“Ni hetero, ni bi ni homo: pansexual. Fumador de haschish francés en los 60, alcohólico desde todas sus épocas”. Así comienza la semblanza que los periodistas Nelson Barceló y Gustavo Rey estamparon en Uno diferente, el libro que narra la vida de un hombre que no encajó en ninguna horma, ni siquiera en la de los anodinos y previsibles textos de contratapa. Alberto Restuccia fue, casi exclusivamente, una bestia omnívora del escenario: actor, performer, director, dramaturgo, traductor y productor.
Fue, junto con Luis Bebe Cerminara, Graciela Figueroa y Jorge Freccero, un pionero del teatro de vanguardia no solo en Uruguay, sino en Latinoamérica, al fundar en 1961 Teatro Uno, el grupo que, según Restuccia aseguraba, hizo por primera vez en Uruguay obras de Samuel Beckett y del llamado teatro del absurdo.
Fue, de la mano de Cerminara, un transgresor cuando había que tener agallas para serlo, y un agitador cultural —mejor dicho, contracultural— con todas las letras. Tan explícitamente admirador de Nietzsche como del Marqués de Sade, levantó como banderas sus posturas ideológicas (primero comunista, luego anarquista y luego “anarcocomunista”), sus manifiestos estéticos y sus proclamas en el campo del ejercicio de la libertad sexual y más concretamente de la poligamia y de conceptos como “poliamor” cuando aún nadie usaba ese término, hoy vuelto tendencia.
Fue un adelantado y un personaje fascinante para algunos, y fue para muchos otros un sujeto irritante, desagradable y hasta detestable, condenable y condenado.
Fue un prestidigitador de la palabra, un encantador de serpientes, un entrevistado generoso que tiraba 25 títulos posibles en cada entrevista. Pero más allá de lo irritante que pueda haber sido su verborragia para quienes no sintonizaban con su sensibilidad, fue un tipo que siempre defendió sus dichos con sus acciones. Nunca cayó en frivolidades para vender más entradas. Fue un detractor del capitalismo y lo único que abundaba en su casa eran libros.
Fue un kamikaze que, como solía repetir, dirigió la primera obra teatral con travestis en escena en Uruguay, en 1970, cuando hizo Las criadas, de Jean Genet, con actores en los roles protagónicos, a su cargo junto con Cerminara y Pepe Vázquez. Los tres iban paulatinamente dejando sus ropas de hombre para terminar vestidos como empleadas domésticas, tal cual lo pedía el autor francés. Como Restuccia quedaba totalmente desnudo, el elenco era sancionado con una multa en cada función. “Era el precio de ejercer la libertad”, dijo en una entrevista que otorgó a la diaria.
Fue un temerario. Había que tenerlos bien puestos para poner sobre las tablas el exterminio de la población indígena en Uruguay, como lo hizo en Salsipuedes, el exterminio de los charrúas, en pleno apogeo de la escalada de violencia política, en los 70. Y más cojones fueron necesarios para descerrajar esa metralla libertaria en plena dictadura llamada Esto es cultura, animal, en la que inventó una protolengua con reminiscencias del nadsat que ideó Anthony Burgess para La naranja mecánica, tras poner en la coctelera un montón de lenguas del Este europeo y de la cultura gitana.
Fue también, especialmente en los últimos 10 o 15 años, y hay que decirlo, un excesivo autoversionador y se volvió cada vez más monotemático en su representación del costado femenino de su personalidad. Presionado por un creciente empobrecimiento económico, especialmente luego del cierre de Casa del Teatro, 20 años atrás, volvió una y otra vez sobre sus pasos para montar y remontar desmejoradas versiones de sus éxitos más taquilleros, pero ya sin provocar aquel efecto revulsivo.
Fue mujer durante sus últimos años, cuando desarrolló y exacerbó su álter ego femenino, al que llamó Beti Faría, que poco a poco se fue comiendo al Restuccia real y también al Restuccia personaje, y que quedó registrado en decenas de retratos periodísticos, con su obesa anatomía envuelta en prendas de cabaret. “Me es muy difícil separar el teatro de mi vida privada”, dijo a Búsqueda en 2010, en una entrevista en la que anunció su participación en el filme docuficcional El proyecto de Beti y el hombre árbol, de Álvaro Buela, en el que Restuccia fue retratado en una serie de encuentros junto con el escritor Felipe Polleri. Y agregó: “Me divierte mucho que Beti se muestre de esa manera, como una maricona pobre y uruguaya. El espectador es como un voyeur que espía mi vida”.
Fue un todoterreno, un multioficios, un “manitas” de las tablas: fue su propio vestuarista, su propio iluminador, su propio escenógrafo, su propio utilero, su propio musicalizador, su propio representante y su propio encargado de prensa.
Fue poeta y narrador oral, pues cuando se salía de su personaje se transformaba en un incansable divulgador de grandes y pequeños literatos y también de grandes y pequeños músicos. En escena o fuera de ella (en los últimos años no solía haber gran diferencia) siempre soltaba alguna línea de algún clásico, desde Shakespeare y Calderón de la Barca, Joyce y Hemingway o Borges y Cortázar a sus malditos amados como Artaud, Bukowski, Burroughs o Isidore Ducasse. Y siempre se aprendía algo nuevo de jazz: desde los clásicos Coltrane, Parker, Evans y Miles a los contemporáneos Brad Mehldau, Esperanza Spalding o Joshua Redman (lo descubrí en una obra en un sótano céntrico; Restuccia entraba a escena mientras sonaba India, que comienza con un solo de un minuto).
Fue un artista errante por decenas de boliches del Centro después de que por no poder solventar los gastos Teatro Uno perdió su sala de Mercedes y Tristán Narvaja. En los últimos 20 años desembarcó por breves temporadas en locales como Intramuros, Girasoles, Museo del Vino y El Coruñés, con su valija llena de vestidos de encaje, zapatos de taco alto y medias de red.
Fue hijo de uno de los más reconocidos dirigentes de la historia del fútbol uruguayo, el legendario presidente de Nacional Miguel Restuccia; fue esposo, varias veces divorciado y fue padre de cuatro hijos que le dieron cuatro nietos. Uno de sus hijos, Joselo, murió de sida, y arrastró ese dolor durante el resto de su vida. “El español y la mayoría de los idiomas definen con la palabra huérfano al hijo que pierde a sus padres. Es la ley natural. Pero no existe la palabra que define al padre que pierde a un hijo. No alcanzan las palabras para describir ese dolor”, dijo a Búsqueda en 2007. También dijo entonces que mantenerse en continua actividad le servía para sacar la mente de esa pérdida.
Fue un músico frustrado, según confesó en una entrevista biográfica en Radio Clásica, en 2018. Otro de sus hijos, Antonino, cumplió su sueño y se transformó en bajista y compositor de jazz, con varios discos publicados en diversos proyectos, además de uno como solista. Su pasión por la música y su hermano Luis, uno de los más trascendentes ingenieros de sonido de la música uruguaya, lo llevaron a ser divulgador musical en Eco contemporáneo, el programa radial en el que además de pasar a Zappa, Hendrix y King Crimson se despachaba con lo mejor del jazz de vanguardia y presentaba rarezas como el belga Wim Mertens. También fue crítico de cine y teatro en la columna radial que mantuvo durante más de una década en Abre palabra, el programa radial de Gustavo Rey en Océano FM.
Fue, a su manera, un renacentista que hablaba con la misma locuacidad de cine, teatro, historia de las ideas, gastronomía, budismo tibetano y arquitectura francesa, y un punk que arrasaba con toda esa erudición en una diatriba incendiaria. Fue un destinatario de la ciudadanía ilustre por sus méritos artísticos y de la pensión graciable por su precaria condición económica, que por momentos lo jaqueó al borde de la indigencia (“Quisiera no actuar más pero no puedo porque si lo hago me muero de hambre”, dijo en 2013 a El Observador).
Fue extremadamente narcisista, como todo creador que se precie, y también llegó a ser insoportablemente autorreferencial. Pero fue, como bien se titula su biografía, diferente. Y fue necesario. Cientos de artistas y no artistas que pasaron por sus clases las llevan como un recuerdo imborrable. Seguramente con un par de cubos de hielo derritiéndose en su vaso de whisky rebajado con agua, Alberto Julio Restuccia Farías murió el domingo 28, el mismo día en que —casuales casualidades— millones de seres humanos celebraron su orgullosa libertad.