Estoy en la dentista, sentada mientras una luz ciega mis ojos y mi bocaza abierta soporta un torno implacable que me hace vibrar la mandíbula.
Estoy en la dentista, sentada mientras una luz ciega mis ojos y mi bocaza abierta soporta un torno implacable que me hace vibrar la mandíbula.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAunque no pueda contestar palabra, ella me habla para distraerme. Esta vez me contó algo atroz.

Me dice que fue víctima de un copamiento y un secuestro. Mis ojos se agrandan tanto como mi boca y apenas puedo emitir un gutural: “¿Ehg?”.
La dentista continúa trabajando en mi muela. Y habla. Una noche, mientras estaba cocinando, escuchó llegar a su marido gritando. Se giró y vio un revólver en la sien de su esposo. Lo sujetaba un desconocido. Detrás un chico seguía los pasos de su maestro.
Los perros se prendieron del brazo del copador: “Sacame estos perros porque si no, los mato a ellos, a tu marido y a vos”. Obediente, mi dentista metió a los chuchos en el baño. Empezaron los gritos: “¡La plata, las alhajas!”.
Ella es una mujer acostumbrada al estrés humano. Apoyó su mano en el brazo del ladrón y le dijo: “Yo voy a hacer todo lo que digas, pero no nos hagas nada”. Vació la cartera frente a los delincuentes. Se sacó los anillos. Ellos dieron vuelta la casa, arrastrando al marido con la pistola en la cabeza.
El hombre aúlla exigiendo la caja fuerte. Mi dentista dice: “No hay caja fuerte”. No le cree. La lleva con un cuchillo en la espalda al segundo piso. A ella le tiemblan las piernas, es una mujer bonita y puede violarla. Pero no; solo se quedan con la recaudación de 12 horas de trabajo, celulares y computadoras.
Han quedado desparramadas las tarjetas: “Al cajero”, dice el líder. En el auto ella conduce y el agresor es copiloto. Mi dentista se rebela: “No puedo creer que te quedes con ese celular viejo que no vale dos pesos y donde tengo todos los contactos de mi trabajo”. El hombre le dice: “No te hagas la viva, flaquita”. Llegan al cajero, ella saca el tope de dinero, vigilada por el menor. Cuando salen siente que el chico le ha metido algo en el bolsillo. (Luego ella verá que el adolescente le ha devuelto los anillos).
El mayor dice que los lleve hasta un barrio. Ella conduce pero no sabe a dónde. Ellos bajan, el parlanchín le dice que olvide dónde está. Mi dentista está perdida. Antes de correr, el ladrón se asoma por la ventanilla y le dice: “¿Sabés por qué no te hice nada? Porque cuando entré estabas cocinando: sos una madre”.
Al contarle al juez la sutil devolución de los anillos por el “chiquito”, mi dentista comenzó a llorar a mares. Y cuando repitió el “sos una madre”, ya no pudo seguir. Una explosión de angustia la hizo maldecir al mundo, a la sociedad, a este país que creó esos seres desamparados sin una madre que les hiciera una cena, crecidos en el INAU y hoy colmando las cárceles.
La escucho con mi boca abierta. Con ojos desorbitados. Sin poder hacer ningún comentario. “Los reconocí”, me dijo ella. “Al menor lo internaron hasta los 18, al mayor le dieron como diez años por el secuestro. Pero cada vez que me acuerdo de los anillos y de la despedida, lloro. No puedo odiarlos”.