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    Haciendo boca

    Más allá de que el presidente ucraniano lo mire de pesado, en este momento Vladimir Putin es el Macho Alfa del mundo, no tengo dudas. Todos le tienen miedo, en parte por su condición de ruso, en parte por su condición de petiso (ya sabemos que al petiso mayormente se le da por conquistar Europa, basta citar un Napoleón o un Hitler), y en parte porque está loco y se nota. Cuando digo “todos le tienen miedo” me refiero a Occidente, no hablo de los chinos, que son insondables, ni de los musulmanes, que están en otra dimensión, no conocen el miedo por la sencilla razón de que el miedo no llegó todavía a esa vida en plena Edad Media que han decidido vivir y no es cuestionable porque cada cultura vive con los valores de la época que más le guste.

    Putin es de los de antes: un ex agente de la KGB al que no le pesa la opinión pública, no le importa lo que digan las redes sociales, encarcela a quienes le caen mal, y se agenció un gobierno eterno en Rusia mediante el enroque presidencial con Medvedev. El sistema electoral es más o menos como el que querían armar los Kirchner y se les frustró por la lesión rebelde de Néstor. Digamos que Medvedev es la Cristina de Putin, con todo lo que eso implica —incluyendo despertarlo por las mañanas y hacerle las tostadas—. Si hay un trabajo que no me gustaría tener en este mundo es ser el encargado de ir a despertar a Putin, estoy seguro de que Putin es de los que se despiertan tirando piñazos, o te amenaza de muerte ni bien abre los ojos.

    Cuando Putin se anexó Crimea, bajo la estrategia geopolítica conocida como “el gato es mío y me lo anexo cuando quiero”, o —visto desde una óptica menos imperialista— cuando Crimea se autoanexó a Rusia por voluntad propia de sus habitantes expresada durante un plebiscito popular transparente organizado en una semana, con las tropas rusas adentro, y con un resultado de 97% de los votos a favor de la anexión que no levanta sospecha ninguna; todo lo que hizo Occidente fue suspender a Rusia del G8. Algo tan estúpido que ni siquiera se podía sostener desde lo nominal: ni bien suspendieron a Rusia del G8, se dieron cuenta que el que se reunió fue el G7, dada la ausencia de Rusia. ¿Cómo se explica que el G7 echó a Rusia del G8? Se podrá argumentar que Crimea era un caso especial, un territorio que teóricamente era de los ucranianos pero todos sabíamos que en la práctica es de los rusos, y en definitiva lo de Putin fue como el padre que entra al cuarto del hijo: bueno, sí hijo, todos hacemos de cuenta que esta parte de la casa es de tu propiedad pero en realidad yo entro cuando quiero y te lo confisco al instante, tu cuarto también es mío.

    Pero el problema no es Crimea, el problema es: ¿y dónde está Europa? Ucrania se metió en este lío por querer entrar a Europa (cuando todos sabemos que en los países de esa zona la consigna es: “Europa o Rusia, y mejor que elijas Rusia”), voltearon a un presidente proruso que venía haciéndose el gil desoyendo el plebiscito a favor de entrar a la UE (o sea que eligieron Europa en lugar de Rusia dos veces, la segunda de manera explícita y a los balazos), y ahora aguantan como pueden los embates de Rusia, mientras Europa se hace bien la pelotuda. Qué traumada y achicadita quedó Europa después de la guerra, ¿no? Ojo, igual ya eran bastante cagoncitos de antes, por algo los musulmanes cuando quisieron —y lograron juntarse— se quedaron con media Europa sin transpirar el turbante. No es nuevo esto de que Europa arruga con todos, pero después de la última Guerra Mundial quedaron peor. Ahora, mientras ignoran olímpicamente a Ucrania, con un ojo miran a Putin esperando que no les corte el gas durante el invierno, y con el otro a Obama para que entre en acción y le pare el carro.

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