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    Gritando desde el muro

    Cuando era joven hice una recopilación de grafitis de los baños. Hubo toda una tendencia en esos tiempos. El poeta Julio Inverso, mi amigo muerto, hacía con crayola geniales grafitis que firmaba “Brigada Tristán Tzara” o “La Torre Maladetta”. Eduardo Roland compiló una muy creativa seguidilla de poesía callejera titulada Contra cualquier muro. La talentosa Pepi Gonçálvez, munida de un aerosol, pintó infinidad de caritas con sombreros: un personaje llamado Polizonte que cambiaba de estado de ánimo.

    (En este momento me siento una Gardel cualquiera: Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida, de aquellos tiempooooos…).

    En todos estos años no he dejado de mirar con avidez los muros. Hay una profesionalización del grafiti; ahora muchos son verdaderos muralistas.

    Sé por mi hija de 20 años que los fanzines atacan con fruición a las brigadas profesionales contratadas por intendencias o por marcas.

    Yo busco poesía callejera. Durante mucho tiempo cada vez que pasaba por Eduardo Acevedo y Maldonado me quedaba extasiada leyendo Soy sapo de otro pozo y pozo en sapo ajeno. Hace poco pasé y no lo vi más: pintaron la casa. Pero luego lo escuché citado en un poema de Luis Bravo y lo vi en una bella postal para turistas.

    Con horror, cada vez que cruzo frente al extraño edificio de la esquina de Guayabos y Emilio Frugoni —una maravilla con un poliedro como cúpula y una blanca musa de mármol desnuda, arrodillada en el pallier— encuentro que la parte inferior de su fachada está siempre escupida de las más estúpidas expresiones: insultos futboleros, poesía barata con faltas de ortografía, nombres sueltos, enchastres varios. Ni una frase inteligente.

    El fútbol y la política vienen acaparando nuestros muros. A veces son a brocha gorda, con asfalkote, como la terrible pintada del edificio Art Decó de Martínez Trueba y Maldonado que acababan de reciclar y no pasó una semana sin que le insertaran un “Palermo Cap” gigantesco.

    Y luego está la Avenida Libertador… donde los muros son como un largo corredor blanco con letras tricolores inclinadas hacia el costado derecho: MPP.

    Sin embargo, en mi barrio viejo y querido (y lo digo con propiedad, es tan viejo que mi calle se erige sobre los restos de una muralla), abundan los stencils. Pequeños retratos hechos en base a troqueles con rostros de personajes conocidos. He visto alguno de Frida Kahlo y el otro día vi a Juana de Ibarbourou con la rúbrica Te kiero Juana.

    Hace un tiempo, en pleno estallido nacionalista por Luis Suárez, vi de refilón un stencil con la cara de Suárez de boca abierta, probablemente gritando un gol. Pero, cosa extraña, la boca era un redondel negro. Le faltaban los dientes. Pensé que al hacer el stencil el grafitero se habría pasado de aerosol.

    Ayer descubrí otro igual en la calle Rincón y me detuve: efectivamente, es un Suárez sin dientes. Una alegoría.

    Para quien hizo el stencil Suárez no es un héroe nacional. El grafitero se siente, como yo, sapo en otro pozo y pozo en sapo ajeno.