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    Esto se arregla a los tiros

    Obras maestras: El bueno, el malo y el feo, de Sergio Leone, un spaghetti western con Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee van Cleef

    Se entendían por señas. El director era italiano, los actores principales norteamericanos y los extras españoles. La Guerra de Secesión servía de excusa histórica para que tres forajidos fueran, varios tiros y muertes mediante, tras un tesoro enterrado por un soldado de las tropas confederadas en una tumba. Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee van Cleef hablaban en inglés entre ellos (de golf, de la vida, a veces de sus personajes); como no había sonido directo, los extras recitaban números en sus intervenciones (uno, dos, tres… blablablá, total, luego se doblarían las voces en el estudio) y los técnicos detrás de las luces y las cámaras discutían de fútbol. Sergio Leone, como un gran régisseur operático, pedía al fotógrafo Tonino delli Colli (que había trabajado con Pasolini, Polanski y Louis Malle, entre otros grandes cineastas) que la escena tal o cual tuviese la luz tangencial de un Vermeer y que la cámara captase el duelo final entre los tres pistoleros como si fuese un ballet. También había encargado al músico Ennio Morricone —que ya estaba presente en las dos películas anteriores, Por un puñado de dólares y Por unos dólares más— una banda sonora con silbidos, campanas y guitarra eléctrica que sonaba cada dos por tres durante el rodaje:

    Tururu-ruruuu… gua, gua, guaaa.

    El paisaje del Oeste norteamericano, esa entelequia que va desde cañones de piedra y arena hasta pradera y pueblos de madera, en realidad lo soportaba el desierto de Almería; la batalla entre las fuerzas del Norte y del Sur por la posesión de un puente, por ejemplo, ocurría en Burgos, mientras que una estación de trenes atiborrada de soldados fue filmada en Granada. Asimismo, las escenas en interiores se habían reconstruido en un estudio de Roma.

    A todo esto —las balas, la arena, los sombreros, los recursos operáticos y pretenciosos, los actores norteamericanos bajo las órdenes de un cineasta italiano de ensoñaciones líricas— alguien lo llamó con una certeza inoxidable, un spaghetti western. Y a las tres películas de Leone con Eastwood como el forajido sin nombre, la “trilogía de la paella”. Es indudable el aspecto despectivo o al menos irónico para calificar la empresa, para apuntar a una imagen que mezcla cine con comida. El rojo de la sangre, el amarillo casi blancuzco de los fideos desparramados en la arena, el tuco humeante, una suerte de aventura entre tóxica e insolada.

    Sin embargo, vista hoy en día y en su versión de tres horas, El bueno, el malo y el feo (The Good, The Bad & The Ugly, o mejor todavía: Il buono, il brutto, il cattivo) funciona como un gran entretenimiento que destila muchísimo humor y emoción. El artificio de algunas escenas ha pasado a integrar el bastión de lo lúdico; no importan cierta desprolijidad o torpeza en la continuidad narrativa y tampoco molestan los diálogos acartonados. Es una película que Tarantino debe haber visto infinidad de veces, y a la que ha deseado llegar en varias de sus incursiones cinematográficas. Un clásico que gana por clásico y no por perfecto. Y que se convirtió inmediatamente en una película de culto en Europa antes de ser estrenada en Estados Unidos dos años después y con varios cortes.

    Leone era meticuloso, obsesivo. Como Kurosawa —salvando las distancias—, esperaba el momento justo de una puesta de sol, reparaba en detalles y si era necesario repetía una y otra vez las tomas, cosa que a Eastwood le molestaba sobremanera. Ya en ese entonces, y estamos hablando de 1966, Clint sabía que cuando fuese director sería expeditivo, veloz y eficaz, que en definitiva es su estilo. “Basta con esta mierda por hoy”, diría más adelante en muchos rodajes la estrella y alguna vez alcalde de Carmel.

    También es cierto que Clint, como actor, era extremadamente precario (tiene dos modos interpretativos, dijo el propio Leone: con puro en la boca o sin puro), pero gracias a su inteligencia hacía de esa debilidad una fortaleza. La mirada entrecerrada, la vena de pocos amigos latiendo en la frente, la frialdad para caminar y ejecutar sus actos. En definitiva, el cowboy sin nombre desembocó naturalmente en Harry el Sucio. Clint, como cuenta en su extensa biografía Patrick McGilligan (Clint Eastwood, Lumen, 829 páginas), era un hombre de reacción antes que de actuación. Le costaba decir parlamentos largos. Ensayaba lo menos posible. Prefería incorporar, sedimentar y expulsar todo lo innecesario. Y así impuso su marca de fábrica con frases cortas, tajantes.

    —No me interesa.

    —Cállate.

    O una más larga:

    —Si quieres quedar vivo, será mejor que salgas corriendo de aquí.

    A Lee van Cleef lo rescataron del tacho de la basura, y eso que trabajaba en TV y en cine había sido parte de clásicos del Oeste como A la hora señalada, de Fred Zinnemann (High Noon, 1952) y El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), aunque en roles menores. El tipo estaba entregado a la bebida y al borde de la desesperación cuando sonó el teléfono de su casa para ofrecerle un papel en otra de vaqueros, que era Por unos dólares más, la anterior de la trilogía de la paella. Más adelante también curraría con esa mirada de rata, malo entre los malos, el dedo mayor mocho de la mano derecha y una velocidad inusitada para desenfundar, como en la serie del pistolero Sabata, otros spaghetti westerns muy berretas, muy divertidos, bien de matiné.

    El que tenía más pasta de intérprete, por lejos, era Eli Wallach como el psicopático Tuco (¡Tuco, spaghetti!), un bandolero de pacotilla, manipulador, muy creyente y con un maravilloso sentido del humor (el paseo en caballo por el desierto, bajo una sombrillita, mientras Eastwood se arrastra insolado y muerto de sed). Es quien ocupa más espacio en la película y quien se lleva las mejores escenas, como la corrida desesperada por las tumbas del cementerio circular. Wallach entró a formar parte de El bueno, el malo y el feo cuando Gian María Volonté, que había trabajado en las dos primeras entregas de la trilogía, se hartó y dijo “no”. Eli, que murió en 2014 a los… 98 años y dejó una extensa carrera cinematográfica (El Padrino III, Siete hombres y un destino, Baby Doll, Lord Jim, Centinela de los malditos, Abismo, etc.), sigue siendo popular gracias a Tuco, la verdadera salsa de esta aventura.

    Dicen que durante el rodaje de El bueno, el malo y el feo hubo un blooper costosísimo. Debía explotar un puente a la orden de “¡Vaya!”. Pero mientras el director aún medía la luz y elegía el encuadre adecuado, alguien pronunció por error la palabra. Dos años después, en La fiesta inolvidable de Blake Edwards (The Party, 1968), Peter Sellers se encargó de rendirle un homenaje a este puente que voló por los aires.

    ¿Y Leone? Siguió buscando su luz perfecta, los movimientos de cámara circulares, los metrajes épicos, los primeros planos, la poesía del poncho, del sonido de las espuelas y del revólver: Érase una vez en el Oeste (1969, con Charles Bronson; el papel primero se lo ofrecieron a Clint, que dijo “basta”, y eso que estaba Claudia Cardinale) y Los héroes de Mesa Verde (1971, con Rod Steiger y James Coburn), todo dentro del plato spaghetti, hasta llegar a Érase una vez en América (1984, con Robert De Niro y James Woods), considerada su mejor película.

    Por supuesto, nunca le faltó Ennio Morricone, a quien hay que darle muchísimo crédito con sus composiciones de campanas, coros lastimeros, toques de guitarra y trompeta, una charrería que solo él puede convertir en sublime.

    Tururu-ruruuu… gua, gua, guaaa.