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    Haciendo boca

    La única constante en Brasil es el exceso. Basta con posar la vista en un planisferio para darse cuenta de que Brasil está condenado al exceso desde su constitución. Y a partir de ahí el rasgo común en todas sus actividades y/o conductas sociales es el mismo y los atraviesa de punta a punta. Las coimas son excesivas porque la clase política y la casta empresarial se abandonaron a los excesos. Las expectativas del país potencia mundial son excesivas. La recesión que vienen acumulando hace una cantidad exagerada de años es excesiva. La alegría brasileña es excesiva, son bulímicos de la alegría: se empachan de felicidad y al rato vomitan toda esa algarabía en un llanto extralimitado o en una catástrofe. La simpatía de sus habitantes es tan alevosamente excesiva que genera la sospecha inmediata. La sensualidad incomoda de excesiva; cuando los brasileros son mayoría —en cualquier lugar—, uno ve tanta piel, roce, desprejuicio y naturalidad en ese comportamiento entre lúdico y lascivo, que le dan ganas de viajar a Musulmania unos días para sentirse a gusto con la pacatería represiva que caracteriza al oriental urbano. El intestino se comporta de forma excesiva ni bien uno pisa Brasil. El carnaval. Las telenovelas. Los climas. El uso de sungas. La caña brasilera. Hasta las bombas brasileras —que seguramente no son brasileras— representan el exceso: son un petardo desmedido y peligroso por su exagerada cantidad de pólvora en un envoltorio rudimentario. Solo se puede alcanzar una aproximación básica a todo ese desorden monumental si lo miramos a través del lente de la desproporción.

    ¿Existe la posibilidad de que haya un exceso de justicia? Si existiera, este sería el caso. La democracia está viva en Brasil, tan viva que escupió a la enana cabezona que estaba atorada en la glotis del sistema trancando hasta la respiración, y ahora se va a tragar a su vice con pinta de viejo cagador como si fuera un resto de maní que le quedó entre las muelas. Pero como Brasil es el país del exceso, se le dio por seguir y se va a fagocitar al sistema entero: el 100% de los políticos de todos los partidos que han llegado a olfatear mínimamente el poder, se los tragó —o se los va a tragar— la figura de la “delación premiada” (al menos le pusieron un nombre más preciso que “testigo arrepentido”, que suena a moralina barata de película doblada al español). En teoría suena bien, Montesquieu estaría contentísimo, orgulloso de la independencia de los poderes bien separaditos como le gustan a él, filosóficamente parece irreprochable, pero en la práctica es un descontrol que solo genera incertidumbre.

    Recapitulemos: el poder político y la liga de superempresarios propulsados por la gracia estatal desde Brasil al mundo, hicieron un desastre inconmensurable: primero se comieron el cuento de que eran un BRIC y le podían hablar de igual a igual a China, se repartieron dos mil millones de dólares en coimas a través de Petrobras, dame esos JJOO y ese Mundial de fúbol que estamos altos del piso, impulsaron a Oderbrecht hacia toda América Latina mediante el uso indiscriminado de poder político y cometas, se timbearon la guita del BNDES que básicamente eran las jubilaciones de los brasileros, total, el brasilero no envejece; si tenemos suerte, mueren casi todos jóvenes, y en el peor de los casos el viejo brasilero no la precisa, si se puede vivir de lo que cae de los árboles acá, vamo a timbear esta guita ahora que a largo plazo tamos todos muertos, como decía Keynes después de la cuarta caipirinha.

    Pero atrás vino Moro y arrasó con la misma furia con la que los otros habían hecho todas sus chanchadas. Se pasaron de rosca los jueces, descabezaron el muñeco, prendieron fuego el Mato Grosso, el sistema entero se consumió como un pino, de abajo hacia arriba con una velocidad vertiginosa, fffsffsfffffff, y todavía vuelan algunas piñas incandescentes y estamos como fascinados con ese espectáculo fulgurante, pero la pregunta es: ¿qué hay después de esto? Digámoslo con claridad: se pasaron de transparencia los brasileros, un exceso de transparencia, están a punto de acceder al mismísimo nirvana de la transparencia que es el vacío absoluto; cuando no quede nadie en el sistema habrán alcanzado una transparencia única, irrepetible e inútil. Y ciertamente a este ritmo no va a quedar nada: ni ministros, ni Cámara de Senadores, ni Cámara de Diputados, ni Cámara Empresarial, ni la cámara de Julio Alonso. Nada. ¿Quién va a manejar ese gigante descabezado? ¿Moro? ¿Pelé? ¿O Globo? A esta altura los dos representantes políticos brasileros más prestigiosos y responsables son el Payaso Tiririca, gran diputado y mejor payaso, y Romario, figura del deporte conocida por su irresponsabilidad, que acostumbraba llegar tarde a las prácticas del Barcelona, sentarse al costado de la cancha y sacudirse la arena de las patas antes de calzarse e incorporarse al entrenamiento empezado. Imaginen el panorama.

    La primera reacción uruguaya, que demuestra la fortaleza inquebrantable de nuestra mente aldeana, es ver este descalabro descomunal como un insumo para nuestra liliputiense realidad política; es como querer estacionar un crucero internacional en la piscina del Neptuno, o aplicar el protocolo de la ONU en una reunión de consorcio de edificio. Este reflejo viene acompañado por la cándida intención de alinear los hechos con el eje que divide perfectamente en dos el mundo; así algunos ven esto como la debacle del execrable populismo latinoamericano de la última década, y otros como el intento de derrocar a los gobiernos populares por parte del poder empresarial-político-mediático que viene por la restauración, o bien consiguen diferenciar grados de corrupción al nivel de los esquimales que ven 86 tipos distintos de blanco. Lamento decepcionarlos: lo único indiscutible de la podredumbre brasilera que sigue saliendo a la superficie a borbotones es su carácter sistémico. La conclusión, con respecto a nuestra actitud, es sencilla: seguimos sin conocer al brasilero (que ni siquiera alcanza a ser un concepto) y no nos interesa conocerlo.