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    Fiesta de variedades en la ciudad letrada

    38ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, hasta el lunes 7

    Es fin de semana largo y Buenos Aires no descansa: ni el lunes 30, decretado como feriado por la Presidencia de la República, ni el 1º de Mayo. La ciudad no se detiene y mucho menos en el predio de La Rural, donde el movimiento es intenso. En la calle Santa Fe la gente hace una fila de varias cuadras para entrar a la Feria Internacional del Libro, que se está desarrollando desde el jueves 19 de abril y hasta el lunes 7 de mayo.

    El público comenzó a llegar masivamente el sábado 28 y tuvo su punto más alto en la noche del domingo 29, cuando se estima que más de cincuenta mil personas asistieron al espectáculo “Puentes amarillos” que el músico Pedro Aznar ofreció en homenaje a Luis Alberto Spinetta, fallecido el 8 de febrero. Ese domingo el Ministerio de Cultura organizaba “La noche de la ciudad”, y el recital de Aznar se realizó durante dos horas al aire libre en la calle Sarmiento, junto al predio de La Rural.

    El recital de Aznar fue conmovedor por su calidez y por el acompañamiento de miles de jóvenes, y no tanto, que entonaron, emocionados, las canciones de Spinetta. “El momento en que ustedes le cantaron ‘Muchacha ojos de papel’ fue exactamente eso. Un puente. El velo se abrió, seguramente, y él los debe haber escuchado cantar con el corazón abierto. Esa es la más grande recompensa para un músico, para un poeta: hacerse voz del corazón de todos”, escribió Aznar en su página de Facebook como comentario del recital.

    La Feria del Libro de Buenos Aires es Imposible de abarcar en una sola jornada: cuarenta y cinco mil metros cuadrados de exposición, cerca de mil quinientos stands y más de mil propuestas culturales que abarcan presentaciones de libros, mesas redondas, conferencias, maratones de lectura, narraciones orales, canto, baile y representaciones teatrales durante tres semanas. Los organizadores aún no tienen cifras de cuántos visitantes ha recibido hasta el día de hoy, pero se calcula que será similar a otros años: más de un millón de personas y cerca de diez mil profesionales del libro.

    Por los enormes pasillos se presenta una feria de variedades, desde un grupo que baila malambo con trajes típicos tucumanos hasta mimos con zancos y pequeñas mesas redondas en stands en las que se escuchan expresiones como “literatura de la sospecha”, “Kafka”, “novela policial” o “en la era digital me sorprende la Feria del Libro”.

    En la misma entrada llama la atención un enorme globo cubierto por pantallas de plasma que van cambiando las imágenes y las leyendas: “Malvinas argentinas”, “Soberanía”, “Libertad” y “Pensamiento nacional”, dicen en un momento, y después muestran paisajes argentinos, figuras de artistas, escritores famosos o imágenes de libros. Es una bella idea, convertida, de imagen a imagen, en campaña oficialista.

    Populares y de los otros.

    La feria necesita mapas, guías y muchísimos carteles. Hay pabellones que se distinguen por colores y calles que atraviesan los pabellones. Hay varias oficinas de información y de búsqueda bibliográfica, y todos los que allí trabajan atienden con paciencia y buena disposición. Porque son muchos los que se pierden en las grandes dimensiones y en medio de las filas para entrar a las presentaciones.

    Claro que para escuchar a algunos expositores la masa humana era mayor que para otros. La Sala José Hernández, con capacidad para mil personas sentadas, está destinada a los escritores más populares. Esa sala se había colmado el sábado 21 con Eduardo Galeano, quien fue a presentar “Los hijos de los días”, libro que se agotó en el stand de la Cámara del Libro del Uruguay. También se desbordó el domingo 29 con la presentación de “Bienvenido dolor”, de la psicóloga chilena Pilar Sordo, otra de las autoras de mayor venta del continente.

    Sin embargo, para asistir a la presentación del libro “Simone”, del escritor puertorriqueño Eduardo Lalo, no hubo aglomeración y sí varias sillas vacías. Una lástima, porque en esta charla salieron temas que flotan por encima de la gran feria del mercado editorial: las dificultades de los escritores de los países pequeños para trascender lo local y el acceso de los lectores a autores que no se promueven. “Simone” se desarrolla en un Caribe urbano y sin exotismos y plantea los temas de la identidad y de lo que significa la “pequeñez” geográfica y espiritual. Encierra también una protesta hacia el mundo editorial actual. “Hay una visión idílica falsa del Caribe y del calor”, dijo Lalo para señalar que su libro nada tiene de la “magia” con que se suele asociar la vida isleña. Esa novela inicia la colección “Archipiélago Caribe”, de Ediciones Corregidor, dedicada precisamente a la literatura caribeña. Es de esperar que esta narrativa se difunda también en Uruguay, donde es prácticamente desconocida.

    Otra mesa redonda que tuvo una concurrencia media de público fue “El español de acá: apropiaciones de un idioma”, que el lunes 29 se desarrolló en el marco de “Diálogo de escritores latinoamericanos”. Allí se reunieron los escritores Washington Cucurto —poeta argentino que dirige la editorial Eloísa Cartonera—, el paraguayo-argentino Oscar Fariña —autor de poemas de lenguaje marginal—, Anna Kazumi Stahl —nacida en Estados Unidos, hija de japoneses y radicada en Argentina— y el uruguayo Ercole Lissardi, autor de literatura erótica.

    La discusión se divagó entre el uso del lunfardo, el imperialismo lingüístico de las academias de la lengua, las buenas o malas traducciones, los problemas de escritura de los jóvenes y la diferencia entre pornografía y erotismo. Al final del encuentro, una señora mayor pidió la palabra y dijo: “A mí no me queda claro qué es el español de acá”. Y todos los presentes largaron una carcajada.

    La presencia del boom.

    El año pasado fue Mario Vargas Llosa, y este año estuvo otro representante del boom de la literatura latinoamericana: Carlos Fuentes. Con 83 años, el autor de “La muerte de Artemio Cruz”, “Gringo viejo” y “La ciudad más transparente” apareció en el escenario de la Sala José Hernández con su paso seguro y de impecable traje y corbata.

    Con su acostumbrada elocuencia para el discurso, el artista salpicó su conferencia con varios temas. Comenzó con una frase rotunda: “Hay historia sin novela, pero no hay novela sin historia”. Y luego pasó revista a los clásicos de la literatura. “Hay estudiosos que afirman que estamos en el fin de la historia; tal vez sea porque piensan que ya se acabaron sus intereses. Sin embargo, la historia se empeña en no terminar, lo cual nos permite continuar con lo que aún no alcanzamos, con nuestra próxima palabra y no con la última”.

    Para el escritor mexicano, cuya última obra se llama “Federico en su balcón” y tiene como protagonista a Federico Nietzsche, la literatura “consiste en descubrir las otras dimensiones del decir sin prescindir del decir”, a diferencia de otras artes que no necesitan de la palabra. “No puede decirse una fuga de Bach”, explicó. Esas otras dimensiones se logran a través de la imaginación y de la memoria. “La Mancha existía antes de Cervantes, pero nunca será la misma después de Cervantes. Ahora La Mancha quiere decir imaginación y memoria”, graficó.

    Hacia el final de la conferencia, habló de la actualidad y de los problemas tanto de los regionalismos como de la globalización. Hizo un llamado a cuidarse de las “ideologías refrigeradas” que se oponen a los nuevos medios, como Facebook y Twitter, y también de la xenofobia, del racismo, de los fundamentalismos y de esa idea de que lo “tribal” es más valioso que lo internacional. “La globalización no debe pasar por encima de los Estados nacionales, pero estos Estados no deben permitir que lo local se transforme en tribalismo, en la vida que planteaba Hobbes en ‘Leviatán’: solitaria, pobre, maligna, brutal”.

    Otra conferencia que atrajo a docentes y literatos fue la del francés Daniel Pennac, quien impactó al público lector con su ensayo “Como una novela”, en el que plantea el goce como fuente principal para enseñar literatura y para que los jóvenes lean.

    Durante varios años, Pennac, quien nació en Casablanca, Marruecos, en 1944, se había dedicado a la enseñanza de lengua y literatura en un liceo parisino, y de su experiencia nació este libro que plantea los diez derechos del lector, entre otros, a no leer, a saltearse páginas y a no terminar un libro. “Odio la lectura organizada sistemáticamente por la escuela. Una tarde llegué al aula y un alumno de 17 años, con cara de amargura, se levantó para preguntar: ‘¿Este año debemos leer?’. Unos días después, mi hija, que en ese momento tenía 7, me preguntó lo mismo y me hizo reflexionar sobre qué sucedía en la escuela”.

    Su último libro se llama “Diario de un cuerpo”, y tiene como protagonista a un personaje que lleva un registro interior de las reacciones de su cuerpo desde que tenía 12 años hasta los 87. Otra obra que sería bueno que pronto llegara a las librerías uruguayas.

    La Feria del Libro de Buenos Aires ofrece, sobre todo, novedades editoriales y muchos best sellers, pero es difícil encontrar títulos variados de autores que no están en el tapete, aunque sean clásicos y conocidos. Para eso, la alternativa puede estar fuera de La Rural. Allí permanece siempre La Feria del Libro de Plaza Italia, una serie de puestos de librerías “de viejo” donde están los olvidados, los de páginas amarillas, los que resisten al tiempo como los libreros que los custodian.