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En mayo de 1967 se publicó por primera vez en Buenos Aires Cien años de soledad. La editorial Sudamericana, y sobre todo su director, Francisco Porrúa, tuvo la audacia de jugarse por una novela extraña, desbordante, mágica y al mismo tiempo real, que traía el color, el sabor y la historia colombiana entre sus páginas. “La publicación ya estaba decidida con la primera línea, con el primer párrafo. Simplemente comprendí lo que cualquier editor sensato hubiera comprendido en mi lugar: que se trataba de una obra excepcional”, dijo Porrúa años después al explicar la edición de la novela latinoamericana más exitosa, traducida a decenas de idiomas y estudiada en el mundo.
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Gabriel García Márquez había ideado la realidad ficticia de Macondo años atrás, cuando visitó en 1952 con su madre la casa familiar de Aracataca, pueblo donde había nacido en 1927. De a poco fueron surgiendo historias que anticipaban su gran obra, como en la novela La hojarasca (1955) o en los cuentos de Los funerales de Mamá Grande (1962).
Cien años de soledad cuenta la historia de los Buendía en Macondo a través de siete generaciones. Es tal la cantidad de Aurelianos Buendía que aparecen, que en todas las ediciones hay un árbol genealógico que parte de Úrsula Iguarán y José Arcadio y se abre en multiplicidad de personajes hasta llegar al último Aureliano. En el medio hay una guerra civil interminable y una lluvia interminable, amores prohibidos y amores eternos, hay mujeres inolvidables, un gitano que vive para siempre y un amante rodeado de mariposas amarillas. También hay un pergamino que dice: “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”.
Este año, Penguin Random House se une a los festejos por los 50 años de la novela con una hermosa edición ilustrada por Luisa Rivera. Los homenajes en toda Colombia son variados, pero no hay nada mejor que abrir el libro y aventurarse con el coronel Aureliano Buendía hacia “aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.