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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl final de la utopía. En mayo de 1959, un joven líder revolucionario que acababa de derrocar a Fulgencio Batista, dictador cubano que había hecho de Cuba su feudo personal, se expresaba ante los ciudadanos de Montevideo en un extenso y removedor discurso, desde la explanada municipal.
Los montevideanos recibieron el impacto de su mensaje. Admiradores del “Ariel” de Rodó, de José Martí y de Rubén Darío, muchos de ellos creían ver en aquel joven rebelde el paradigma de una nueva América emergente. Otros más pragmáticos y objetivos no dudaron en calificar al orador de comunista, ni en advertir del peligro que ese personaje entrañaba. Obviamente, la inmensa mayoría no entendía mucho el significado de aquellas expresiones, pero las opiniones encontradas y las sensaciones vinculadas, discutidas, repetidas y analizadas por muchos años en todos los ámbitos sociales y familiares, se iban grabando a fuego en el ideario popular.
Era un Uruguay muy especial el de esa época. Derrotada en 1904 la revolución ruralista de Aparicio Saravia por José Batlle y Ordóñez, se estableció un socialismo innovador, el cual, diferenciándose del fascismo italiano, del nazismo alemán y del comunismo bolchevique, dio al Estado uruguayo el mayor poder imaginable en democracia.
En 1947 y a partir de la prosperidad económica alcanzada por el país gracias a su producción y venta de materias primas durante y en la posguerra mundial, Luis Batlle Berres, el primer gran populista del Uruguay, alcanzó la presidencia con la promesa de “potenciar” al batllismo de Batlle y Ordóñez. Se inició así un período de estatización de empresas y demagogia sin precedentes, insostenible social o económicamente, conocido como neobatllismo.
En ese contexto, y con el deterioro ya patente, el discurso de Fidel Castro en la explanada municipal tocaba fibras muy íntimas de una sociedad animosa, pero plagada de confusión, demandas y frustraciones. A partir de allí, probablemente, se comenzó a gestar la idea de una nueva revolución local, esta vez urbana, enfocada en la toma del poder en nombre de la “justicia social”.
Con el respaldo de Castro en el poder en Cuba y con la Unión Soviética reconocida como su aliado principal para la instauración de un régimen marxista-leninista en la isla y la región, se desarrolló el MLN-Tupamaros, que llevó al país a la lucha de clases y al caos. Ellos despertaron los monstruos de la guerra y dieron fundamento al sueño dictatorial de algunos militares inescrupulosos, ambiciosos de poder, traidores al sistema, a la ética, a la moral y a la patria, que aprovecharon la oportunidad para eliminar guerrilleros y políticos, quedándose con el gobierno en aras de la “paz social”.
Los uruguayos, rehenes económicos del Estado benefactor, pasaron a serlo luego de una guerrilla importada que mataba, robaba y secuestraba a su antojo y más tarde de los militares formados en el neobatllismo, que seguían viendo al Estado como el gran hacedor, ahora bajo sus botas y las de sus cómplices.
La vuelta a la democracia en 1985 no podía ofrecer muchas novedades, más allá del retorno a la libertad y al respeto por los derechos humanos. Los gobiernos de Julio María Sanguinetti, fiel discípulo del funesto Luis Batlle, matizados por tenues fogonazos libertarios de Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle, dieron paso a la vuelta formal del neobatllismo, esta vez de la mano del Frente Amplio, integrado por perdedores históricos de la época democrática previa a la dictadura y tupamaros pro Fidel Castro, sobrevivientes a la misma.
Mientras todo esto ocurría, el “libertador” de Cuba que había dado su discurso en la explanada municipal no abandonó nunca el poder alcanzado con la Revolución en 1959.
Sometió al pueblo cubano a la esclavitud.
Por décadas, los cubanos que aún conocían el significado de la palabra libertad, encarcelados en su propia isla, preferían ser devorados por los tiburones tratando de lograr su liberación que seguir siendo sometidos o muertos por los esbirros de Fidel.
Miles de exiliados arriesgaron sus vidas durante esos años ayudando desde la Florida a esos compatriotas desesperados a alcanzar su meta. Muchos murieron en enfrentamientos con los mercenarios del régimen cubano, mucho más peligrosos que los tiburones.
Fidel aprovechó el tiempo para lavar el cerebro de su gente desde la más tierna infancia. Con una educación gramsciana, única y obligatoria, instruida por el Estado, convenció por generaciones a “todos los cubanos en Cuba” de la santidad y patriotismo del dictador y del régimen. Con esta misma fórmula, convirtió en máxima aceptada por todos en la isla, el culpar de todas las miserias y privaciones (del pueblo, nunca de los gobernantes) a un enemigo común maléfico y externo, llamado capitalismo.
Abandonado por la Unión Soviética tras la implosión del comunismo y caída del Muro de Berlín, extendió sus tentáculos a Venezuela, a la que estranguló en asociación con el chavismo, hasta su destrucción social y quiebra económica.
Fidel Castro murió este 25 de noviembre, 57 años después de su discurso en la explanada municipal de Montevideo y justo antes de que la magia de Internet y el boca a boca los cubanos comiencen a desenmascarar con información veraz la realidad de la mentira sostenida. Nadie en la historia tuvo tanto poder para resolver los problemas de sus gobernados y pocos sometieron a sus pueblos a tal grado de sumisión, miseria y pérdida de libertad.
Festejar la muerte de alguien, por muy dañina que haya sido su vida, es asunto de bárbaros o de soldadesca borracha.
Ninguna persona de bien puede festejar la muerte de otra persona.
Pero si, parafraseando a Hemingway, algún distraído pregunta por quién doblan las campanas en estos días de duelo oficial decretados en Cuba y otras partes de Latinoamérica, es bueno contarle que doblan por cada uruguayo y por cada latinoamericano. Doblan por todos los que, como nosotros, antes que nosotros y aun después de nosotros, pagan, pagaron y pagarán por el daño, tiempo perdido, destrucción de vidas, familias e ideales que este personaje nefasto, muerto de viejo y multimillonario, sembró en lo más puro y noble de nuestras almas, en aras de su propia y personal justicia social y la de sus secuaces.
José Antonio Fontana