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Hace un tiempo leí un estudio/encuesta sobre los jóvenes de Iberoamérica. Entre ellos estaban los uruguayos, quienes resultaron ser los más optimistas con respecto al futuro: dos de cada tres jóvenes uruguayos creen que dentro de cinco años estará mejor que ahora (la pregunta sería: ¿ingenuidad pueblerina o simple estupidez?).
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Tiene cierta lógica, los jóvenes se creen la gran cosa en período de formación. Les han hecho creer que tienen potencial, como método tramposo de estímulo instantáneo; les han dicho que podrán llevar acabo sus deseos y cumplir sus expectativas porque los jóvenes son todopoderosos. ¡Ja! Los espero acá, al calor del fogón en el que arden las expectativas sobre uno mismo que supimos tener en la juventud. Con el paso del tiempo, vamos quemando de a una las expectativas personales (el 90% de ellas infundadas) inducidas por una sociedad que les miente a los jóvenes para que se levanten del sillón y hagan algo. Les dice que son el futuro brillante y les hace creer en su propia fuerza juvenil, en parte porque es la manera en que la especie se miente a sí misma: estamos biológicamente diseñados para alimentar el engaño de las expectativas y el potencial; al mentirle al joven también nos estamos mintiendo un poco a nosotros. Entonces le hacemos creer al hijo del vecino que si estudia responsablemente va a poder ser un neurocirujano de elite, cuando en realidad cualquiera puede apreciar que siendo un muchacho incapaz de cortar un melón con mínima pericia, es imposible que logre alguna vez en su vida que alguien le deje SU melón a disposición para que se lo arregle.
¿Por qué tantas figuras —políticas, religiosas, del arte, de la tele— apelan al joven y lo arengan con expectativas mentirosas? Porque es la más fácil de las presas. El discurso agita-jóvenes es tan simple y burdo como el discurso agita-viejas (¡no se puede ni salir a la calle, doña! ¡No hay respeto! ¡Están todos drogados!). Cualquiera sabe que el joven es lo más sencillo de aglutinar y manijear que hay, y después funciona solito, como un incondicional con batería inagotable. Se le dice que el mundo es injusto y por eso hay que cambiarlo y ponerlo en sus manos (mentira, el mundo en las manos de los jóvenes sería un caos, porque no entienden un ñongo de la vida, se piensan que son inmortales y que con la voluntad alcanza para solucionar cualquier problema), se le dice que todo es posible (mentira, si hay una verdad conocida por los adultos es que “todo es imposible”, casi lo opuesto al infantil “todo es posible”), se le dice que él es muy importante como joven (verdad parcial, es importante en cuanto a número estadístico, no en cuanto a individuo) y que está haciendo Historia (terrible verso, si los jóvenes hicieran historia cada vez que les dicen que están haciendo historia los libros dentro de 100 años serían ilegibles; cada año hay unas 500 o 600 ocasiones históricas según les mienten a los jóvenes), se lo junta con muchos otros —le encantan las aglomeraciones al joven, es loco por sentirse parte de algo multitudinario— y se le pasa la mano por el lomo alabando su juventud como si eso fuera un valor en sí mismo. Un par de manijazos y están prontos para comerse cualquier comida y romperse la crisma en su nombre.
Eso son los jóvenes, la cosa más manipulable en la faz de la Tierra. Tienen la fe nuevita, sin usar prácticamente, a estrenar, y están deseosos de ponerla en práctica con el exagerado entusiasmo que los caracteriza.