano como forma de manifestarse, como ocurre en otros países. Pero en Uruguay hay una contradicción flagrante que funciona como una trampa a la democracia.

    Las elecciones nacionales y la segunda vuelta son obligatorias, todos tienen que concurrir a las urnas a manifestar su voluntad. No ocurre así con las internas, como si se tratara de un episodio menor, cuando no lo son. ¿Cómo va a ser secundario el momento en el que se define la lista de posibles presidentes? ¿O acaso es lo mismo Cosse que Martínez o Sanguinetti que Talvi o Lacalle Pou que Larrañaga o que cualquiera de los demás postulantes? En esa primera instancia, subestimada, se define gran parte de la suerte electoral de los distintos partidos.

    Y la realidad muestra que desde que se realizan las elecciones internas, cada vez son menos los que participan. El 53,7% del electorado lo hizo en 1999, el 45,7% en 2004, el 44,8% en 2009 y el 37,1% en 2014. En tiempos en los que el desinterés por la política crece, es probable que el porcentaje se siga reduciendo y que solo uno de cada diez uruguayos —o menos— haya apoyado desde el principio a quien sea elegido como próximo presidente.

    En otras palabras, el sistema electoral local, modelo democrático en el continente y en el mundo, empieza eligiendo a sus principales competidores mediante una instancia en la que mandan las cúpulas y los obedientes a los partidos y los sectores, más allá de las ideas.

    Por eso, la obligatoriedad no puede ser solo para unos comicios y no para otros. Hacerlo de esa forma genera la inmediata sospecha de que los que reformaron la Constitución para que fuera más representativa se encargaron de reservarse una instancia para ellos y esa es una trampa con consecuencias muy negativas.

    Las instituciones son mucho más importantes que las personas y deben sobrevivir a ellas. Es un defecto bastante instalado entre los uruguayos, en especial en política pero también en otros rubros, el de pensar que los proyectos deben estar en función de sus autores o los que los hicieron crecer.

    Son muy pocos los que logran planificar en grande y animarse a poner al interés general por encima del partidario o del personal. El exceso de ego y la imposibilidad de ver más allá de la vida propia genera obstáculos al desarrollo de lo más conveniente para el mediano y largo plazo. Y da la sensación de que al hacer las elecciones internas no obligatorias, lo único que hicieron los dirigentes políticos del momento fue mirarse al ombligo.

    Hoy todos los precandidatos terminan acomodando sus discursos para una disputa destinada a los que todavía cargan con las banderas en sus espaldas. Es por eso que algunos postulantes se disfrazan de lo que no son y transforman su campaña en función de lo que reclaman las viejas estructuras, cada vez menos representativas.

    Los postulantes del Frente Amplio, por ejemplo, asumen posturas afines a los lineamientos más antiguos de esa fuerza política y se disputan las figuras emblemáticas de la izquierda. Es probable que eso haya sido lo que motivó a Daniel Martínez a iniciar su campaña visitando a José Mujica y lo que llevó a Carolina Cosse a cuestionar los barrios privados. No creo que hubieran elegido exactamente el mismo camino si la próxima instancia electoral fuera obligatoria.

    Lo mismo ocurre con los blancos y los colorados. Ahora lo que más importa es la divisa, por más que algunos de ellos la sientan como algo secundario. Es así como Ernesto Talvi tiñó su cartelería de rojo o Juan Sartori recurre dos veces a “Votá blanco” en su eslogan de campaña.

    Otras serían las propuestas y la legitimidad de los resultados si todos tuvieran que votar en las internas o, en caso contrario, si ninguna instancia electoral fuera obligatoria. Pero con el actual sistema, se termina votando a los cerdos como si fueran ballenas silvestres.

    Es una lástima porque basta con una modificación mínima para mejorar esa situación que afecta a la democracia que, como decía Winston Churchill, es “el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás que se han inventado”.

    ?? El mundo de Shibuya

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