Nº 2179 - 23 al 29 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa libertad de las personas siempre ha estado amenazada. La gran diferencia entre los distintos proyectos históricos es que en algunos momentos esa amenaza tuvo lugar desde fuera del ámbito de quienes eran víctimas de los ataques, en cambio en nuestro tiempo —y ya en el de Ludwig Mises— la libertad se halla seriamente comprometida y abiertamente perseguida por un Estado que está en manos de fuerzas subyugadas por el pensamiento colectivista que, bajo diferentes formulaciones, se proponen sustituir los fueros de las personas por las determinaciones de un sistema organizado para sofocar toda iniciativa individual que no encaje en la obediencia a la ideología dominante.
En el libro Teoría e historia: una interpretación de la evolución social económica (Unión Editorial, España, 2004), Ludwig Mises expone algunas advertencias desde el campo de la investigación epistemológica y desarrolla su propio concepto de ciencia histórica no como una enseñanza sistemática, sino más bien en contraste con la crítica opinión contraria. Esto es singularmente fecundo porque pone el acento en el lugar exacto de la historia del que nunca debió ser desplazada, que es en la tensión entre la filosofía de la historia y el espíritu de la Ilustración. Esto es la batalla que se libró en el ámbito de las ciencias sociales entre las concepciones fatalistas de la historia, de los relatos que pretenden haber encontrado las llaves del comportamiento eterno de la humanidad o de las eternas causas y direcciones exactas de sus mudanzas y, por otro lado, el recelo crítico que reclama someter todo a análisis contrastado con el puro afán de entender y no el de demostrar la verdad de una ideología.
Es en ese punto en el que se centra, me apresuro a concluir rebasando los límites que se fija Mises en la materia, la fuente de todo desastre y desconcierto de las experiencias políticas de la modernidad, incluida la democracia radical y sus patéticas caricaturas contemporáneas.
Una de las principales tesis del libro, aquello desde lo que se puede pensar el objeto de estudio como algo seriamente ligado a la realidad de la existencia, es que el punto de partida de la historiografía no es otro que la persona actuante o las personas actuando en grupo. En vano deberán buscarse señales en las estrellas, signos en las batallas de Alejandro, Rommel, Jerjes, Napoleón o Tamerlán, indicios en los sistemas de gobierno, analogías de procesos o de comportamientos, pistas en el carácter de los reyes o de sus súbditos; nada, absolutamente nada de lo que ha ocurrido es capaz de sostener o explicar lo que nos toca vivir, decidir las personas que somos o sobre aquello que nos sale al encuentro de frente o de costado, pero que no tenemos cómo sortear.
El hombre en la historia, va a sugerir Mises, no es más que la experiencia de la acción como reacción consciente a las condiciones de vida que tenemos las personas involucradas con la meta del cambio. Lo contrario es milenarismo: simple magia capaz de prever los acontecimientos, de leer en las entrañas de los animales la suerte del mundo.
Sobre esto escribe Mises: “El fatalismo es tan contrario a la naturaleza humana que pocas personas estuvieron preparadas para sacar todas las conclusiones a las que conduce y ajustar su conducta en consecuencia (…). El mejor ejemplo lo ofrece el marxismo. Enseña la preordinación perfecta, pero todavía tiene como objetivo inflamar a la gente con un espíritu revolucionario. ¿De qué sirve la acción revolucionaria si los acontecimientos deben resultar inevitablemente de acuerdo con un plan predeterminado, hagan lo que hagan los hombres? ¿Por qué los marxistas están tan ocupados organizando partidos socialistas y saboteando el funcionamiento de la economía de mercado si el socialismo llegará de todos modos ‘con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza’? De hecho, es una excusa poco convincente declarar que la tarea de un partido socialista no es llevar a cabo el socialismo sino simplemente brindar asistencia obstétrica en su nacimiento. Las ideas, los partidos políticos y las acciones revolucionarias son meramente superestructurales; no pueden retrasar ni acelerar la marcha de la historia. El socialismo llegará cuando las condiciones materiales para su aparición hayan madurado en el seno de la sociedad capitalista, ni tarde ni temprano. Si Marx hubiera sido consecuente, no se habría embarcado en ninguna actividad política”.
En ese extravío, me permito agregar, quedamos mental y materialmente atrapados.