La productora de televisión Frentnetflix ha puesto recientemente al aire una nueva serie que competirá seguramente con Homeland, Breaking Bad, House of Cards y Game of Thrones. Se llama Game of Cards, y ya están disponibles los primeros capítulos, que sin duda atraparán la atención de los televidentes.
En ella, varios políticos de un pequeño país del hemisferio sur se atacan con furia y saña tratando de aniquilarse y desprestigiarse a través de cartas abiertas que aparecen en la prensa.
Los episodios que describen las cartas generalmente refieren a hechos reales, pero los autores de las misivas cargan de tal manera las tintas de los acontecimientos relatados en ellas, que por momentos los espectadores pueden llegar a pensar que se trata de ciencia ficción, o simplemente de surrealismo y fantasía.
Por ejemplo, en el primer capítulo de Game of Cards, un anciano expresidente del pequeño país se dirige públicamente en una extensa carta al ministro de Economía, acusándolo de no haber tomado las medidas necesarias para que la refinería de petróleo perteneciente al Estado no cayera en una desesperante situación de déficit, cesación de pagos y bochornosos elementos colaterales, tales como firma de contratos ruinosos, sospechosos pagos a proveedores contratados sin licitación, colocándose en riesgo de dar quiebra, arrastrando a sus directores actuales y pasados a una situación de corte cuasi delictivo.
El anciano ex primer mandatario, que en el momento de escribir la carta es integrante del Senado, electo por el mismo partido al que pertenece el ministro acusado (quien —para agregarle dramatismo a la trama— durante el período gubernamental anterior fue vicepresidente del pequeño país) descarga su furia en la misiva pública, acusándolo de haber ocultado información que hubiera evitado el actual drama de la refinería arruinada.
En este capítulo, antes de escribir su carta, el ex presidente dialoga con el actual vicepresidente del pequeño país, quien, para complicar más aún el libreto, fue, en el período anterior, presidente de la refinería arruinada.
A esta altura el filme se interrumpe, y aparece un personaje neutro, quien, sentado en un sillón y con una carpeta abierta sobre su falda, explica a los televidentes quién es quién en la serial, porque la confusión de roles es tal, que sin alguien que se tome el tiempo de aclarar quién era qué antes de ser lo que es hoy, y de qué manera llegó a la posición que hoy ostenta, tras haber pasado antes por otra, no sería posible entender los entramados recovecos del poder en ese pequeño país.
Vuelve luego la serie con sus actores, y el anciano ex presidente le dice a su vicepresidente algo que el joven actor sin duda entiende, demostrando que domina el dialecto en el que se expresa el viejo ex presidente, proveniente de la etnia de los indios tupas, a la que también pertenecía el padre del actual vicepresidente.
“Vojno te preocupé, quejto te lo arreglo yo, y le pego un par de shopapo a gilastrún ejte del minitro, que ya me tiene repashao, ¿mentendé? y vamoarriba con la invejtigadora ejta, puro paparrucheo al dope, vo tirale alguna pálida y defendete, no te pongá nerviosho, vashavé quejverdá lo que te digo, papá, ¿tamo?”.
En esta parte de la película (que es hablada en español) mientras habla este curioso personaje, que —dicho sea de paso— habita en una miserable choza de las afueras de la capital al pie de la imagen salen subtítulos en español, para permitirles la comprensión a los telespectadores de los dichos del anciano.
El joven vicepresidente le agradece al hoy senador y antes jefe de Estado su generosidad, y parte raudo a declarar en la comisión investigadora del Parlamento, en la que se están recopilando las pruebas del cúmulo de desprolijidades, errores, delitos y cuasi delitos que han llevado a la ruina a la otrora sólida empresa estatal dedicada a la refinería de petróleo, la fabricación de cemento, y hasta a la destilación de bebidas espirituosas.
Aquí nuevamente se corta el desarrollo de la trama, y vuelve a aparecer el explicador, que les informa a los telespectadores cómo es posible que exista una empresa monopólica que refine crudo, fabrique cal y venda cognac y whisky, y a pesar de ello esté al borde de la quiebra.
Aparece nuevamente el anciano, escribiendo la misiva en un arrugado papel de cartas sobre una desvencijada mesa de madera, mientras su sacrificada esposa, una voluminosa señora que tiene el doble rol de senadora nacional y ama de casa, está preparando la cena.
“Terminé ejta carta y ya laviá mandá pa que la publique lojdiario mañana, y vashavé el ataque de preshión que le va a dá al pelotudo ejte que she lajtira de shabelotodo y é flor de papanata é, …vo, hablando de otra cosha, ¿falta mucho pa morfá? ¡Me muero diambre, vo!”, le dice el anciano a su mujer.
La escena cambia, y en una casa modesta pero confortable de un barrio de clase media de la capital del pequeño país, el hoy ministro de Economía, que había sido vicepresidente cuando el anciano que habla en dialecto era presidente, se cala sus gruesas gafas y lee la carta abierta que le mandó su correligionario, mientras ingiere un café con leche acompañado de galletitas.
—“Este viejo no tiene arreglo” —le dice a su esposa el ministro, mesándose su larga cabellera canosa— “no se la voy a dejar llevar así. Se la voy a contestar con otra carta abierta, y va a ver” —concluye.
Se dirige a su escritorio, y le escribe la respuesta, criticándolo al ex presidente por no haber intervenido para que, durante la presidencia del directorio de la refinería, su joven correligionario, hoy vicepresidente, no haya procedido a indicarle que hay que mandar los balances de la empresa, y no esconderlos, que haya tenido que pagar multas por incumplimiento de contrato al no mandarle cal a la planta energética de un país vecino, que el déficit acumulado llegue a miles de millones de dólares, que haya gastado 10 millones de dólares en publicidad pagándoselos a una agencia amiga designada a dedo sin licitación, que haya comprado avisos en una radio que no existía, que le haya fiado a una empresa de aviación combustible sin documentar las entregas, que haya mandado construir un remolcador que no funciona, se haya asociado con un intermediario para un negocio de compraventa de petróleo sin que fuera necesario, por lo que tuvo que pagarle 3 millones de dólares solo para parar el juicio que iba a perder, y muchas cosas más.
Aquí ya los televidentes pasan sin duda a percibir que la serie, si bien se basa en hechos reales, entra en el ámbito de la fantasía.
No se pierdan los próximos capítulos. Ya verán que esto no tendrá final feliz, sino más bien dramático.