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    Futbolistas sin club entrenan en el equipo de la Mutual, lejos de la opulencia mundialista y a la espera de una nueva oportunidad

    “Bueno, arrancamos trote con movilidad”. El profesor Andrés Quartini da la orden y todos obedecen. Chino, Toto, Mati, Damián, Nico, Brian… son siete jugadores de campo y dos arqueros, nueve en total. Es el último viernes de octubre, la mañana está hermosa y el piso impecable de las canchas del complejo Enrique Castro de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales (MUFP), al costado del arroyo Miguelete y del camino La Paz Mendoza, cerca de la ciudad de La Paz, invita a moverse. Hay olor a pasto recién cortado y a bosta. Flexiones, estiramiento, monito, pelota en espacios reducidos. “Muéstrense, no se queden parados, no esperen que solucione el compañero”. Muy cerca, el director técnico Alejandro Bertoldi prepara el terreno para los ejercicios tácticos. La kinesióloga Valeria Muñoz, con formación en coaching, también está atenta por si alguno de los jugadores, libres, sin club, tiene algún dolor.

    En días todo girará en torno al Mundial de Catar, para cuya realización el país organizador invirtió US$ 220.000 millones, según el portal alemán Statista. Ahí participarán 32 planteles con una cotización total estimada de casi € 11.500 millones, según la página web especializada Transfermarkt. Pero hay otro mundo del fútbol, muchísimo más grande, que sigue su curso en las antípodas de esa opulencia.

    Uno de cada mil jugadores que arranca divisiones inferiores llega a primera en Uruguay; y de estos solo el 1% conseguirá “una diferencia económica” con el fútbol, dice a Búsqueda el docente y gestor cultural Diego Portillo, coordinador del área educativa del programa Más Mutual, que comenzó a funcionar en setiembre de 2021. Lejos de los reflectores y los primeros planos, en Uruguay el sueldo mínimo de un jugador profesional en un club de la A es de $ 56.375 pesos nominales; si es de la B, es la mitad, $ 28.188.

    Los jugadores sin contrato profesional ni siquiera tienen la certeza de cobrar eso. A principios de cada año, entre 70 y 80 de ellos suelen entrenar en el complejo de la Mutual, manteniendo la forma a la espera de un llamado, prontos para calzarse una camiseta y jugar. Ahora, con la temporada terminada más temprano que lo habitual por obra y gracia de un mundial a fin de año, quizá el aluvión se adelante. De cualquier forma, para aquellos que jugaron en la B o la C y cuyos equipos quedaron fuera de carrera a las primeras de cambio, la espera en este 2020 puede llegar a durar cinco meses. El requisito para estar moviéndose en el complejo Castro es haber sido profesional y que su último contrato haya vencido hace menos de dos años.

    Bolsa de trabajo

    “¡Más intenso!”, grita Bertoldi, ahora al mando del entrenamiento en el complejo de la Mutual. Tocan “duelos”: un delantero que ataca y un defensa que lo marca. “¡Controlo y tiro!”. Los dos arqueros, Mathías de los Santos y Damián Bermúdez, ambos con pasado reciente en la Divisional D, en Paso de la Arena y Rincón de Carrasco, respectivamente, se revuelcan como en la final del mundo. Bryan Bentaberry, un defensa de 25 años que acaba de terminar el campeonato jugando para Cerro Largo, es un recién llegado al “equipo” de la Mutual y el nombre más conocido de los que ahora están practicando. Otros nombres “famosos” que en este último tiempo han estado en el equipo son Alejandro Furia, con pasado en selecciones juveniles, exvicecampeón mundial sub-17 en 2011, Alejandro Martinuccio, quien disputara la final de la Libertadores 2011 con Peñarol, y Andrés Lamas, recientemente ascendido con Cerro y con una trayectoria que incluye Defensor y equipos de España y Ecuador.

    Tiempo atrás era común ver jugadores de más de 30 años, con recorrido más o menos conocido. Ahora, cuenta Bertoldi, están apareciendo en el complejo “muchos jóvenes de veintipocos años, de primer contrato, sin muchos partidos en primera, que quedaron en libertad de acción mientras hacían sus primeras armas”. De alguna forma, admite, el equipo de la Mutual funciona como una suerte de bolsa de trabajo. “No somos intermediarios, pero constantemente nos llaman a la Mutual o a mí representantes o clubes, del ascenso, del interior, pidiendo referencias por un determinado jugador o si tenemos a alguien en una posición, volante, delantero… En parte, oficiamos como un nexo entre los jugadores sin club o el medio laboral”, explica. Según los cálculos que lleva, terminado octubre la Mutual había realizado 195 entrenamientos este año en los que participaron 136 futbolistas distintos; 108, un 79,4%, consiguieron dónde jugar, ya sea en alguna división del fútbol uruguayo, en el interior o en el extranjero.

    En Uruguay solo pueden considerarse profesionales los aproximadamente 1.000 jugadores de los clubes que juegan el Campeonato Uruguayo de Primera División y la Segunda División Profesional, la A y la B. En la Primera División Amateur (la vieja C), en la Divisional D, cuya primera edición es de este año, y en los torneos de la Organización de Fútbol del Interior (OFI) nadie juega por contrato, pero es común que algún dirigente, allegado o “mecenas” pague viáticos o por partido a algunos jugadores para que defiendan a sus colores queridos.

    “En la C en algunos clubes pagan hasta $ 8.000 por partido; en la D, pagarán $ 2.000”, cuenta uno de los jugadores, durante una breve pausa. Esa es una alternativa a la que se aferran con la ilusión de seguir en el ruedo, de perseguir todavía el sueño de triunfar en el fútbol o, en algunos casos, de salir de pobre.

    Los nueve de hace un rato ya son ocho: Matías Faber, de 23 años, debe dejar el entrenamiento por un corte en el rostro tras un choque accidental de cabezas. Mientras Muñoz lo atiende, cuenta que su último club fue el Agia Napa, de la Segunda División de Chipre en la localidad de ese mismo nombre. “No sabés lo que es la ciudad, soñada, en el Mediterráneo, parecía Punta del Este”, dice. Su último equipo en Uruguay, el año pasado, fue Juventud de las Piedras.

    La cabeza

    El complejo es muy completo, pero no es Peñarol ni Nacional. Una diferencia clara es que hay pocos autos en el estacionamiento. Antes la Mutual aportaba un vehículo, pero eso se discontinuó. Algunos de los jugadores tienen locomoción propia y es habitual que ellos traigan a otros compañeros. Otros lo hacen en ómnibus, haciendo dedo o caminando. Es común que se bajen en el Complejo Rentistas, por avenida Pedro de Mendoza, algo así como el vestigio de civilización más cercano, y hagan a pie el tramo final: apenas 30 cuadras.

    A esta altura del año, hay cuatro entrenamientos semanales. El entrenador de arqueros viene dos veces por semana. Cuando se acerque el período de pases, el ritmo y la frecuencia y la afluencia de jugadores serán otros. Ahora, sobre el final de la práctica de aproximadamente hora y media, toca picado: cuatro contra cuatro, dos tiempos de tres minutos, ganador se lleva doble bebida hidratante de premio. Y los muchachos meten como La Luz ante Peñarol.

    Entrenar acá es lo más parecido a entrenar en un club para los que no tienen club. Bertoldi enumera las bondades del lugar: buenas canchas, buen vestuario, gimnasio con aparatos, duchas, hidratación, fruta, cancha sintética cerrada para la lluvia, equipamiento deportivo. Hay todo, menos un sueldo. “Es una válvula de escape a la realidad de estar sin trabajo”, resume el entrenador. El espíritu de grupo también ayuda, no es lo mismo que entrenar solo. Es ser parte de algo, es estar entre pares.

    “Acá buscamos cambiarles a los jugadores la perspectiva negativa de que no tienen club”, afirma Muñoz, mucho más que una kinesióloga. “Muchos de ellos sienten grandes presiones, sociales, familiares, de que tienen que buscar una salida. Incluso, cuando ya tienen cierta edad, empiezan a sentir que fueron olvidados. Les dicen que son grandes, ¡y tienen solo 30 años! Muchas veces pierden la confianza y la autoestima, y todavía son muy jóvenes para la vida”, continúa. Algunos de los que han pasado por ahí tienen, como dice la letra del tango, “la nostalgia de haber sido”: pasado en selecciones juveniles, representantes, haber entrenado en complejos de equipos grandes. Varios ya tuvieron la necesidad de buscar otras opciones laborales más allá del fútbol. Necesidad mata sueños y los ahorros —si alguna vez existieron— se evaporan rápido sin club.

    “Valeria trabaja mucho en la parte psicológica”, reconoce Bertoldi. El WhatsApp de la kinesióloga está lleno de mensajes de agradecimiento. Le llegan cuando hay un final feliz, cuando los jugadores consiguen equipo, o en cualquier momento, simplemente por haberlos ayudado a mantener el ánimo en alza. La espera es un rival áspero. “Yo no soy quién para hablar de depresión pero sí noto bajones a lo largo del año. Sobre todo cuando llega marzo y abril, cuando ven que no consiguen club y que otros sí. Ahí hay que ser fuerte de cabeza. Desde acá también tratamos de que su vida no gire solo en torno al fútbol, que tengan un plan B”, afirma el entrenador.

    La práctica termina y hay que ir a las duchas. El equipo tiene un capitán y es Rodrigo Chino Lemos, de 30 años. Su trayectoria incluye a Peñarol en inferiores y debut en Primera con Basáñez a los 18, Canadian, Albion, Oriental, El Tanque Sisley, Mar de Fondo, Miramar Misiones y, hasta hace un par de meses, Artigas SAD. En la cancha es un recio número cinco, fuera de ella lidera las bromas entre sus compañeros. Después de entrenar, es hora de ir a su casa en el Cerrito de la Victoria a cuidar a los niños mientras su esposa trabaja. “Acá estoy muy cómodo, tengo todo lo que preciso para entrenar. Y la ansiedad…, antes que nada, tenés que estar fuerte de cabeza, sabés que tenés que venir acá, mantenerte en foco y saber que en diciembre o enero, gracias a tus condiciones, podrás apostar a un nuevo equipo. Donde te entre un bajón, o dejás de venir o dejás el fútbol. La cabeza es fundamental, es todo”. Saluda y procura, como muchos de sus colegas, que alguien lo arrime, al menos, a Pedro de Mendoza.

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