N° 1825 - 23 al 29 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl círculo es la perfección. La pelota entró perfecta junto al palo del golero. El 16 de julio siempre será un día redondo para los uruguayos: ese día de 1950 se consumó la victoria contra el local Brasil por 2 a 1. El Maracanazo, nuestro segundo Mundial. No hay mayor gloria futbolística en nuestro país futbolero. Y es difícil equipararla a otra gloria deportiva, a cualquiera. Porque eran once contra 200.000. Y no es exageración. Pues bien: el único jugador que estaba vivo de aquella victoria épica, precisamente el hombre que había dado el pase del empate y que había hecho el segundo y definitivo gol en el minuto 79, Alcides Edgardo Ghiggia, murió un perfecto 16 de julio, exactamente cuando se cumplía el 65º aniversario del título. Tenía 88 años, una edad redonda, también perfecta.
Ghiggia inauguró la hazaña del puntero derecho como artífice de los grandes triunfos. El puntero pegado a la raya. Un puntero, puntero. El siete en la espalda, como Garrincha en 1958 y 1962 y como Jairzinho en 1970, dos punteros también mundialistas que retomaron la antorcha del uruguayo y vengaron la afrenta brasileña de perder en su casa.
“Tirámela larga, que yo me voy en velocidad”, le dijo Ghiggia a Julio Pérez. Y así fue: pelota larga, perfecta, atrás quedó el defensa Bigode, que no lo pudo agarrar en toda la tarde; Ghiggia se fue por la punta, entró al área grande, parecía que iba a tirar un centro pero sacó un zapatazo rastrero que se metió en el palo izquierdo de Barbosa. Bomba atómica de silencio en Maracaná. Gases lacrimógenos al por mayor. Todo un país gaseado. Se abrazan un puñado de tipos con la camiseta celeste. Algo similar debe haber ocurrido en 1936 cuando el atleta negro Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro en las Olimpíadas de Berlín ante la mirada atónita del Führer, la de horror de los competidores alemanes que llegaron después y la de todo un estadio y una nación que no se lo esperaban. Primer plano para la cara de culo de Hitler, para la cara de culo de Jules Rimet al entregar la copa al capitán Obdulio Varela y para la cara de culo del prefeito de Río, Angelo Mendes de Moraes, que dio de antemano a los brasileños como campeones a través de los 254 altavoces del estadio.
Ghiggia comenzó su carrera futbolística en Sud América, se afianzó en Peñarol, alcanzó la gloria con la selección uruguaya, pasó por la Roma y el Milan y terminó en Danubio en 1968, con más de 40 años. El Maracanazo fue compensado primero con unos sanguchitos —así de escueto fue el festejo después del partido, tal cual se relata en el documental Maracaná, la película, de Bednarik y Varela— y luego por el gobierno con un empleo público: vigilante de casinos, para que nadie haga trampas en la ruleta y en las cartas.
Mantenía un perfil bajo, vivía en Las Piedras y nunca estaba cómodo relatando la hazaña del 50. Es un incordio que te pidan una y otra vez que repitas lo mismo. Y más siendo el único sobreviviente de semejante batalla. Ahora el mito está en el aire, no tiene portavoz.
Así son las cosas. El 16 de julio es un día perfecto, el Ghiggia Patrio. Ese día, por decreto, todos los niños que nazcan se llamarán Alcides. Y se venderá alcohol después de las doce. Es más: lo juntaremos con el 18 —el 17 es sánguche— y festejaremos tres días.
Actualmente, el fútbol uruguayo está lejos de alcanzar un tercer título mundial. Pero ya tuvimos lo nuestro: contra Argentina en casa y contra Brasil en Maracaná. Lo lamento pero es así: en una final mundial, esos cuadritos no nos ganan.