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    Evangelio al ritmo de la cultura hippie

    Se cumplen 40 años de “Jesucristo Superstar”, la ópera-rock más exitosa y polémica de la historia del cine

    Fue como un golpe bajo inesperado. El estreno montevideano de Jesucristo Superstar (1973) estaba fijado para el 16 de abril de 1974 en el cine Metro, luego de una abundante propaganda y la expectativa propia correspondiente a un filme de renombre, con el prestigio de un enorme éxito teatral previo en Londres y Nueva York, y la curiosidad de ver la pasión de Cristo interpretada por cantantes y bailarines hippies, como reflejo cultural de esa época. Como Uruguay estaba bajo dictadura, se necesitaba que el Consejo del Niño y la Dirección de Espectáculos Públicos de la Intendencia lo aprobaran sin observaciones, con la precaución adicional de invitar a autoridades policiales y de la Curia Eclesiástica a una función privada. Sin embargo, el día antes, el Comando General de la Policía secuestró la copia y la película quedó de hecho prohibida, aunque semejante situación no constara en ningún decreto oficial ni se basara en reglamento alguno. En un gobierno de facto esas cosas sucedían, como le ocurrió a “La Patagonia rebelde” en agosto de ese mismo año.

    Los militares no tenían ningún interés especial en Jesucristo Superstar porque sus afanes censores se dirigían a otro lado, no a temas religiosos en un país que se proclamaba laico desde los años de José Batlle y Ordóñez. Pero era un secreto a voces (sistema por el cual se difundían las noticias boca a boca ante la ausencia de una prensa libre) que el poderoso círculo católico que rodeaba al entonces presidente Juan María Bordaberry (y especialmente a su esposa Josefina Herrán) no estaba muy conforme con la forma en que el filme trataba a Jesucristo y lo consideraron un insulto. Un editorial del diario “La Mañana” (19/04/1974) apoyaba calurosamente la prohibición argumentando que “no faltan eclesiásticos noveleros que, así como son capaces de empuñar una metralleta, también se sienten libres para manifestar su adhesión a torcidas expresiones de mal gusto… Ha sido corriente que estas versiones, pretendidamente innovadoras y audaces de la figura de Cristo, exciten una polémica inevitable que, por motivos religiosos, puede convertirse con suma facilidad en un escándalo colectivo”. Así de claro, así de fundamentado, el hecho tendía a impedir que furiosos militantes católicos, como Jesucristo ante los mercaderes del templo, provocaran incidentes frente al cine Metro agrediendo a los espectadores a la salida.

    Hubo entonces que esperar dos años, porque el 12 de junio de 1976 Bordaberry fue depuesto y la interdicción cesó como por arte de magia. La película se estrenó el 19 de agosto en tres cines (Metro, Trocadero y Carrasco), permaneció en cartel hasta el 24 de noviembre y reunió a 161.000 espectadores, el tercer lugar en el año y el mayor éxito en materia de cine musical en Montevideo. Poco después, el 29 de enero de 1982, una versión en 70 milímetros se repuso en el cine Ambassador como ejemplo del buen recuerdo que había dejado una película que, como suele ocurrir, aumenta sus recaudaciones luego de una prohibición. No hay mejor anzuelo para la boletería, con numerosos ejemplos desde “La ronda” (1951) hasta “Calígula” (1985). Pero nunca la religión había sido motivo del celo de los censores, con sotana o sin ella.

    Música memorable.

    Los compositores Andrew Lloyd Webber y Tim Rice habían ideado esta ópera-rock en forma de concierto y la música fue grabada como disco en 1970. Los cantantes principales fueron Ian Gillian (del conjunto Deep Purple) como Jesucristo y Murray Head (que luego apareció en la película de John Schlesinger “Dos amores en conflicto”) como Judas Iscariote. Yvonne Elliman (que luego trabajó en la versión teatral y en la película) fue María Magdalena. En 1971, el éxito del disco llevó a que se realizaran versiones teatrales sin autorización en locales comunitarios y universidades de Estados Unidos. El 11 de julio de 1971 la primera versión autorizada en concierto fue presenciada por 13.000 espectadores en Pittsburgh. Carl Anderson tomó el papel de Judas, Jeff Fenholt el de Jesús y Elliman el de María Magdalena.

    La obra llegó a Broadway el 12 de octubre de 1971 con Fenholt, Elliman, Ben Vereen como Judas y Barry Dennen como Poncio Pilatos. Ted Neeley estaba en el reparto y era además suplente del rol de Jesús y Carl Anderson tomó el de Judas cuando Vereen lo dejó. El éxito fue descomunal pero también polémico. Una sociedad cristiana como los Estados Unidos no aceptaba fácilmente ver personajes hippies (que por lo general eran vistos como rebeldes contestatarios y anti-establishment) en papeles que incitaban al celo religioso, pero la obra se impuso porque, en definitiva, no era blasfema ni irrespetuosa. Su música era hermosa y las letras decían cosas interesantes sobre las dudas del propio Jesús sobre su destino y la compleja posición de Judas al traicionarlo. Nadie podía decir que allí había ataques contra la fe, contra la identidad de Cristo o contra la letra de los evangelios. Era una mirada moderna, audaz, vibrante y conmovedora a la vez. Era una obra maestra y además era una ópera en el sentido estricto de la palabra: todos los diálogos estaban cantados, tenía arias bien definidas, voces muy educadas y una música envolvente y pegadiza.

    Nunca el compositor Webber (1948), que tuvo una carrera llena de éxitos (“Evita”, “Cats”, “El fantasma de la Ópera”, “Sunset Boulevard”) logró una partitura tan homogénea, tan rica, tan llena de temas permanentes, cada uno de ellos musicalmente memorable. Se estrenó en Londres en 1972 y estuvo ocho años en cartel. En 1973 pasó naturalmente al cine cuando el productor Robert Stigwood compró los derechos y encaró la puesta como una superproducción, con filmación en Israel y dirección del canadiense Norman Jewison, cuya película “Al calor de la noche” había ganado el Oscar en 1967 y había sido responsable del musical “El violinista en el tejado” en 1971.

    Película admirable.

    Jewison seleccionó el reparto de acuerdo con la puesta teatral de Broadway. Yvonne Elliman y Barry Dennen fueron los únicos que permanecieron desde la grabación del disco original, a los que se agregaron Ted Neeley, Carl Anderson, Bob Bingham (Caifás) y Josh Mostel (Herodes Antipas). La acción comienza cuando un grupo de actores viene en ómnibus a representar la obra en escenarios naturales, con mucho sol, mucho polvo y ruinas auténticas. Desde la altura, Judas (Anderson) protesta porque Jesús (Neeley) no quiere escucharlo. Piensa que es un líder natural pero así como van las cosas se dirige al desastre. Y todo porque se está creyendo verdaderamente que es Dios y su figura se está convirtiendo en algo más importante que sus palabras. Los romanos no se lo van a perdonar.

    La relación de Jesús con sus apóstoles, y sobre todo con María Magdalena (Elliman) es muy estrecha, lo que provoca los celos de Judas, que cree que todo lo que ella gasta en aceites caros para refrescar la frente del maestro debería ser dedicado a los pobres. En la última semana de vida de Cristo, los escribas y los fariseos conspiran para terminar de una buena vez con ese profeta que dice ser Dios. La entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos, aclamado por el pueblo, será el detonante para la traición de Judas. La última cena, el lamento en el huerto de Getsemaní, la detención, la comparecencia ante Pilatos, la farsesca intervención de Herodes, la terrible flagelación y la crucifixión final tras el suicidio de Judas está todo allí, incluida la triple negación de Pedro y el lavado de manos de Pilatos.

    Pero lo que llama la atención es la propuesta visual del filme. Jewison busca intencionadamente anacronismos de época (armas de fuego, tanques de guerra, aviones) para recordar que Israel no ha podido aún encontrar la paz, porque no hay que olvidar que se está frente a una representación pero el mundo real existe y está siempre presente. Lo que tiene la obra de original es precisamente el personaje de Judas, que además es negro. Cuando Cristo muere, él se presenta rodeado de un ambiente de cabaret y le reprocha varias cosas: ahora que es un Superstar, ¿quién es y qué es lo que ha sacrificado? ¿Realmente cree que es quien dice ser? ¿Por qué eligió esa época y ese lugar para venir a la Tierra, cuando ni siquiera había comunicación de masas? Lo podía haber planeado mejor y no morir de esa forma tan penosa. ¿Realmente lo eligió así o lo hizo para romper un récord?

    Esas ironías dentro de una provocativa puesta en escena fueron las que hicieron torcer la boca a los cristianos ortodoxos, pero también formulan las preguntas que quienes no son cristianos querrían hacer. El estilo del filme es ágil y utiliza un formato visual muy años 70, con profusión de lentes zoom, desenfoques intencionados e iluminación impresionista. Visto hoy es un ejemplo de unidad estilística, esplendores visuales, música bien orquestada y voces espectaculares. Nada parece teatral, y eso es lo que impresiona y perdura, porque se está frente a un derroche de recursos cinematográficos al servicio del tema, nunca gratuitos y siempre tan creativos como estimulantes.

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