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    Había una vez…

    Cuando se están por ir a dormir y andan con poco sueño, los nietos lo buscan al abuelo para que les haga algún cuento.

    El abuelo, siempre bien dispuesto, les dice no obstante a menudo que los cuentos que él les hace más que traerles el sueño capaz que se lo quitan, pero ellos insisten, y el abuelo baja los brazos y les hace el gusto.

    —Tata, dijo uno de los niños, contanos uno de aquel guerrero europeo, el conde Danilovich, que peleó contra la tribu de los bárbaros aeroplunas, y le pasaron por arriba y lo hicieron bolsa, y después peleó contra la etnia de los ajufiscales y lo hicieron paté, y después les fue a llevar unas verduras a los jubilados del ducado y lo reventaron a tomatazos, y…

    —Yo ya les tengo dicho que no me gusta hacerles cuentos de violencia, porque después les vienen pesadillas…

    —Tata, dijo otro, mejor hacenos los del superhéroe Pepemán, aquel veterano que andaba vestido con harapos y cuando tenía una misión heroica para cumplir se cambiaba en una cabina de cajero automático y salía con la malla ajustada y la capa, y volaba para salvar a los de la imprenta fundida, y a los de la curtiembre que había quebrado, y les llevaba millones de dólares a los de una aerolínea que se estaba quedando sin pasajeros, sin gasolina y sin aviones, y…

    —¡No! –dijo otro de los pequeños— ¡Queremos los cuentos de la bruja Marita y su MEC—escoba mágica, con la que barría a escobazos a los que le iban a cambiar el ADN de la educación, y los insultaba y les decía resentidos sociales y maestritos de escuela, y se armaba flor de relajo pero ella imperturbable, y…

    —¡Paren! –dijo el mayorcito de los peques, ¡que Tata nos cuente los del cacique Tabaré y sus hazañas! ¡Con esos cuentos fue que nos dormimos la última vez!

    Y todos estuvieron de acuerdo, hasta el propio abuelo.

    —El cacique Tabaré es un indio manso y reflexivo, como ustedes saben –arrancó el anciano. Él no se calienta por nada, sabe, y le gusta, ganar, se banca empatar, y muy pocas veces le toca perder, como aquella que recordarán que les conté el año pasado, cuando decretó la esencialidad de la educación de los indiecitos, y cuando se aprestaba a aplicarla…

    —¡Pah! ¡Ese está salado! –dijo uno de los pequeños, recordando vivamente aquella lejana epopeya frustrada del valeroso cacique indígena.

    —Bueno— prosiguió el abuelo— pero ahora el cacique está pasando unos momentos de calma y satisfacción. Después de los dolores de cabeza que le dio el inimputable del subjefe de la tribu, el indio Licendic, sumado a los disgustos de tener que aumentar los impuestos que él mismo había prometido que no iban a aumentar, le vinieron de golpe unas maduras, que le compensan las duras temporadas de las verdes. Ustedes se acordarán que el cacique había prohibido hace tiempo que en su territorio se fumara la pipa de la paz, con tabaco o con cualquier otra hierba que no fuera la marihuana, un pastito terrible que él, seguramente contra su voluntad y su convicción dice que es inofensivo, a tal punto que pronto lo venderán en las tiendas de los hechiceros, pero que yo les aseguro que es muy dañino y hace mal a la salud. En realidad, el cacique se ha tenido que fumar este negocio de la marihuana porque lo heredó de su predecesor, un cacique viejo y bandido, que lo embretó con el tema de esta plantita. Pero, como sea, en el territorio del cacique, el tabaco es mala palabra. Resulta que los que le venden tabaco a esta tribu, desde otros países, le iniciaron un juicio al territorio del cacique, y hace unos días, el cacique se enteró que los vendedores de tabaco habían perdido el juicio en unos importantes tribunales, y el cacique quedó re contento con el fallo.

    Cuando todavía brindaba con chicha y limonada con sus colaboradores festejando este espectacular triunfo, le aparecen al cacique en la tribu unos enviados de unas empresas picadoras de troncos y moledoras de papel de lejanas tierras, que ya tienen una moledora gigante en el territorio del cacique, con la noticia de que quieren instalar otra moledora más grande todavía. Encima le dicen que en esa instalación van a invertir 4.000 millones de dólares, pero con una condición: que la tribu del cacique invierta 1.000 millones en arreglarles los caminos por los que las carretas transportan los troncos a la moledora, porque así como están no se puede. Los carros se empantanan en el barro, quiebran los ejes con las zanjas y los pozos, y si no se hacen esos arreglos, los 4.000 millones de los extranjeros no serán invertidos.

    El cacique Tabaré reunió al consejo superior de la tribu, y, tras los festejos del caso, se comprometió a que las obras de caminería empezaran de inmediato.

    Los indios de la tribu se pusieron a trabajar. Pero al año, cuando los de la moledora vinieron a ver cómo iban las obras, se encontraron con que había habido dos paros organizados por la tribu de los pisenetés, que habían demorado los trabajos durante tres meses. A eso se habían sumado un tornado y tres inundaciones, y se habían prorrogado los plazos por un año más. Al año siguiente, las obras seguían incompletas porque había habido un robo de maquinaria de caminería, aún no aclarado por las autoridades, que buscaban a los responsables para someterlos a la Justicia. Tras otro año más de retrasos, los extranjeros comprobaron que las obras ahora estaban retrasadas porque había habido piquetes de los indios emepepés, que habían detenido los trabajos alegando que las obras eran una entrega de soberanía a los capitalistas extranjeros que venían a desangrar a la pobre tribu.

    Al año siguiente… prosiguió el abuelo, pero dirigió la vista hacia las camitas, y pudo comprobar que su objetivo se había cumplido plenamente.

    Los niños dormían plácidamente.

    Y, como otras veces, se dijo para sus adentros: ya vendrán cuentos mejores…