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    Finaliza un año que estuvo lleno de desafíos

    Nº 2255 - 14 al 20 de Diciembre de 2023

    El 2023 será recordado, sin dudas, como uno de los años más difíciles de la historia reciente para el agro. Desde una sequía histórica hasta precios bajos, no faltó nada en el menú de catástrofes para el sector que incluso hoy, en plena cosecha de cultivos de invierno, sigue lidiando con malas noticias del lado productivo.

    Lo llamativo de este año fue la amplitud de la crisis que tocó a casi todos los rubros. Las caídas de precios generalizadas fueron un trago amargo para muchos sectores que habían logrado salir indemnes de bajas anteriores y se sentían protegidos por la propia dinámica de su sector. Pero cuando las malas noticias también les llegaron a ellos, la capacidad de respuesta se mostró lenta y poco creativa.

    La respuesta del sector es redoblar la apuesta, seguramente veamos un aumento del área de siembra de soja como respuesta a la necesidad de hacer volver a girar la rueda luego de una sequía devastadora, pero la realidad nos puede deparar algunas sorpresas para el futuro si no estamos bien preparados.

    Los cultivos de invierno de este año, si bien mostraron una capacidad enorme de productividad por hectárea en el caso del trigo y la cebada, también nos enfrentaron a la realidad de que la calidad puede ser un problema serio, a menos que las condiciones sean ideales.

    En ausencia de números oficiales, solo podemos suponer que aproximadamente entre 25% y 30% de la cebada cervecera no será de aptitud industrial y que entre 10% y 15% del trigo tampoco llegará al estándar. Ese es un golpe fuerte para muchos agricultores que tienen que vender sus granos a menores precios. Los rindes son muy buenos, pero la diferencia de precio por calidad cobrará un peaje.

    En los cultivos de verano, salvo el maíz de primera que está en general excepcional, el resto se está logrando implantar algo más tarde de lo deseable y no con pocas dificultades. Queda todo el verano, con la mayoría de los agricultores muy jugados a un año Niño, con lluvias arriba del promedio que empiezan a estar más cuestionadas que hace un tiempo.

    El ir atrás de la productividad sin mirar el margen del negocio me parece una actitud peligrosa, sobre todo porque no nos hace reflexionar sobre nuestras propias limitaciones productivas ante eventos que no podemos controlar. Nuestras condiciones productivas, salvo años excepcionales, suelen ser marginales tanto para los cultivos de invierno, a los que les falta frío, como para los de verano, a los que les falta agua. Cualquier traspié con el clima, como una ola de calor en octubre o una helada extemporánea, así como un verano en el que la lluvia se corra al final del mes, ya nos causa problemas. Y estos problemas se terminan agravando cuando los precios nos dan la espalda.

    En toda mi carrera nunca vi que un pico de precios en algún producto no viniera seguido por una caída importante en los precios, y que suele durar mucho más que los precios altos. Esa lección, que ya palpamos con el trigo y el maíz, le falta a la soja.

    Si por esas cosas la economía global sigue en un ciclo de poco crecimiento y los precios bajos de los productos que vendemos se perpetúan en el tiempo, digamos dos o tres años, entonces tendremos un problema gigantesco de un sector muy endeudado, que sufre un tipo de cambio que no le es de mucha ayuda para ser competitivo y encima muy pocas herramientas para gestionar nuevas crisis. No quiere decir que sea un escenario que vaya a pasar, pero lo preocupante es no ir pensando en qué vamos a hacer si las cosas van para ese lado.

    En un contexto donde las políticas del sector deben mirarse en ciclos muy largos, la capacidad de resistir embates con el clima o con los mercados que duren mucho más tiempo del que pensamos debiera estar en el tope de la agenda del sector, sobre todo porque no puede ir atado a los ciclos políticos electorales, sino que debe ser algo permanente.

    La salida de la pandemia nos dejó con un mundo completamente diferente, donde incluso los fundamentos de la oferta y la demanda que conocíamos hasta entonces cambiaron. Hasta que encontremos un nuevo equilibrio no va a ser fácil moverse. El contexto geopolítico internacional y las transiciones hacia un futuro más verde son dos factores clave en este proceso. Los saltos productivos en la región son enormes, de una escala que asusta.

    Tengo la esperanza de que el sector sea capaz de plantear la necesidad de una visión de largo plazo enfocada en temas específicos para dotarse de los medios que permitan enfrentar nuevas crisis. Eso implica también ser realistas en la forma en la que hacemos las cosas, que en Uruguay no en todos lados se puede hacer agricultura y que por más que el financiamiento esté siempre al alcance de la mano, puede ser peligroso seguir con la lógica de que hay que prestar porque solo produciendo se pagan las deudas.

    Finalmente, a todos aquellos lectores que nos acompañan a través de esta columna, desearles lo mejor para este final de año y que el 2024 sea de prosperidad y buenos resultados. Solo poniendo lo mejor de nosotros como sociedad lograremos construir las bases del Uruguay de los próximos años.