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    Feo, grandote y muy querible

    Ernest Borgnine (1917-2012)

    Era corpulento, cabezón, de piernas arqueadas y dientes muy separados. Un físico muy especial e identificable, apto para papeles de matón o de almacenero de barrio, nunca de galán. Empezó a hacerse notar como el sargento “Fatso” en De aquí a la eternidad (1953), no solo porque esa película ganó el Oscar sino porque mataba literalmente a golpes al flaquito Frank Sinatra, que se llevó otro Oscar. Un tipo realmente asqueroso que poco después recibiría una espectacular paliza en Conspiración de silencio (1955), donde intentaba prepotear al manco Spencer Tracy, a lo que éste reaccionaba con pases de judo para revolcar a aquel antipático grandulón.

    Ese fue un buen momento para que Ernest Borgnine (nacido como Ermes Effron Borgnino el 24 de enero de 1917) comenzara a ser conocido por el gran público, pues ese mismo año el director Delbert Mann (que ya lo había utilizado en pequeños papeles en TV) lo eligió para protagonizar Marty (1955), una producción independiente de Burt Lancaster acerca de un vulgar carnicero del Bronx, nada atractivo y solterón a su pesar, que encuentra el amor en una mujer feúcha pero con ángel (Betsy Blair) con la cual se entiende de maravillas. El tema de Paddy Chayefsky resultó un éxito, y la película, el director y el propio Borgnine ganaron el Oscar, que los consagró definitivamente.

    No más papeles menores para el grandulón, que de villano antipático se convirtió en un buenazo muy querido por el público, porque no solo era un excelente actor sino que se identificaba con el hombre común. En Banquete de bodas (1956), era un humilde taxista casado con la matronil Bette Davis y padre de Debbie Reynolds, complicado con los gastos de la fiesta de casamiento de la hija. Hacía varios filmes por año, repartía su tiempo entre el cine y la TV y solía aparecer como coprotagonista de estrellas de primera: Glenn Ford en El hombre pacífico (1956), Kirk Douglas en Los vikingos (1958), Alan Ladd en Los malvados de Yuma (1958), otra vez Ford en Ataque submarino (1958), Anthony Quinn en Barrabás (1961), James Stewart en El vuelo del Fénix (1966) y Rock Hudson en Estación Polar Zebra (1968).

    Entre 1957 y 1965, apareció en la serie de TV Wagon Train y, entre 1962 y 1966, en la popular McHale’s Navy, aunque en esa época tuvo participación en dos películas de enorme suceso, con grandes elencos. Una fue Doce del patíbulo (1967) y la otra La pandilla salvaje (1969). Muchos decían que era difícil trabajar con Borgnine porque era seguro que mientras apareciera en la pantalla, nadie iba a sacar la vista de él, y eso era rigurosamente cierto. Tenía un magnetismo especial, una forma de transmitir sentimientos y expresarlos con esa voz cascada tan particular, que sin importar el papel que hiciera siempre lo convertía en una persona querible, como en La aventura del Poseidón (1972) o en El emperador del norte (1973), dos de sus últimas apariciones estelares.

    Trabajó sin parar hasta los últimos años, y su presencia era siempre bienvenida, como en el breve episodio de Sean Penn de 11 de setiembre: el día que cambió el mundo (2002). Una insuficiencia renal se lo llevó el pasado domingo 8 a los 95 años. Le sobrevive Kirk Douglas, 46 días mayor, quien encarnaba a su hijo en Los vikingos. Ambos eran los últimos sobrevivientes de aquella época gloriosa, cada vez más lejana y brumosa.

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