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    Escondido

    N° 1810 - 09 al 15 de Abril de 2015

    Una cosa es vivir en un lugar y otra muy distinta visitarlo. Quienes viven en el Palacio Salvo se quejan con todo derecho de su estado de deterioro y abandono, de sus humedades, de la administración, de lo que sea. Pero quien visite este edificio emblemático de Montevideo, concebido por el arquitecto italiano Mario Palanti e inaugurado en 1928, no saldrá de su asombro: es realmente misterioso. Si bien el Salvo es la estampa citadina que sobresale en las postales y está bien claro al final —o al principio— de la avenida 18 de Julio, en cierta forma es un edificio oculto. Hacia afuera resulta una presencia incuestionable, con su arquitectura ecléctica de hormigón armado, sus torretas, sus símbolos masones. Pero hacia adentro funciona como si estuviese escondido: es un laberinto rococó, te perdés en los pasillos y la fuerza centrífuga parece mayor. Es vivir en una película, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

    El tour arranca en el hall principal. Los turistas esperan al guía mientras el conserje del edificio contempla sonriente la situación detrás de un mostrador, con una heladerita a mano y el televisor encendido. Es Barton Fink, de los Coen. Cuando llega el guía y comienza con las primeras disquisiciones históricas sobre el edificio, debe elevar la voz para superar el audio del televisor.

    Das un par de pasos con el guía y los turistas y de inmediato te asalta el pasado: cuando el Salvo fue un hotel, cuando funcionaba un baile donde actualmente se levanta un confuso entramado de oficinas, cuando hubo un teatro en lo que ahora es un estacionamiento en el subsuelo y donde oh casualidad vi Malpertuis en uno de los trasnoches de Cinemateca. Laberintos dentro del gran laberinto. Es una tentación llamar a las puertas de los departamentos particulares porque necesariamente deben esconder personajes. A veces una viga enloquecida o una terminación abrupta te puede golpear la cabeza.

    Las remodelaciones, un tanto chapuceras, dejan ver todavía lo viejo y original escondido, como una fuerza decadente pero indomable. De pronto nos encontramos en un pozo de aire: cantidad de ventanas con sus marcos originales, las cortinas sucias al viento, ropa colgando, olor a comida y un vecino barrigón durmiendo la siesta. “Esto es Nápoles”, dice atinadamente uno de los miembros del tour. Y los turistas sacan fotos, y nosotros, turistas locales, también sacamos fotos.

    En otro momento de la visita guiada, en un descanso de la gran escalera de mármol, nos enfrentamos a lo que fue el vitral pero vemos únicamente el esqueleto de hierro que lo soportaba (“pronto estará remodelado”, dice el guía). En un abrir y cerrar de ojos estamos en un amplio salón con billares; los jugadores tienen un promedio de 75 años. Para seguir con las referencias cinematográficas, es la clásica secuencia de los pensionados baratos con los viejos caminando en bata y pantuflas. Una delicia.

    Luego la terraza, con una vista excepcional de la ciudad y el fin del tour en el piso 24 con el mirador de 180 grados, donde los turistas deben acceder en grupos reducidos. Nunca verás tan pequeña la estatua de Artigas y a los transeúntes en la Plaza Independencia, un vértigo similar al que se aprecia desde la cúpula de San Pedro. Para cerrar, el guía cuenta historias de fantasmas ocurridas en el Salvo. No son necesarias: a todos los fantasmas los hemos visto en carne y hueso.