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Me gusta leer opiniones, documentos y estudios que hablan de lo porquería que somos como sociedad, y cómo nos hemos degradado hasta transformarnos en esta comunidad generadora de individuos disociados que sólo piensan en sí mismos y son causa y efecto del deterioro social. El otro día leí una que me encantó, hablaba de “anomia social”.
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¿Qué es la anomia social sin la parte de los adornos técnicos? Más o menos significa que el tipo está de vivo y no hay cristo que lo meta para adentro de la sociedad y su espíritu colectivo, piensa en lo de él y de ahí no lo sacás; es como que el sistema no lo convence mucho y entonces prefiere mantenerse del lado de afuera cumpliendo algunas reglas pero por arribita, sin mucho compromiso, y por más que lo empujemos como sociedad para involucrarlo, para meterlo, no entra ni loco; donde lo apures, prefiere meterse en un shopping un sábado de vacaciones de julio que entrar al sistema con las responsabilidades que trae.
Lo que dicen los sociólogos es que este tipo de conductas están ligadas a una manera de encarar la vida desde la visión del éxito individual (qué asco que me dan los que buscan el éxito individual, ¿por qué no fracasan igual que todos nosotros y se dejan de joder, eh?). Para otros teóricos —tan poco confiables como los sociólogos— la anomia social está vinculada a toda la degradación de valores de antaño, la falta de compromiso y conciencia del esfuerzo, las normas difusas del Estado, desde la secularización en adelante, digamos.
Para mí esa discusión es inútil, como de costumbre. Lo que se ve es un mismo síntoma en el que progres y conservadores estarán de acuerdo: se ha perdido la fuerza de la presión social. Tanto joder con el “que no te importe el quedirán”, que al final a la gente no le importa más el quedirán y se comporta con naturalidad, con soltura, a sus anchas, y todos sabemos que la gente naturalmente es una mierda. Si no siente la presión de la sociedad sobre sus hombros, la gente se comporta como lo que verdaderamente es: una porquería.
Hay que revertir los efectos y volver a ejercer la presión social, entonces. Eso, en primera instancia, se hace penalizando socialmente, pero no de manera tradicional, eso no funciona, ya lo sabemos. Se necesita más y mejor penalización social: viejas a las que se les da una mamporra y se las habilite a usarla con todos los niños o muchachotes que ellas piensen están haciendo algo fuera de lugar. El resultado, no tengo ni que decirlo, es que la vieja va a repartir palos a troche y moche, le va a dar casi a todo lo que se mueva, y a la larga, en algún momento, va a volver la presión social. ¡Tolerancia cero y pistolas táser con gatillo fácil para las viejas! Mejor que la cachiporra: una pistola táser para que la vieja le de un choquecito eléctrico cuando ella considere que alguien se salió de las reglas sociales. En un par de años, más tardar, la gente va a empezar a sentir la presión social de nuevo —al principio la sentirá en forma de cosquilleo eléctrico corporal pero después eso se instala en la psique, van a ver—, y se va a empezar a comportar de manera educada, sin molestar al de al lado y colaborando con todo lo que se necesite.
Un ejército de viejas que devuelva la presión social que perdimos. La gente no se va a animar ni a tirarse un pedo en el ascensor (aunque no crean hay gente que hace eso, ¿por qué? Porque no siente la presión social, por eso hay que hacerla sentir de nuevo).