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Los argentinos van a votar como presidente a Daniel Scioli. El futuro presidente de Argentina es como el Gustavo Trelles de allá. ¿Escalofriante, no? Con un punto importante a favor del nuestro: si bien salía campeón de una categoría de dudoso prestigio, cuyo nombre dejaba un poco al descubierto la insignificancia (cualquiera se da cuenta de que el Grupo N es algo inexistente, de hecho NN quiere decir desconocido, y n en matemáticas puede ser cualquier número natural, o sea: ninguno), y al igual que Scioli jamás salió en los resúmenes deportivos de las cadenas internacionales, a pesar de ser campeones en disciplinas que extrañamente tenían otros campeones que sí aparecían; a nuestro Gustavo al menos no se le dio vuelta el auto, se incendió y quedó bronceado para el resto de sus días. Aunque Trelles también muestra un tostado permanente, no tiene un color de piel conocido en el mundo de los dermatólogos como “franfruter que se pudrió en la heladera y ya nadie se anima a entrarle”. Y, permítanme ir un paso más allá, si ese color es sospechoso en un franfruter, tanto más lo será en un ser humano, y ni qué decirlo en un presidente.
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A favor, Scioli tiene una cocarda innegable: es el vicepresidente más normal que ha tenido Argentina en los últimos 40 años. Los argentinos son tan intensos, y tan propensos a la notoriedad, que ni siquiera logran tener un vicepresidente que pase desapercibido. Es el puesto más gris de las democracias, nadie se acuerda de los vicepresidentes, salvo que sean argentinos: de Isabelita —y contándola— para acá, van algunos nombres: Duhalde, que renunció enseguida para armar su propio núcleo de poder y fagocitarse a Menem; Chacho Álvarez: otra renuncia, pero este no duró ni un año y le descalabró la pata frepasista (ex peronista) al gobierno de la Alianza que pasó a ser Radical y ya sabemos cómo terminan las presidencias Radicales en Argentina (las voltean los peronistas); Cobos: tuvo su noche de “tranquilos que yo agarro la historia por las guampas”, votó en contra del Ejecutivo en el Parlamento, y pasó en un freezer el resto del ciclo; y el último fue Boudou, un rockero que se paseaba por los tribunales —como imputado— en su Harley Davison y entraba haciendo la V de la victoria como si fuera el Mandela de Puerto Maderos, y también terminó sus días en un freezer, el mismo en el que Cristina había puesto a Cobos. En ese sentido Scioli es un destacado, otra vez sale triunfador de una categoría sin muchas luces. Durante su vicepresidencia y como gobernador de la Provincia de Buenos Aires demostró que tiene un corazón de teflón envuelto en amianto, resiste el calor a temperaturas insólitas y el frío congelante por igual. Es como un faquir de la política, aguanta todo, hay gente que asegura que la parte más sanguínea y viva que tiene es el brazo ortopédico.
Es evidente que los argentinos no creen en las alarmas de la nomenclatura. ¿Cómo se llamaba la lancha de Scioli? La Gran Argentina. ¿Y cómo terminó bajo el timón de Scioli? Prendida fuego. Eso es lo que probablemente veamos en el año 2016. Apróntense, compren maní con chocolate y vayan al baño porque tenemos platea preferencial para ver a Scioli por segunda vez en su vida al mando de una lancha llamada Laaaargentina incendiándose. Si sobrevive, y quiere detentar cierto poder, deberá engullirse a su promotora, como marcan las normas del peronismo. El peronismo es una gran mamushka compuesta, hasta ahora, por una muñeca enorme llamada Cristina, que adentro tiene —porque se lo comió— a Néstor, que se comió a Duhalde, que se comió a Menem, que se comió a Caffiero, que se comió a Isabelita, que se comió a Evita, que se comió a Perón que adentro tiene una muñeca chiquita indivisible de Mussolini.