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Señoras y señores que miran series: tómense una noche para ver Una mujer en la arena (Suna no onna, 1964), del japonés Hiroshi Teshigahara, nominada a dos Oscar (mejor película extranjera y mejor director), ganadora del Premio Especial del Jurado en Cannes y elegida por nuestra venerable asociación de críticos de cine como la mejor realización de 1966, el año en que fue estrenada en el cine Coventry. Una obra maestra que parece venir del futuro, del 2046 o más allá, en un soberbio blanco y negro en HD que puede disfrutarse en Youtube con subtítulos en inglés o en español. Un auténtico tesoro oculto.
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Un entomólogo llega a un desierto en busca de un particular escarabajo. Hay primeros planos de la yema del dedo, del insecto sobre esa yema, pero todo es arena. Cae el sol y el hombre se queda dormido, esto es, ya no podrá volver a Tokio. Un lugareño le dice que puede pernoctar en un sitio cercano, la casa de madera de una viuda, en un enorme pozo de arena, por el que se desciende gracias a una escalera de madera que, al día siguiente, ya no está. El hombre queda atrapado en la casa, en el pozo, con la mujer, en medio de la arena que entra por las rendijas, que bate olas con el viento, que todo lo inunda. Desde arriba, los lugareños le bajan comida, agua, a veces cigarros. Y se mofan. Un escarabajo en un pozo de arena, a merced de la naturaleza, del tiempo, del mayor tamaño de todo lo que lo rodea.
Más allá del contenido claramente alegórico de la película y de la cantidad de aristas existenciales sobre la soledad, el sexo, el individuo y la comunidad, lo que predomina es un criterio plástico, poético y musical (que viene a ser lo mismo cuando se acierta en la diana), captado por la película como si fuese un lienzo viviente: los granos de arena que se deslizan y caen como agua, que se te meten en la ropa, entre los pliegues de la piel, que te atrapan como un pantano, que reflejan la luz, que concentran la noche y el misterio. Un reloj de arena integrado por un hombre y una mujer, notablemente interpretados por Eiji Okada y Kyoko Kishida.
Teshigahara (1927-2001) y el novelista Kobo Abe también se juntaron en La cara de otro (1966), sobre un sujeto que cambia su rostro y juega con las posibilidades de ser irreconocible, otra obra maestra de contenidos alegóricos y plásticos, que también se puede ver en Youtube y en HD. Pero lo que en realidad le interesaba a Teshigahara era la música y la plástica (tiene un documental sobre Antonio Gaudí). Tan es así que se alejó del cine para dirigir una escuela de ikebana, el arte japonés del arreglo floral.