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    Haciendo boca

    Un día el mundo se transformó oficialmente en un capítulo de Los Simpson. Eso habla muy bien de Los Simpson y bastante mal de la realidad. La biblia humorística en dibujos animados que ha establecido todas las posibles líneas narrativas hacia el absurdo (hay un capítulo de Los Simpson para cada giro del sinsentido universal), creó en un episodio del 2000 un futuro distópico en el que Donald Trump era presidente; 16 años después la realidad, agotada en sí misma, plagió el chiste. Teniendo en cuenta que ambos prodigios (Los Simpson y Donald Trump presidente) tienen como origen la población estadounidense, podemos dar el partido por empatado. Y habiendo saldado la competencia del absurdo, pasemos a la cuestión para la que cada uno de nosotros tiene una explicación, una justificación, o una reflexión que ordene su propio relato interno, y ciertamente todas son válidas, como pasa indefectiblemente en las “Carreras de Opinión”, que es el nombre que debería dárseles a las mal llamadas “Ciencias Sociales y Políticas”, un título engañoso, al borde de la estafa.

    No termino de decidir si el hecho de que un idiota haya llegado a la Casa Blanca es un síntoma de enfermedad terminal o el mayor indicio de salud del sistema electoral y la democracia representativa. Si no recuerdo mal, la base del juego democrático es la idea de que todos podemos llegar a ser presidente, miren esta secuencia: un borracho hijo de presidente, seguido por un negro de Harvard, y ahora un idiota, el próximo podría ser una mujer homosexual o un ex presidiario vegano tatuado hasta el glande. Visto desde esa perspectiva no viene tan mal la cosa. Digámoslo sin atenuantes: Donald Trump es un idiota, redondo e inmenso como la superluna que vimos a comienzo de esta semana (yo la vi desde mi computadora en unas fotos preciosas a la mañana siguiente), un estúpido que apenas puede sobrevivir a una discusión adentro de un estudio de televisión o en las redes morales por Internet. Si no reconocemos eso, los idiotas pasamos a ser nosotros. Trump es un error que el sistema no pudo solucionar, ahí es donde surge la duda: si no pudo porque funciona mal o porque funciona demasiado bien, que al final es lo mismo; es lo que les pasa con el Derecho a los yanquis: es tan eficiente que termina funcionando hasta por el absurdo, por eso las fábricas de veneno le ponen un cartel de “no vacíe este pomo en su boca, no sea nabo, el que avisa no traiciona” para evitar juicios millonarios, y así.

    Pero alguna virtud debe tener Trump, dicen los más comprensivos. Sí, por supuesto, su determinación es un rasgo virtuoso, y cuando uno ya empezaba a sentir la tibieza autocomplaciente por haber vencido sus prejuicios, se da cuenta de que la de Trump es la determinación del idiota. ¿Cómo alguien puede llevar adelante semejante tarea titánica, enfrentándose a todos los estamentos y poderes sin apoyo, y sin cuestionarse ni un segundo la batalla imposible que tiene por delante, por no mencionar las ideas insostenibles que plantea? El idiota no duda nunca porque como no piensa, simplemente se abandona al voluntarismo: promete bajar los impuestos, hacer un muro del tamaño de la muralla china (sin esclavos chinos que lo construyan), traer las fábricas a EEUU de vuelta, hacer America Great Again, y cuando se le pregunta cómo, responde “yo sé cómo, ya van a ver cómo… vótenme y van a ver”, y en ese momento él cree que sabe cómo porque en definitiva supone que el cómo es lo de menos y la cosa pasa por una cuestión de voluntad y en todo caso llegado el momento veremos.

    El momento llegó, por eso Trump tenía esa cara de pánico en su visita a Obama para empezar la transición. No sabe ni por dónde empezar. Se quedó UNA HORA Y MEDIA en la reunión, y después miraba a Obama con cara de “negro, no me dejes solo acá, no te vayas, llamame, en serio, traé a las negras chicas a jugar a la Casa Blanca con Melania cuando quieras, ellas se entienden, venite y hablamos, te respeto mucho”. Estaba paralizado de miedo, comparado con él, el DT de Argentina es William Wallace. Pero se va a recuperar, porque el idiota tiene un carácter superior al resto, y ahí es donde se confirma que o bien Dios no existe o todos los que creen en él deberían admitir de una buena vez que tiene tendencias sádicas, porque hay que ser muy malintencionado para crear un bicho cuya idiotez es directamente proporcional a su fuerza de voluntad. Cuanto más idiota, más entusiasta inquebrantable. No malinterpreten, hay gente brillante con un ímpetu indestructible también, por suerte; pero el idiota trae consigo ese don el 100% de las veces, es parte de su equipamiento estructural, y sus niveles de fortaleza mental y determinación son insuperables. Miren a Maduro si no. ¿Qué hace ahí todavía? Resiste, con la fortaleza psicológica del idiota.

    ¿Cómo pudo ese individuo incomprensible, solo, sin ningún aparato detrás, abandonado por el Partido Republicano, sin asesores, con los medios masivos en campaña unánime en su contra ganar las elecciones? Mi padre me decía siempre: las elecciones no se ganan, las elecciones se pierden. Se refería a las uruguayas, pero ahora sabemos que el axioma tiene validez internacional. Trump obtuvo casi 2 millones de votos menos que Romney en la elección del 2008, y Romney perdió con Obama. Hay que mirar para el lado de los demócratas y la Progresía Bienpensante Hegemónica. Hacia allá iremos apuntando con nuestros prejuicios como cañones, la semana que viene.

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