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Hay hombres que no diferencian a su mujer de un amigo. Es casi una patología. El tipo le cuenta las mismas cosas a su mujer que a sus amigos hombres, y en una actitud repudiable, también comparte historias o situaciones de sus amigos como si ella fuera un amigo más que faltó a la reunión.
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No es que haya que mantener un mundo secreto, a escondidas de la mujer, es que hay cosas que ella no entiende porque responden a conductas estrictamente masculinas, ajenas a su orden cognitivo. La realidad de los varones entre varones no se parece a ninguna otra, el varón cuando no hay mujeres tiene una conducta diferente, mucho más parecida a la de un simio que a la de un individuo socializado. El mundo masculino está lleno de reglas no escritas de comportamiento que la mujer desconoce, y la mujer, como casi cualquier bicho, piensa que la realidad es como ella se la imagina.
El daño provocado por ese trasiego de información entre dos mundos que no deberían tocarse es fatal e irreversible. Quien no logre discernir entre su esposa y un amigo debe ser apartado del grupo, y —por qué no— de la sociedad. Es fácil de identificar, es el que viene con pensamientos femeninos metidos en la cabeza desde su casa y los saca a relucir sin pudor: “Este bar es medio decadente, ¿no les parece? Las mesas están sucias, además no hace bien comer tanta minuta… ¿Por qué no vamos al de comida étnica que hay acá a la vuelta? Tiene recetas del África subsahariana, diseño musical y de iluminación”. Ahí está el espíritu de una mujer hablando a través del cuerpo de un hombre.
El error se paga doble: genera un problema con los amigos por el desfase y el tráfico informativo (con el riesgo de que la mujer haga partícipe a otra mujer, provocando el efecto bola de nieve), y tarde o temprano también golpea en la pareja. Supongamos que un día el hombre-no-distingo-amigo-de-mujer vuelve caliente del fúbol 5 con uno que faltó y por su culpa hubo que jugar 5 contra 4, le plantea la frustrante situación a su mujer, y recibe como respuesta: “No es para tanto, capaz que le surgió algo más importante”. ¿Cómo explicarle que dejar a un grupo de hombres con número impar en una cancha de fúbol 5 es una falta similar a la de un soldado que se va a visitar una novia de rasgos orientales mientras los compañeros luchan por su vida en Saigón? Ella no sabe que el tipo esperó toda la semana ese momento (algunos se visten con el equipo entero de fubolista: botines, camiseta de fúbol italiano, medias, canilleras, vincha para el pelo, cintita en la nariz para respirar, etc., es un poco triste, las frustraciones del hombre uruguayo emanan con claridad en el fúbol, deténganse dos minutos a observar un partido de fúbol 5 y verán un espectáculo desolador), y ante esa carga de expectativas, se cae todo por alguien que faltó al compromiso. A la mujer le parece un percance menor: “lo que pueden hacer la próxima es que uno juegue un rato en un equipo y otro rato en otro, para emparejar”. La negación del deporte. ¡¿Cómo va a jugar un rato con uno y después con otro?! ¿Cuando le pego una patada estoy lastimando a mi futuro compañero? Lo que tenemos que hacer la próxima vez es ir con antorchas y palos hasta la casa del traidor y darle su merecido. “Júntense a hacer otra actividad que no sea jugar al fútbol así no tienen problema”. Si dice eso es porque está con ganas de pelear, y el que haya llegado hasta ahí, se merece el resultado obtenido.
Que quede claro: no está mal que las mujeres no entiendan los recovecos del funcionamiento masculino (es lógico), el problema es que opinen. Pero lo verdaderamente deplorable es que haya hombres que le abran la puerta a ese sinsentido.