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El 4 de junio de 1943, un grupo de militares pertenecientes a la logia nacionalista y pro-fascista Grupo de Oficiales Unidos (GOU) derrocó al presidente argentino Ramón Castillo. Tres días más tarde asumió la presidencia Pedro Pablo Ramírez, un oficial que había peleado en el ejército alemán en la Primera Guerra Mundial y que se negaba a romper relaciones con la Alemania nazi. Estos hechos marcaron el comienzo de la meteórica carrera del coronel Juan Domingo Perón, uno de los fundadores del GOU.
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La presencia de significativos centros germanófilos y pro-nazis en Argentina había generado nerviosismo en la Casa Blanca. Mientras Brasil le aseguraba materias primas a Estados Unidos, le declaró la guerra al Eje y mandó tropas a Europa, Argentina seguía manteniendo una neutralidad que favorecía la posición de Hitler. Frente a las presiones de la Casa Blanca, Ramírez tomó una serie de medidas que afectaban los intereses estadounidenses. Llegó incluso a censurar a la influyente revista “Time”. Sin embargo, el constante aumento de las presiones aliadas lo llevaron a romper relaciones con Berlín y Tokio en enero de 1944.
En respuesta a ese paso, el sector más nacionalista y germanófilo del GOU obligó a Ramírez a renunciar, sustituyéndolo por el general Edelmiro Farell. Uno de los más activos en estos procesos fue Perón, quien desde su anónimo puesto como responsable del Departamento de Trabajo había forjado una alianza estratégica con los sindicatos y el socialismo.
Así se llegó al 17 de octubre de 1945, cuando Perón fue aclamado en la Casa Rosada junto a Eva Duarte, más conocida como Evita, que de esa manera hacía su primera gran aparición pública.
Formado ideológicamente en la Italia de Mussolini, y consciente del peso del sindicalismo en la vida nacional, Perón había acumulado poder en las sombras. Desde el comienzo de su vida política, el astuto coronel supo aplicar los principios del corporativismo fascista para la formación de un partido populista. Apoyado en los sindicatos, estructurado verticalmente y potenciado con el misticismo de su líder, el nuevo partido pasó a ser llamado con el mismo nombre que el generalísimo Franco había impuesto a la Falange española: el Movimiento. El Río de la Plata asistió así al surgimiento del peronismo, que representaba un fenómeno de masas novedoso en la región.
La primera gran carta jugada por Perón en la escena política nacional fue el antiestadounidismo. Por eso, para las elecciones de 1946 su lema fue “Braden o Perón”. Spruille Braden era el poco flexible y menos discreto aún embajador de Washington en Argentina y dicha consigna electoral anunciaba una postura antiestadounidense que convertiría al coronel en líder del movimiento latinoamericanista y antimperialista al sur del Río Grande.
La aparición del peronismo nutrió al antiestadounidismo rioplatense de varios elementos nuevos. De la misma manera que había sucedido en casos anteriores, dichas novedades se mezclaron con los elementos ya existentes, de forma que la cocina ideológica del Movimiento le ofrecía al público un amplio menú. Aristocráticos representantes de la vieja oligarquía hispana, marxistas recién bautizados, admiradores de Mussolini y Franco, enamorados de la clásica disciplina prusiana, rudos ruralistas y delicados doctores de la ciudad: todos ellos se encontraban en la amplia plataforma latinoamericanista y antiimperialista, que eran las dos caras de un mismo resentimiento.
En 1947 Perón anunció su Tercera Posición, según la cual pretendía ubicarse entre el capitalismo y el comunismo. También en este sentido seguía las lecciones de Mussolini, quien había sabido espolear, con la misma dureza retórica, las ideologías portantes en Estados Unidos y en Rusia. Los discursos de Perón, y muy especialmente el de noviembre de 1953, dirigido a los mandos del Ejército, lo convirtieron en el padre espiritual del actual Mercosur. Pero a diferencia de Juan Bautista Alberdi y otros próceres de la nación argentina, Perón no consideraba que Brasil debía ser dejado afuera del nuevo bloque. Por el contrario, el inmenso mercado brasileño era para él fundamental a la hora de aglutinar un polo de países “grandes” que luego atraerían a los “débiles” en función antiimperialista.
El discurso supuestamente privado de Perón a los altos mandos del Ejército argentino fue, gracias a una infidencia, publicado en Uruguay en enero de 1954 bajo el sugestivo título “El imperialismo argentino”.
En su oratoria, Perón impulsó el ABC (Argentina, Brasil y Chile) como polo alternativo latinoamericano. “Estos tres países unidos”, sostuvo frente a sus colegas militares, formaban “la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva. Estos son países reserva del mundo”.
La conclusión no podía ser otra: “el porvenir es nuestro”. El mundo, cada vez más poblado y cada vez más industrializado, es decir cada vez más necesitado de comida y materias primas, terminaría según Perón por rendirse a los pies de Argentina y sus aliados. Carlos Pellegrini estaba muerto, pero su fantasma, hubiera dicho Galileo Galilei, eppur si muove...