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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando éramos niños, unos primorosos cartelitos esmaltados de chapa (no letreritos efímeros de papel sino piezas hechas para durar) fijados en los laterales de las puertas de los trolley buses para ser leídos al descender, decían: “Este vehículo es suyo. ¡Cuídelo!”.
—¿En verdad es nuestro? —preguntábamos asombrados los chicos.
—Por supuesto —nos respondían los mayores—. Es nuestro porque es de todos. Y por eso debemos cuidarlo incluso más que si fuese exclusivamente propio.
Tiempo después, ya en la juventud, no recuerdo dónde, leí lo siguiente: “Qué triste defraudar al Estado pensando que no se defrauda a nadie, cuando se está defraudando a todos”.
Es verdad. ¡Qué triste es el peculado!
Qué lamentables son aquellos que se sirven del bien público en beneficio propio, en perjuicio de todos.
Dicho esto no puedo dejar de pensar en Gas Sayago S.A., que sería uno de los últimos y peores ejemplos de peculado, doloso o por incompetencia, pero lamentable en todo caso.
Cuando empezó a sonar el nombre de José Mujica como posible candidato a la presidencia, quizás a principio de 2009, el primer asombrado fue él mismo. Quien lo dude puede revisar hemerotecas de aquel entonces y allí encontrará las declaraciones del propio Mujica diciendo, con claridad y honradez, que no estaba capacitado para semejante responsabilidad, que jamás había pensado en llegar tan lejos y que ya era increíble que hubiese sido senador y ministro siendo un hombre de formación muy básica.
Solo después de que el presidente Vázquez señalara como su sucesor al entonces ministro de Economía, Danilo Astori, Mujica montó en cólera y se dispuso a competir por la primera magistratura.
Pocos meses después este sedicioso retirado (nunca se sabrá si arrepentido) sería el presidente de la República, tras seducir al pueblo uruguayo con su prosa macarrónica, formulando propuestas voluntaristas y demagógicas, pero usando en forma irreprochable y por completo legítima, todos los recursos y procedimientos que pone la democracia al servicio de los políticos para obtener el favor de la ciudadanía.
Los uruguayos parecíamos cansados de los políticos tradicionales y nos inclinamos por un outsider, heterodoxo e inclasificable.
Muy pronto —dramáticamente pronto— advertiríamos el error que habíamos cometido y empezaríamos a extrañar a aquellos políticos que nos parecían irresolutos pero que, en realidad, eran prudentes y garantistas; que observaban minuciosamente todos los requisitos de la legalidad; que sabían que todas las obras y emprendimientos exigían largos estudios diagnósticos, de factibilidad, de financiamiento y de prospección de negocios; que nunca precipitaban la ejecución de las cosas porque harto sabían que “quien se precipita se precipita”; que priorizaban el gradualismo por sobre cualquier vértigo por vistoso que fuese; que estudiaban sobre todos los temas y se asesoraban con profesionales expertos en cada materia.
Mujica, en cambio, en su afán por hacer y en su ignorancia (o desprecio) de las formalidades legales, pasó muchas veces de las ideas (buenas o no, sensatas o descabelladas) a los hechos y dispuso la ejecución de varios emprendimientos catastróficos.
Por estos días una auditoría ha dado cuenta de la hecatombe de uno de esos emprendimientos: la empresa pública, operando en régimen de empresa privada, Gas Sayago S.A.
Se trataba de una empresa insensata la que, según la referida auditoría, no contaba con ninguno de los estudios previos de factibilidad técnica, viabilidad económico financiera, ni un plan de negocios apenas aceptable.
Aparentemente el primer mandatario se había entusiasmado con una situación coyuntural en Argentina. El enorme mercado argentino necesitaba ingentes cantidades de gas natural para abastecer su fuerte demanda interna. Se lo venía comprando a Bolivia que, amparada en su calidad de monopolista, le imponía a Argentina un precio muy alto.
Mujica pensó: si yo establezco una regasificadora en Uruguay, podría comprar Gas Natural Licuado (GNL) en otra parte del mundo (después veremos dónde), regasificarlo y compartir el gas con Argentina.
Parecía tan sencillo como irreal. Porque Uruguay no es —como todos sabemos— productor de gas natural, de modo que tenía que comprarlo, acaso a la propia Bolivia, y procesarlo para venderle digamos nueve décimos de la producción (la planta proyectada podría procesar diez millones de m3 de gas al día) a la Argentina y quedarse con un décimo, en el mejor de los casos, para el abastecimiento interno, dada la tremenda asimetría de la demanda de los dos hermanos del Plata.
Pasaban entonces dos cosas: una, la fuerte demanda argentina tenía demasiada prevalencia en el negocio que pretendía hacer Uruguay, el que, en esas condiciones, estaría básicamente obligado a aceptar el precio que dispusiera pagar Argentina. Y dos, Bolivia, que sí es productor genuino de gas natural, podría bajar su precio casi a voluntad (sus costos son bajísimos) para descolocar a la eventual oferta uruguaya.
Todo eso sucedió antes, mucho antes, de poner el primer pilote para el muelle en que amarraría el enorme buque que traería el GNL de vaya a saber dónde y el buque regasificador, o sea el que volvía al estado gaseoso al gas licuado, calentándolo mediante las aguas del Río de la Plata, unos 14.000 m3 por hora, que después de prestar su temperatura al gas licuado para regasificarlo, serían devueltos al río.
El gas sería enviado por un gasoducto subacuático a la costa, un tirón de unos 2.500 m, después por un gasoducto subterráneo de 13 km con dos estaciones superficiales conectaría con el Gasoducto Cruz del Sur y de allí a su destino final en Argentina y Uruguay.
A Bolivia le bastó con saber el precio del m3 que eventualmente Uruguay enviaría a Argentina, para proponerle a su cliente un precio levemente inferior. Argentina de inmediato aceptó la oferta —sigue vigente años después— y se apresuró a anunciarle a Uruguay que se desinteresaba del proyecto de la regasificadora y que no habría de comprar el producto.
Pero el proyecto, empujado por Mujica como un ciclista tirando del pelotón, por fuera de cualquier sensatez, siguió avanzando.
El propio Mujica declaró, por entonces, que “hubo 30 a 40 técnicos trabajando a muerte, encerrados, para que todo se hiciese rápido”. Por ejemplo, la autorización de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama), que suele demorar meses cuando no años, fogoneada por el presidente, salió en unos pocos días, incluyendo la audiencia pública previa (APP) que se realizó un día 22 y el 28 estaba aprobada por el ministro Francisco Beltrame y el director de Dinama, Jorge Rucks.
Con la misma vertiginosa velocidad, entre gallos y medianoches, aquellos técnicos encerrados, trabajando con frenesí, habían elegido a los proveedores y a los adjudicatarios de las obras, la gestión, la operación y el mantenimiento de la Terminal.
A nadie pareció importarle que Argentina anunciara que no iría a comprar ni un m3 del gas de Gas Sayago S.A. El proyecto siguió adelante como si nada hubiese cambiado.
“El proyecto es rentable y sustentable aun sin venderle una molécula de gas a la Argentina” —declaró el director de entonces de Gas Sayago, con el pecho hinchado de uruguayismo. Pero para morigerar un poco la tremenda aseveración, agregó: “Claro que si logramos exportar algo, los números mejorarán sensiblemente.”
Fue un visionario el director. No se vendió una molécula de gas a nadie. Pero los números, lamentablemente, fueron catastróficos.
Ahí están los pilotes del muelle donde amarrarían el buque tanque y el buque regasificador, el canal de acceso dragado, las obras abandonadas del gasoducto subacuático y, más allá, el subterráneo, los contratos, gracias a Dios sin ejecutarse, de compras de bienes y servicios por más de U$S 700 millones en papeles ya amarillentos y en su decadencia de latas oxidadas y puntales quebrados por los vientos marinos y el abandono, la pomposa cartelería que daba cuenta de la empresa que nunca llegó a operar, pero que nos deja un clavo de más de 200 millones de dólares.
En fin; considerando los resultados de la auditoría a Gas Sayago Sociedad Anónima que acaban de conocerse, cada vez nos viene más nítida a la cabeza la leyenda de aquel cartelito de los trolleys: “… es suyo. ¡Cuídelo!”.
Álvaro Secondo Escandell
CI 1.174.509-9