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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué legado deja Fidel Castro para las nuevas generaciones del continente?
La visión inicial que los latinoamericanos tuvieron en 1959 fue la de un país caribeño, el mare nostrum estadounidense, sacudirse una dictadura e iniciar un camino esperanzador.
“¿Quién no era fidelista en 1959?”, me preguntó con amarga sonrisa hace años un ex comisionado de paz colombiano que había bautizado a un hijo Fidel. Hijo tecnólogo agropecuario asesinado en 2002 por guerrilleros de las FARC de Colombia. ¿Por qué? Sus manos no tenían los suficientes callos y desgaste que a juicio de ellos deberían ofrecer las de quien trabajaba con animales y cultivos, ergo, era un enemigo.
Cuba como “faro de América Latina” fue consigna matrizada por la izquierda continental durante décadas.
Dictaduras feroces que asolaron el continente entre 1960 y 1990 propiciaron por contraposición sostener ese mito convenientemente abonado por García Márquez, E. Sábato, O. Paz, Vargas Llosa, Cortázar, Saramago, Sartre, Simone de Beauvoir, Juan Goystisol, Marguerite Duras, Alberto Moravia, Passolini, Alain Resnais, Juan Rulfo, Benedetti, Galeano, Jorge Edward, Giani Mina, Frei Betto, entre muchísimos más.
Algunos advirtieron el desvío de la Revolución hacia una dictadura y paulatinamente fueron asumiéndose como críticos de lo que habían apoyado, otros permanecieron como guardianes del templo y murieron abrazados a Castro.
La decepción de Castro con Nikita Kruschev, quien durante la crisis de 1962 no sumergió al mundo en la debacle nuclear, le llevó al cubano a impulsar, financiar, organizar y apoyar la guerrilla en Latinoamérica.
Fue también una revancha ante la expulsión de Cuba de la OEA instigada por la administración estadounidense de 1962.
Castro fue responsable del envío a la muerte de varias generaciones de jóvenes latinoamericanos enceguecidos por la retórica fidelista-guevarista —favorecida por la usina de numerosos intelectuales no solo de América Latina— mistificando la teoría “del foco revolucionario” capaz de enfrentar tanto a una dictadura como a un gobierno democrático. Teoría ni siquiera verificada en la isla caribeña pero exportada como real.
Salvo México, donde sospechosamente grupos insurgentes adiestrados en Cuba en los sesenta eran interceptados no bien llegaban al país —Rafael Guillén, el “subcomandante Marcos”, fue el único que no dio aviso a La Habana previo a su levantamiento de 1994— el resto de los países latinoamericanos padeció la irracionalidad fidelista.
Castro sufrió de megalomanía narcisista que no reparó en sacrificar vidas como lo atestiguaron dos integrantes del riñón castrista, uno, Daniel Alarcón Ramírez, alias “Benigno”, hace casi 20 años, y el otro, Juan Vives, una década después. [1] ¿Son dignos de crédito estos y otros muchos testimonios de cubanos decepcionados? También se le puede creer a la versión oficial de la dictadura cubana que, como todo totalitarismo, no admite discrepancias —“dentro de la revolución todo, fuera de la revolución, nada”— sino que exige e impone la fe. Démosles a los que disienten por lo menos el beneficio de la duda.
Argentina fue la primera en ser elegida para la desastrosa aventura armada. Dirigidos por Jorge R. Masetti, un grupo entrenado en Cuba inició una guerrilla contra el gobierno democrático de Illía en 1964. Años después, cuando la dictadura de Videla secuestraba y desparecía a los 10.000 argentinos consignados por la Conadep, Castro en la ONU votaba en contra de cualquier moción de denuncia de violaciones a los derechos humanos en Argentina.
Bolivia sería dos veces elegida para seguir creando dos, tres, Vietnam en América a latina. En 1967 fue el fracaso encabezado por Ernesto “Che” Guevara. En 1969, en manos de delirantes y alcohólicos como Osvaldo Chato Peredo Y Rodolfo Saldaña, en medio de delaciones de campesinos, de algunos dirigentes del ELN boliviano, y robos de millones de dólares por algunos de estos revolucionarios, fracasa por segunda vez. “Parecía que Cuba hubiese querido deshacerse de nosotros en Bolivia”, concluiría décadas después “Benigno”, sobreviviente de las dos incursiones cubanas en el país mediterráneo.
Perú fue otro objetivo de Castro. El general Juan Velazco Alvarado se entrevistó clandestinamente varias veces con Fidel Castro en La Habana antes del golpe de Estado que da en octubre de 1968, cuidadosamente planificado entre ambos y ejecutado un mes después de que Alarcón llevase personalmente a Lima las instrucciones, el plan y la certeza de que decenas de integrantes del servicio secreto cubano ya estaban viviendo en el país andino.
La historia dirá si Salvador Allende se suicidó, fue suicidio asistido o asesinato. ¿Lo dirá? Se sabe casi todo sobre la intervención estadounidense en el derrocamiento del primer presidente socialista latinoamericano electo en las urnas. El sabotaje de la ITT, CIA, Kissinger, Nixon. Mucho menos sobre la actuación cubana en el Chile de entonces. Lo que sostienen “Benigno” y Vives atañe a lo que ha dicho el jefe de la misión cubana en Santiago en 1973: Patricio de la Guarida. Su nombre se hizo famoso en 1989 durante los juicios escénicos —similares a las purgas estalinistas de 1938— y fusilamientos de dirigentes de primer nivel del gobierno cubano a raíz de un divulgado caso de narcotráfico. De la Guardia, entonces condenado a 30 años de cárcel, sería quien ultimó a Allende para evitar su rendición, según él lo dijera y refrendaran otros cubanos presentes en La Moneda en la jornada del 11 de setiembre de 1973. Asesinato efectuado en cumplimiento de una orden de Fidel de no permitir la rendición. El testimonio de De la Guardia estaría guardado en un cofre de seguridad fuera de Cuba a ser abierto en caso de su muerte. Eso sería lo que lo salvó de ir al paredón, destino de su hermano gemelo Antonio, acusado de los mismos cargos. Hoy no se tienen más datos que las versiones.
Pero lo ocurrido diez años después en la isla de Granada coincide con lo denunciado por los ex agentes de Castro. Coincide con la línea de “no rendirse” exigida por Fidel desde su despacho habanero a los internacionalistas enviados a diferentes países. En 1983 la administración Reagan impulsó una invasión a la pequeña isla caribeña, tras enfrentamientos entre fracciones izquierdistas que gobernaban a los 90.000 habitantes residentes en la isla. Invasión de siete mil soldados que fue cuestionada hasta por la primera ministra británica Margaret Thatcher. El punto es que Fidel ordenó a los 700 cubanos cooperadores que se encontraban en Granada resistir y “no rendirse bajo ninguna circunstancia”. Murieron 24 cubanos según estimaciones. El jefe militar de la misión cubana, coronel Jorte Torterolo, asilado en la Embajada soviética tras la rendición de 650 compatriotas, al regresar a Cuba fue degradado y enviado como soldado raso a Angola, donde murió.
En 1991 Castro se enfureció con los sandinistas de Nicaragua por haber cumplido con el proceso electoral que les significó la derrota. La única revolución armada triunfante en Latinoamérica se desvanecía. Ese mismo año en El Salvador, la guerrilla iniciaba el final del conflicto armado para encarar la vida democrática. Castro decía que “el pluripartidismo es una pluriporquería”.
Los casos reseñados evidencian lo que se ha llamado “pragmatismo” de Castro. Expresamente se excluye de esta crónica a Venezuela, historia más conocida de la cooptación cubana del chavismo. Castro aplicó la misma receta a lo largo de 56 años: el fin justifica los medios, y el fin siempre fue “su” fin, no el de los pueblos latinoamericanos, por más que invariablemente así lo declarara.
En estos días se han expresado visiones benevolentes, cuando no laudatorias de Castro. Hay que distinguir. El autoengaño es una necesidad existencial —personal o colectiva— para tener seguridad moral. En otros casos, es una publicidad disfrazada de opinión política, publicada por algún negociante vivaracho y vividor de la política, hay que asumirlo como lo que es: simplemente cumplirle al cliente y/o proveedor.
También se ha dicho que el desfile de ciudadanos cubanos que despiden al líder es prueba elocuente de no se sabe muy bien qué. También millones de alemanes vivaron a un líder; millones de rusos despidieron al padrecito; otro tanto de españoles se afligió por su caudillo; miles de millones de chinos fueron obligados a creer en el cuento maoista de “El viejo tonto que removió la montaña” [2] y centenares de miles de chilenos lloraron al felón y corrupto.
Los más jóvenes, es necesario que recuerden la respuesta de Castro cuando en 2010 se le preguntó por la posibilidad de exportar el modelo cubano a otros países: “El modelo cubano ni siquiera funciona ya para nosotros”.
[1] “Benigno” (Daniel Alarcón Ramírez): “Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la revolución”. Tusquets Editores, Colección Andanzas, 1997, Barcelona.
“Benigno” (Daniel Alarcón Ramírez): “Cuba Nostra, les secrets d’Etat de Fidel Castro”. Alain Ammar, Ediciones Plon, París, 2006
[2] Escrito de Mao Tse Tung según el cual un viejo sabio movió una montaña apunta de quitar con su pala un poquito de tierra todos los días.
Hugo Machín Fajardo
CI 1.312.624.1