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    Gnomo tartamudo

    El idioma de la fragilidad, o Despouey por Domínguez

    Un buen día el periodista y crítico de cine Hugo Rocha (1917-2014) tuvo la feliz idea de confiarle a Carlos María Domínguez los manuscritos de un íntimo amigo suyo muerto 30 años antes, de quien Rocha era, además de amigo, admirador y discípulo en el oficio de crítico cinematográfico. Ese hombre era René Arturo Despouey, había nacido en Montevideo en 1909 y muerto en Jaén, España, en 1982. Despouey comenzó a escribir la narración de sus andanzas montevideanas y europeas y de esa obra inacabada que se llamaría Quijote 44 les llegaron, primero a Rocha y por él luego a Domínguez, las dos primeras partes: Zafarrancho de combate, que relata la travesía en barco hacia Londres bajo la amenaza de los submarinos alemanes y La larga noche de Londres, capítulo inconcluso que relata su experiencia en esa ciudad. Con semejante material Domínguez escribió El idioma de la fragilidad (Tusquets, 2017), un magnífico relato que al estilo de las cajas chinas o de las muñecas rusas, contiene otro adentro suyo.

    Despouey fue un personaje transgresor del Montevideo de los años 30, a la usanza de Roberto de las Carreras y de Oscar Wilde. Su amigo Hugo Rocha lo describe así: “Alto, enhiesto, ataviado a la manera de un dandy londinense con polainas y guantes color patito, bastón, chaleco solapado, saco ribeteado muy ajustado al cuerpo, sobretodo con cuello de piel o terciopelo y sombrero bombín”. Así circulaba por la calle y así concurría a todos los estrenos de cine y teatro. El mundo de estas salas era su mundo, porque Despouey fue en aquel Montevideo el astro de la crítica cinematográfica y teatral.

    El oficio de crítico de cine había sido inaugurado por estos lares a fines de los años 20 por José María Podestá, pero será Despouey a partir de mediados de los 30 quien dejará una huella profunda en sus seguidores por ser el primero en manejar al unísono en sus notas una extraordinaria cultura general, una sólida fundamentación de sus comentarios y un ingenio y sensibilidad privilegiados. Sus dilectos amigos y discípulos —aunque él negaba su condición de maestro— fueron Hugo Rocha, Homero Alsina Thevenet y Hugo Alfaro. Esto explica la dedicatoria del libro, que puede resultar enigmática: “En memoria de HR, HA, HAT con saludos de RAD”.

    Despouey tuvo una infancia desgraciada. Tenía una cara rara, como de gnomo y era tartamudo. Cuando los montevideanos descubrieron por la prensa su cultura y su talento, llegó a la radio y a los teatros a dar conferencias o a recitar poesía y para vencer la tartamudez ensayaba horas interminables hasta que se aprendía los textos de memoria. Su vestimenta de dandy, sus modales extravagantes y la pronunciación de frases brillantes sacadas de memoria, eran la coraza con la que disimulaba esa discapacidad.

    En 1935 Despouey fue invitado a recitar el Romancero gitano de García Lorca en la audición Cine Actualidad, conducida por Emilio Dominoni en CX42 Tribuna Sonora. Ese encuentro fue la semilla de la fundación de la revista con el mismo nombre del programa radial, que salió a la venta en 1936 y que luego agregara a su contenido notas de radio, teatro, música clásica, jazz y ballet y pasara a llamarse Cine Radio Actualidad, constituyéndose en el primer semanario cultural montevideano. Allí Despouey tenía el timón y junto a él se formaron Alsina Thevenet, Alfaro y Rocha.

    En 1939, invitado por Quijano, pasó a la redacción de Marcha, donde escribió hasta 1942, año en que se fue a Inglaterra. Desde allí y luego desde EE.UU. mandó algunas colaboraciones a Marcha y al diario El País hasta fines de los años 50.

    Vinculado a la colectividad inglesa en Montevideo y admirador de la cultura británica, Despouey logró una beca del Consulado de ese país para estudiar literatura inglesa y zarpó hacia Londres en 1942. Se fue contrariado, porque al decir de Domínguez “siente un profundo desprecio por el provincianismo y el mal gusto nacional” y, recordando a Roberto de las Carreras, “va a Inglaterra a corregir un error geográfico que lo ha hecho nacer lejos de lo que le pertenece por derecho de sensibilidad”. Al poco tiempo abandonó sus estudios literarios y en 1943 entró a trabajar en la BBC como libretista y locutor. Su prestigio en la radio hizo que desde Estados Unidos la NBC lo nombrara corresponsal de guerra y el ejército norteamericano le confiriera el grado de teniente y así, en junio de 1944, Despouey acompañó a los 160.000 soldados que desembarcaron en las playas de Normandía, fue luego uno de los primeros testigos de la liberación de París y del horror del descubrimiento de los campos de concentración. Esta experiencia traumática conmovió su sensibilidad de tal modo que abandonó para siempre la crítica cinematográfica. Volvió al Servicio Latinoamericano de la BBC en Londres, allí conoció a Luz Escalona, la andaluza que será su esposa hasta el final, dictó conferencias en Cambridge y en Oxford y fue elegido como el relator de los 27 episodios de radioteatro dedicados a Don Quijote de la Mancha, emitidos por la BBC para toda Hispanoamérica. Concursó y ganó un cargo como traductor en las Naciones Unidas y fue director de la revista Correo de la Unesco.

    Nos cuenta Domínguez que entre los años 50 y 70 visitó Montevideo varias veces con su esposa, se alojaba en el hotel Victoria Plaza, iba a cenar con sus amigos al restaurante Morini “y arrojaba sus dardos sobre la medianía quejumbrosa del Uruguay, que encontraba cada vez peor”. Se retiró en los 70 y se fue a vivir con su esposa a Jaén, donde murió de una esclerosis múltiple que comenzó atacándole los músculos faciales y la boca dejándolo primero sin habla y por último postrado en una cama.

    El idioma de la fragilidad se sirve en parte de los manuscritos del propio Despouey, que aparece bajo el nombre de Guy Delatour. El relato se inicia en el puerto de Montevideo, cuando Guy se va a Inglaterra. El acontecer de la larga travesía marítima y de los primeros tiempos en Londres se va intercalando con detalles de su vida pasada y presente. No es posible trazar un límite nítido entre las confidencias del propio Despouey a través de Guy Delatour y el relato ficcionado con que Domínguez termina de componer el personaje. Se trata de un todo inextricable que Domínguez sutura con la baquía de un cirujano consumado, envolviendo el conjunto con un lenguaje de gran belleza. Él mismo lo confiesa con estas palabras: “Arturo o Guy es el juego que tengo en las manos: una larga confidencia en la ficción, tan cerca un género del otro, que se sobreimprimen en la letra”.

    Vale la pena conocer a Despouey, el hombre que alumbró la vida cultural montevideana de los 30 y 40. Ese rescate lo cumple Domínguez como antes lo había hecho con similar brillo con Roberto de las Carreras en El bastardo y con Juan Carlos Onetti en La construcción de la noche. Es la oportunidad de acercarse a un personaje uruguayo de novela y a un escritor de primera.