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    Filosofía del adulterio

    Tiene erotismo, pero no es una novela erótica. Tiene un crimen y varios investigadores privados, pero no es una novela policial. La historia de Cien noches (Anagrama, 2020) trata sobre el adulterio o, más bien, sobre la imposibilidad de las personas de ser fieles a sus parejas, aunque termina siendo una novela sobre el amor y la lealtad. El motor de sus personajes es el sexo, que a veces ejercen en forma “limpia”, con ternura hacia la pareja, y otras en forma más instintiva, salvaje y anónima. Todo es válido en materia sexual en Cien noches, un título que alude a la premisa de la historia: el amor erótico en una pareja dura no más de cien encuentros sexuales. Después, o entretanto, pueden venir otras formas del amor y, seguramente, el adulterio.

    Con este título, el escritor español Luisgé Martín (Madrid, 1962) ganó en 2020 el Premio Herralde de Novela que otorga el sello Anagrama. La producción literaria de Martín es extensa e incluye cuentos, novelas, ensayo y un libro de viajes. En la ficción sus temas preferidos giran en torno a la naturaleza humana, la brutalidad de sus actos, los amores incomprendidos, la sexualidad en todas sus formas. Su novela El amor del revés (2016) es la más autobiográfica y tiene como protagonista a un adolescente que descubre su homosexualidad y la siente como una enfermedad, por eso la oculta. En su ensayo El mundo feliz (2018), se pregunta si es posible la felicidad en un mundo miserable en el que las personas se comportan con una falsa grandeza humana.

    Curiosamente Martín, que parece obsesionado con los temas vinculados a la falsedad, los secretos o engaños, ha incursionado también en el ámbito político, un terreno en el que las lealtades suelen ponerse en duda. Hace doce años fue asesor de la ministra de Cultura de España, y en la actualidad trabaja en el gabinete del presidente español, Pedro Sánchez, a quien le elabora sus discursos.

    En Cien años la protagonista es Irene, una joven madrileña atractiva y de formación católica, que en los años 70 y como estudiante de Psicología en Chicago lleva adelante una investigación sobre las conductas sexuales de los hombres. Su método es personal, empírico y directo: olvida su puritanismo hogareño y se dedica a tener sexo con todos los que se le cruzaron en su camino, conocidos, desconocidos, desagradables o atractivos, y en los lugares menos esperados. En un cuaderno va apuntando los detalles de sus eventuales amantes y saca algunas conclusiones, entre ellas, que el deseo erótico no tiene relación con lo espiritual, sino con la secreción de dopamina en el organismo, y que la aparición de una nueva pareja sexual reaviva el deseo, sobre todo en los hombres.

    “La sexualidad fue captando poco a poco el interés de mis investigaciones. Yo era todavía una muchacha casi pura, pero lo único que me interesaba académicamente era la impureza. La perversión. El exceso”, recuerda la protagonista cuando ya es una mujer madura. A medida que avanza en su investigación, la promiscuidad se va convirtiendo en algo natural en su vida. Hasta que un día se enamora y sus teorías empiezan a tambalear, pero ni siquiera así puede frenar sus pulsiones más profundas.

    En la novela se cruzan otras historias. Una de ellas es la del millonario neoyorquino Adam Galliger, uno de los amantes frecuentes de Irene, con quien llega a mantener una relación de amistad cómplice. Galliger había financiado una enorme investigación sobre la infidelidad llamada Proyecto Coolidge. Su objetivo, motivado por una inquietud personal, era saber si quienes afirmaban ser fieles a sus parejas decían la verdad. Para confirmarlo, montó una red de espionaje en Estados Unidos con un equipo de investigadores privados que, por medio de escuchas telefónicas, análisis de redes sociales y acercamiento personal, se metía en las vidas de los seleccionados. Un sistema muy siniestro que llegó a reunir información íntima de más de 6.000 personas para llegar a la conclusión, bastante obvia, de que en temas de fidelidad muy pocos dicen la verdad.

    “Los resultados del estudio no son sorprendentes, se parecen a los de otros estudios anteriores. La mitad de los hombres asegura que nunca engañó a sus mujeres, a ninguna de sus mujeres. Ellas son aún más virtuosas: solo un cuarenta por ciento confiesa haber cometido una infidelidad. Y casi todos ellos, casi todas las mujeres y los hombres adúlteros, niegan que hubiera premeditación o voluntad. Se ampararon en el azar. O en el destino”, dice parte del informe.

    Lo más atractivo en Cien años no es precisamente este informe ni el carácter aparentemente científico o sociológico de la investigación. La fuerza de la novela se apoya en su protagonista, un personaje complicado, de conducta insólita, por momentos indescifrable y contradictorio, por momentos muy humano. Lo que va perdiendo fuerza es el propio tema de la infidelidad, tan viejo como la propia literatura, que adquiere en la novela una complejidad innecesaria para explicar que los engaños no se deben solo al exceso de dopamina.

    Esa complejidad se acompaña de una estructura narrativa que va y viene en el tiempo y que alterna los informes de los investigadores, la historia de Irene con su único amor, un joven argentino de triste historia, y el reencuentro de la protagonista con Galliger cuando ambos son viejos y el informe todavía dejó algo sin contestar. Entre todos estos relatos, hay reflexiones sobre el amor, el deseo y las relaciones humanas. También escenas en las que no se escatiman detalles de fluidos, olores y texturas.

    Cuando aún es joven y empieza a sufrir las dudas sobre la influencia de la biología en los sentimientos, Irene se plantea algunas “hipótesis sobre la naturaleza del amor”, y señala, por ejemplo, que “la mentira no corroe el amor” o que “las personas monógamas, como las personas sedentarias o las personas ignorantes, mueren sin conocer de verdad el mundo” o que “el amor, en contra de lo que comúnmente se asegura, inhibe la libertad sexual”. El tiempo le irá confirmando algunas de sus hipótesis y tirando abajo otras.

    Una curiosidad de la novela: con el personaje de Claudio, el novio bonaerense de Irene, se introduce en el relato un poco de la historia argentina de los años 70. También aparece mencionado el Petiso Orejudo, un brutal adolescente que a los 16 años, cuando fue atrapado, ya había cometido cuatro asesinatos, el primero a un niño de 13, y había fallado en otros siete. “Si la sexualidad me había parecido hasta entonces el campo de experimentación más fértil para desvelar la conducta humana, a partir de ese momento tuve la certeza de que resultaba mucho más provechoso el análisis criminal”, piensa Irene al conocer su historia.

    Otra curiosidad: algunos de los informes de los investigadores privados que se intercalan en la trama fueron redactados a partir de datos reales que recogió el novelista, pero también aparecen cinco que fueron inventados por otros novelistas invitados para participar en esta historia. El propio autor lo cuenta en los agradecimientos y concluye: “Promiscuidad literaria en una novela promiscua”.

    En un experimento de los años 50 sobre la conducta sexual en animales, los investigadores usaron ratas. En una jaula metieron un macho con varias hembras a las que enseguida se dedicó a aparear, una detrás de otra. Después el macho se cansó y perdió interés sexual, hasta que apareció una nueva rata en la jaula. Entonces recobró energía y corrió a copularla. La conclusión es muy lineal porque todo es sencillo en el mundo de las ratas. Pero fuera de la jaula y de los laboratorios, las conductas humanas y hasta las animales no siempre tienen una clara explicación. Eso es lo que Cien noches, con sus altibajos, quiere contar.

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