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    Éxito inesperado

    N° 2023 - 06 al 12 de Junio de 2019

    De este tango —según datos comprobados hace unos pocos años— se han vendido más de diez millones de partituras en todo el mundo y ha merecido más de 1.500 grabaciones de diferentes orquestas y cantantes, con 25 millones de discos vendidos, sin contar copias “pirata”.

    Ha tenido versiones de famosos intérpretes en Gran Bretaña, Estados Unidos, España, Italia y otros países y ha sido cortina musical de filmes y series televisivas de diverso origen.

    Disputa con La cumparsita —en debate que aún entretiene— el rango de tema más difundido en la historia del tango.

    No son todas sus peculiaridades.

    Adiós muchachos fue compuesto en 1927 por dos profesionales que lejos estaban de figurar en la lista de primeras figuras: el pianista y compositor Julio César Sanders y el letrista César Vedani. Fue su único gran éxito y, pese a su empeño, de algún modo también su canto de cisne.

    Pero, además, es curioso cómo este tango vio la luz.

    Sanders, músico nacido en Quilmes, Buenos Aires, en 1897, y muerto tempranamente en el mismo barrio, en 1942, buscaba abrirse paso sin demasiada repercusión en la noche porteña. Por similar camino andaba Vedani, menos reconocido todavía. Ambos, por una casualidad, coincidieron en el café Las Orquídeas, en la esquina de Artigas y Yerbal, donde la bohemia aglutinaba jóvenes románticos, soñadores, que solían escapar del estudio y del trabajo: una noche, varios de ellos se despidieron, al partir en un carruaje, al grito de: ¡Adiós, muchachos…! Esa expresión despertó en Sanders una sorpresiva inspiración. Se sentó junto a una pianola del lugar —histórico instrumento que hoy se preserva en un museo— y sacó del teclado unas notas centrales que se le antojaron melodía pegadiza, gustosa, para él inesperada.

    Corrían los primeros meses de 1927. Sanders ya había estrenado su primera obra, Inglesita, en 1924, que había pasado sin pena ni gloria. Entusiasmado por su nueva creación, le pidió a Vedani unos versos y ambos lograron que, pocos meses más tarde, lo estrenara y grabara Agustín Magaldi. Fue tal el impacto —incluso más allá de cierta dicotomía entre la música armoniosa, delicada y la letra excesivamente dramática— que las interpretaciones se multiplicaron en cascada. En 1928 ya lo habían grabado Gardel, Corsini, Carlos Dante, Hugo del Carril, el trío Irusta-Fugazot-Demare y las orquestas de Canaro, Firpo, Fresedo, Bianco y Lomuto.

    Era obvio que Adiós muchachos rompería fronteras.

    No solo Gardel lo volvió a grabar en París, sino que aparecieron versiones muy poco antes inimaginables: en Londres, un grupo cuyo nombre se perdió en el olvido lo hizo con el título Pablo the dreamer —luego castellanizado como Te llevaré siempre en mi corazón—; en Broadway, con el nombre de Me acuerdo, letra de Dorcas Cochran, lo cantaron Armstrong y Dezi Arnaz; Carol Raven, modificando los versos, lo hizo como Farewell companions, y Milva, quien después sería la preferida de Piazzolla para este tango, en su primera grabación en Italia lo cantó con una letra de Eugenio Rondinella que lo convertía, virtualmente, en “una canción de cárcel”.

    Adiós muchachos fue usado como música de fondo en partes de películas valiosas: Wonder bar (1934), Ciudad de conquista (1940), Esencia de mujer (1992), Full Monty (1997), Los impostores (1998) y Scoop (2006), entre otras; se oyó en dos filmes de Charles Boyer y Jean Arthur, Cena de medianoche y Juntos otra vez, donde la pareja lo baila. Y figuró, además, en la serie I love Lucy (1952 y 1955), en dos episodios, y en la primera parte de Alys Robi (1995).

    Luego del éxito de Adiós muchachos, Sanders escribió otros tangos a la búsqueda de perdurar: Calavera, Presumida, Viejo patio, Pobre cieguita, Canillita —que dio origen a una película protagonizada por Amanda Ledesma— y los valses Yo tan solo veinte años tenía, con letra de Cadícamo, y Luna de arrabal, con versos de Charlo, que lo estrenó.

    Todo quedó a la sombra de su único tango mundialmente famoso.

    Francisco García Jiménez, cierta vez, arriesgó la teoría de que Sanders fue iluminado aquella noche por el ambiente de Las Orquídeas.

    No en balde en sus mesas estaban entonces Roberto Arlt escribiendo las primeras páginas de El juguete rabioso, Fernando Gilardi pergeñando su Silvano Corujo y Celedonio Flores garabateando las estrofas iniciales de Mano a mano.

    Las Orquídeas fue demolido en 1958. Hoy se levanta allí una modesta galería. Cosas del destino imprevisible.

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