N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos cuantos meses, ante una manifestación de agricultores, el presidente francés Emmanuel Macron decidió bajar al llano e intercambiar con quienes protestaban. Tenso, serio, haciendo oídos sordos al griterío que se escuchaba detrás, Macron dialogó con dos de los manifestantes. Una mujer y un hombre fueron quienes le plantearon en persona al presidente el motivo de la protesta. La charla duró varios minutos y el intercambio fue correcto, en absoluto amable pero sin el menor rastro de insultos o descalificaciones. Finalmente, con su seguridad detrás y cientos de manifestantes enfrente, el presidente francés se despidió dando la mano a los dos agricultores, quienes sin estar demasiado convencidos con sus respuestas, agradecieron su tiempo y la posibilidad del intercambio.
Esto ocurrió un par de días antes de que el presidente Tabaré Vazquez tuviera su cruce con el ya famoso colono, cruce que daría lugar a uno de los episodios más patéticos y menos democráticos de la historia política reciente del país: la página web de Presidencia de la República hizo pública, de la mano de un par de jerarcas estatales de medio pelo, información sobre ese colono díscolo. A cuenta de nada, salvo recordarle a ese ciudadano que no conviene meterse con el presidente porque para algunos es lo mismo que meterse con el Estado. Y el Estado, de una forma u otra, siempre te tiene abajo de la pata.
La distancia sideral entre el caso de Macron y el de Vázquez, puso en evidencia, al menos para mí, que el republicanismo no puede ser solamente una serie de gestos formales, un protocolo que existe de cara a las cámaras y la opinión pública. Es un procedimiento que se basa en la convicción de que la horizontalidad de ese intercambio en el llano es parte esencial de la igualdad entre ciudadanos y de los procedimientos de la democracia. Y que hoy uno puede ser presidente y otro manifestante, pero que en un sistema democrático entre iguales, mañana la situación bien podría ser al revés: el que protesta podría ser presidente y el presidente encontrarse detrás de una pancarta. Hace mas de 200 años que no vivimos bajo las reglas del Ancien Régime y más de 30 que ya no estamos en una dictadura.
El reciente incidente ocurrido el pasado 26 de noviembre en pueblo Sequeira, durante la inauguración de unas obras de mejora de la Ruta 30, en donde se encontraban el ministro de Transporte, Víctor Rossi, y el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, sirve para resumir una vez más la distancia que parece existir entre los gestos republicanos y las convicciones republicanas. Y la resume de manera más bien tosca: un par de trabajadores de la zona desplegaron una pancarta con la frase “Basta de presión. La familia tabacalera quiere trabajar en paz” y unos pesados del Frente Amplio (o del ministro o del Ministerio, a esta altura todo parece más o menos lo mismo) se pusieron delante para bloquearla. Como los pesados no lograron taparla del todo, el ministro Bonomi decidió ponerse él mismo frente a la pancarta. Eso derivó en un forcejeo más bien ridículo y la policía terminó llevándose detenidos a los trabajadores. Los soltó a las pocas horas pero el daño al republicanismo, el enésimo, ya estaba hecho.
Para empezar, la frase que desplegaron los trabajadores no era agresiva, no insultaba ni atacaba personas. Era apenas un reclamo genérico de trabajadores de un sector que entendieron que las autoridades algo podían y debían hacer. Gente a la que, por lo general, le resulta imposible tener una plataforma mediática para sus reclamos y que vio su oportunidad en ese acto. No parece gran cosa y menos ante un partido de gobierno que ha apelado históricamente a esa misma clase de recurso, con pancartas infinitamente más virulentas y personalizadas que la de los tabacaleros. Y, en cualquier caso, es irrelevante quién llevaba la pancarta: estar ahí con ella es un derecho constitucional.
Y luego: cuando uno asume la gestualidad del llano, esto es, inaugurar in situ y con presencia de público el comienzo de una obra, junto al gesto debe asumirse el procedimiento. Ese que incluye la gestión de la posibilidad del disenso. A saber, que cuando se echa mano a los recursos del republicanismo, se lo hace sabiendo que ese mismo procedimiento, su horizontalidad y su transparencia, incluyen la posibilidad de un otro que no esté de acuerdo con el acto o tenga su propia agenda. Y que esas personas, si lo hacen de buenas maneras (maneras republicanas), tienen todo el derecho y deberían tener todas las garantías para realizar su reclamo.
Una democracia en donde nadie se oponga al gobierno puede parecer algo deseable para el statu quo, pero tendría poco de real: la diversidad existe solo si puede expresarse por los canales establecidos por todos nosotros, el soberano. Lo resumió con meridiana claridad el presidente del PIT-CNT, Fernando Pereira, cuando declaró al respecto: “Los actos del gobierno abierto, del Parlamento abierto o del movimiento sindical abierto pueden tener pancartas que no siempre son aplausos al movimiento sindical, al gobierno o a un acto de la oposición”. Pereira consideró además que Bonomi “se equivocó y cuando las personas se equivocan en una sociedad democrática hay que admitirlo y punto.”
El incidente muestra además de falta de convicción republicana, la más completa falta de cintura política: bastaba con interrumpir el discurso (que por cierto era una letanía de alabanzas a Saceem, una empresa con unos cuantos claroscuros en España, su país de origen), dedicar 30 segundos a dialogar con los jóvenes de la pancarta y comprometerse a conversar con ellos en cuanto terminara el speech institucional. Y luego hacerlo, claro.
En España existe una expresión que siempre me gustó y me llamó la atención: se le llama “democracia a la búlgara” cuando un candidato gana con una cantidad inverosímil de votos. Es decir, cuando la diversidad real de opiniones no se ve reflejada en esa elección, ya sea a través del fraude o del silenciamiento previo de las voces discordantes. Voces que, siempre y sin excepción, existen en sociedades abiertas como la nuestra. Si no queremos una democracia “a la búlgara”, no podemos admitir gestos burdos y autoritarios como el del ministro del Interior. Que quizá no son tan poca cosa: el Instituto de Derechos Humanos declaró que en el incidente “se afectaron de forma ilegítima los derechos a la libertad de expresión y la libertad de reunión pacífica, consagrados en normas y principios sobre derechos humanos”.
En su libro Sobre la tiranía (sí, lo sé, lo he usado un montón en estas columnas, es así de bueno, qué le voy a hacer), el historiador Timothy Snyder apunta que “los partidos que remodelaron Estados y suprimieron rivales, no fueron omnipotentes desde un comienzo” y, citando al abolicionista Wendell Phillips, recuerda que “la vigilancia eterna es el precio de la libertad”. Es verdad, el de Bonomi parece un gesto ínfimo, pura torpeza que no merecería el menor comentario. Pero sería irresponsable no ver que al mismo tiempo revela algo que bulle detrás, una forma de entender la política que no resulta especialmente democrática. Para ser republicano no alcanza con bajar al llano, hay que lidiar democráticamente con él.