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Karabas (Asset Imangaliev) tiene un camión, dos esposas y un hijo. Hace changas, trapichuelas, pequeñas estafas y robos. Su hijo acaba de ser rescatado de un orfanato por una de sus esposas (Perizat Ermanbetova), que se gana la vida también haciendo changas y oficiando de adivina. La otra esposa, mucho más joven y embarazada (Turgunai Erkinbekova), ve con malos ojos al niño. Los cuatro conviven en el camión, allí comen y duermen. No hay mucho más que esto, pero al mismo tiempo es muchísimo más, porque la historia impone respeto y presencia de entrada: todo es sólido y creíble, triste y vagabundo, inexorable y, como cine, bellamente filmado.
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Suleiman Mountain (Rusia-Kirguistán, 2017, 101 minutos, en Cinemateca) es el debut como directora de largometrajes de la actriz rusa Elizaveta Stishova. Estamos ante el drama de una familia rodante, desarraigada, pobre y castigada por un patriarcado que se ha establecido durante generaciones. El encierro y la promiscuidad en la caja del camión como el único hogar, el viaje permanente que busca algún golpe de suerte —que casi nunca llega— a lo largo de imperfectas carreteras de la zona montañosa de Osh, en Kirguistán, las costumbres ancestrales y el paisaje plúmbeo nos alertan de que existen cosas extremadamente difíciles de cambiar.
Hay brutalidad pero también humor y ternura en una ocasional fiesta familiar, en la estafa para ponerle gasolina al camión o en la compra de ropa en una tienda de la ciudad, uno de los pocos momentos en que Karabas se comporta dignamente, mientra se mira al espejo y se prueba una prenda con orgullo. Una gran fotografía, un elenco que exhibe sorprendente naturalidad (por momentos parece más un documental que una ficción) y una trama que jamás pierde la intensidad, y trasciende el fenómeno social y cultural para adentrarse en zonas más alegóricas, hacen de Suleiman Mountain otra de esas grandes películas que no merecen pasar inadvertidas.