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    Gran música para una gran ciudad

    Tchaikovski por Barenboim, desde Berlín

    Berlin es una aplanadora. Es tanto lo que hay para ver, tanta la historia en cada esquina, tan grandes las distancias que hay que recorrer, que es inevitable terminar abrumado. Esa sensación va disipándose poco a poco cuando se entra a manejar con soltura el sobresaliente transporte público que la ciudad ofrece. Por abajo, por arriba, por el medio y por todos los niveles imaginables fluyen trenes y buses a la hora exacta, que se puede consultar en Internet o en las mismas paradas. Ni un minuto más ni uno menos.

    No se ve gente apurada o estresada por las calles; todo se mueve a un ritmo natural, no veloz pero sí implacable. Es probable que haya ciudades más bonitas, pero la suma de su magnificencia, sus calles arboladas, sus incontables espacios verdes, los ríos que la atraviesan, el respeto privilegiado a los miles de personas que circulan en bicicleta, la multiplicidad de su actividad cultural y la limpieza de las calles y espacios públicos, les dan a Berlin una personalidad diferente y de indiscutible atractivo. La cantidad de obras de construcción y de mantenimiento que brotan por todas partes por momentos perturban ese atractivo pero al mismo tiempo le confieren un perfil de fuerza y empuje incesantes.

    Entonces es posible asombrarse cuando uno emerge como un topo a la superficie, en la estación de Potsdamer Platz, al ver esa maravilla ultramoderna del Sony Center con un techo autoportante semiesférico de cristal que cobija cines, restaurantes, comercios varios y una enorme fuente central, en un entorno donde no falta el verde de las palmeras. Cuando sale afuera, a la calle, de un lado puede verse el edificio de la Nueva Biblioteca Nacional; enfrente de esta, con una escultura de Henry Moore en su explanada de acceso, la Neue National Galerie con pinturas de los siglos XIX y XX (lamentablemente cerrada por reformas); un poco más atrás la Gemalde Galerie, con pinturas de los siglos XIII al XVIII, y a pocos metros de allí las salas de música sinfónica y de cámara de la Filarmonica de Berlin. Casi nada.

    El hall de acceso a la Filarmónica es una enorme superficie donde conviven en el mismo nivel de planta baja las boleterías, los guardarropas, una librería y disquería, servicios higiénicos y dos barras donde se pueden adquirir bebidas, una en el mismo hall y otra en el precioso jardín que hay al fondo. Varias mesas altas de apoyo permiten a los espectadores arrimarse con sus copas. La sala de conciertos es circular, por lo que el escenario está rodeado de plateas a diferentes niveles. Las escaleras de acceso están diseñadas con varios descansos cada pocos escalones; se suben sin esfuerzo. Pisos, paredes y respaldos de los asientos de la sala son todos de madera. Cuelgan del techo unos paneles blancos que seguro contribuyen a la perfección acústica, que habrá de disfrutarse en minutos.

    Daniel Barenboim sube al escenario a las 20 en punto. El público lo recibe con un largo aplauso que delata el muy bien ganado prestigio que este argentino se ha forjado en Berlín. La primera obra del programa es Teufel amor, de Jorg Widmann (Alemania 1973), un pastiche de 30 minutos de duracion, a medio camino entre tonal y atonal, en el que el autor se muestra afecto a disonancias extremas, ritmos percusivos complejos y más proclive a subrayar los efectos sonoros que a desarrollar una línea melódica o una estructura armónica. Así las cosas, la obra es más efectista que conmovedora. Unas fugaces reminiscencias rítmicas de Stravinsky o un brevísimo aire vienés mahleriano, no logran modificar el todo, que se trata de una suma de contrastes y efectos que no pasarán a la historia. De extrema dificultad para la orquesta, fue expuesta de forma limpia y transparente bajo la precisa batuta de Barenboim. Ni aun con una lectura de esta prolijidad la obra llega a convencer.

    Le siguió la Sinfonía Nº 6 Patética de Tchaikovski, que fue un vehículo ideal para apreciar en su real dimensión la estatura musical de Barenboim. Al igual que en sus master clases de piano sobre las sonatas de Beethoven, difundidas a veces por el canal Film And Arts y conseguibles en DVD, Barenboim se muestra como un analista profundo de la partitura que tiene enfrente. Un aspecto en el que tanto insiste, que es la pulsación diferente de los distintos dedos que forman un acorde en el piano para destacar una u otra nota, se transforma aquí en un exquisito balance dinámico de los sectores de la orquesta. Hay además un minucioso trabajo de fraseo que hace disfrutable cada mínima inflexión. Como ocurre con las grandes orquestas locatarias, cada programa se repite varías veces.

    Este concierto fue la sexta vez en que se interpretaron las obras. Esto obviamente no es un demérito para la orquesta y su conductor. Por el contrario, asegurados los aspectos técnicos con los ensayos, la profesionalidad de los músicos y la jerarquía de su director, la reiteración del programa solo puede agregar maduración, búsqueda de matices y una mayor libertad interpretativa para todos los involucrados. Y eso fue lo que nos dejó esta estupenda versión de la célebre sinfonía de Tchaikovski.