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    Gardel, el perfeccionista

    Nº 2170 - 21 al 27 de Abril de 2022

    Son asombrosos, a veces, los resultados que se logran por la paciencia de seguir investigando aspectos de la música popular —en este caso el tango, pero no es la única— que involucran a figuras sobre las que luce una sentencia: “Están más allá del bien y del mal”.

    Ahora he acumulado documentos y testimonios que permiten, sin avergonzarme, calificar a Carlos Gardel de perfeccionista, o sea, aquella persona que tiende a mejorar indefinidamente su trabajo sin quedar convencido de que, una vez puesto el punto final, no puede hacerse nada más.

    Expresado así, tienta a creer que se está ante una patología. Como todo en la conducta humana, si carece de sensatez y no admite límites, es una hipótesis plausible.

    En un documento publicado en 2012, que recién hallé, la historiadora Ana Turón escribe acerca de “la conocida costumbre de Gardel de modificar versos que iba a cantar”. Ciertamente, yo sé de ese hábito, pero ignoraba la dimensión que tuvo.

    Turón ejemplifica con los cambios reiterados de las letras de La gayola, Tango argentino, Como todas, Haragán, Corrientes y Esmeralda y Muñeca brava, que son notorios. Pero sorprende, al menos a mí, pues no lo recordaba, incluyendo La Cumparsita, porque el cantor omite la estrofa sin embargo, yo siempre te recuerdo…, que había respetado en su primera versión; la historiadora cree que descubrió el origen de tamaño empuje perfeccionista: una carta de Armando Delfino que incentivó tal actitud, al decirle, sobre otros dos temas, que sus correcciones “los convierten en más interesantes y novedosos”.

    En honor a la verdad histórica, debo señalar que esto solo es una teoría de tantas y no puede darse por elemento de prueba irrefutable.

    No obstante, Turón, apoyada en opiniones de otros investigadores que analizaron el proceso durante décadas, sostiene que “hasta Lepera le tuvo que escribir en ocasiones una docena de letras antes de que Gardel diera su conformidad, siempre con alguna duda molesta flotando, por lo que cabría calificar ciertas exigencias suyas como inconcebibles”. Al respecto hay un hecho que, tal vez, muchos lectores no conozcan. Mi Buenos Aires querido, emblemático tango de su repertorio, se iniciaba así: El farolito de la calle en que nací…, pero el Mago estuvo discutiéndolo, disconforme, durante meses; al final, decidió incorporar estas tres líneas: Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido…, versos que estaban en el cierre de la obra.

    Abundan, empero, otros historiadores en desacuerdo, asegurando que “no eran intervenciones nacidas de la tozudez, sino que buscaban enriquecer la calidad de las letras” y, en ocasiones, “no se trataba de reemplazar una palabra por otra ni de retirar un verso, sino de modificaciones que apuntaban a mejorar y hasta rehacer poesías que, al cantarlas en un ensayo, sentía que no se ajustaban a su tono de voz o no despertaban la emoción que necesitaba para entregarlas al público a su gusto”.

    El otro aspecto interesante para considerar es que el perfeccionismo de Gardel cobró alcances que lo hicieron digno de estudio a partir de su vinculación con el cine.

    Según Turón, la prueba está en el primer largometraje protagonizado por el cantor, Luces de Buenos Aires, producido por Paramount en sus estudios de Joinville, Francia, en mayo de 1931 y dirigido por el chileno Adelqui Millar. En esa película, Gardel canta dos canciones, el tango de su autoría musical Tomo y obligo y el vals El rosal, de nuestro compatriota Gerardo Mattos Rodríguez, y ambas con letras de Manuel Romero. Sobre los cambios incorporados, con marchas y contramarchas, de Tomo y obligo ya se ha escrito suficiente y durante años. Quizás no es igual si analizamos el caso de El rosal, tema con el que finaliza el filme, incluyendo un beso con la primera actriz Sofía Bozán.

    Me permito concluir este comentario dejando que sea el lector quien valore ese perfeccionismo de Gardel: Debajo de un rosal sin flores / cantaste amor en mi oído. / Debajo de un rosal sin flores, / cantaste amor en mi oído. / Y aquel rosal floreció, / cuando ya estaba perdido / el amor de mis amores… (versión original).

    Al pie de un rosal florido, / me hiciste tu juramento. / Al pie de un rosal florido, / me hiciste tu juramento. / Pero el rosal se secó, / marchitado por el viento, / marchitado por el viento / y tu amor por el olvido… (versión final).

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