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Me gusta la idea de volver al conflicto con Laaargentina, y volver a La Haya si fuera necesario. Estamos en mejores condiciones que la última vez. Nos agarra más maduros, con 15 copa-américas y 3 o 4 plantas de celulosa proyectadas para nuestro país productivo del futuro, programas de chimentos propios, banda ancha y niños que saben googlear, una nueva aerolínea de bandera cooperativista y con las rueditas en la tierra, un presidente convertido en una estrella de rock a punto de protagonizar un documental para Kusturica, adorado por otras estrellas como Sean Penn, Ricky Martin, y el cantante de Aerosmith que parece una señora paqueta con indicios de alcoholismo, ellos nos avalan como país (es cierto que poca idea puede tener del mundo esta gente a la que le pagan millones por tocar la guitarra y drogarse, o actuar y drogarse, o cantar canciones compuestas por otros y drogarse; pero ellos nos aprueban, y nosotros como uruguayos respetamos mucho a los seres humanos que nos aprueban, aunque sean artistas). Tenemos otro presidente esperando para entrar (él ya se siente y se conduce como presidente), relojeando encuestas, que volvería al poder —si el Sordo y Botinelli quieren— en lo que se conoce como “La edad de oro oriental”: los 78 años, cuando el uruguayo saca lo mejor de sí, llega a su plenitud como ciudadano y es más representativo de la media poblacional, nada que ver con aquel jovencito prepotente y asustadizo que salió disparado a llamar a Bush para calmar el julepe cuando se sentaron cinco viejas en el puente de Fray Bentos.
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A todos nos sirve este conflicto, admitámoslo. Nos permite retornar a la mejor de nuestras versiones, la más representativa y genuina, quizás hasta la propia motivación de vida en algunos casos. Sin ir más lejos, los asambleístas vuelven a tener una razón de existencia, algo que es dudoso sin este conflicto de por medio. ¿Qué estuvieron haciendo estos años, además de avisar cuando ven una mancha en el río o denunciar que el olor a coliflor hervido les quema las narinas? Es mucho mejor creer que uno va a morir apestado por la contaminación de una multinacional y gritarlo en los informativos, en la tapa de los diarios, y cadenas internacionales, que agonizar en la saludable vida diaria de Gualeguaychú. La gente es loca por sentirse importante, y en Gualeguaychú no hay muchas posibilidades para eso, a menos que vuelva la crisis binacional. Por su parte, Laaargentina como país podrá ubicarse del lado de los que piden el respeto a los estatutos y contratos, algo que no es habitual en ellos, casi siempre quedan del lado opuesto; además de darse el gusto de chocar con un país o entidad al que puedan someter y llevar de pesado. Vienen de dos o tres revolcones de los dolorosos, feos, les va a hacer bien volver a sentirse el macho alfa de la contienda.
Finalmente, los uruguayos podemos retornar al lugar más cómodo y seguro de nuestra idiosincrasia: el chauvinismo anti-argentino. Es algo que nos sale muy bien y no nos cuesta trabajo ninguno (todo lo que no nos cueste trabajo es beneficioso para nuestra identidad), nos mantiene unidos, nos reconcilia con nosotros mismos y nos anestesia esa parte horrible de los colectivos llamada autocrítica. No nos hace realmente mejores pero sí nos hace parecer mejores ante nuestra propia mirada, y eso es casi como mejorar, lo más parecido a mejorar que somos capaces de conseguir como sociedad.