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    Haciendo boca

    Los funcionarios de Ancap (así como en algún momento lo hicieron los bancarios, los de COFE, etc.), defienden a capa y espada el régimen laboral conocido como “la escala del burro“. Dicho reglamento no toma en cuenta, como forma de evaluación de sus empleados, casi ningún otro atributo más que la antigüedad. El objetivo primordial es demostrarle al incauto que la única forma de avanzar en el trabajo es envejecer y asimilarse al sistema mansito, sin ningún afán de superación; porque el afán de superación es mercantilista y neoliberal. Se benefician los que sostienen en el tiempo su presencia, sin importar lo eficientes (¡el eficientismo es otro invento neoliberal!), cumplidores (también conocidos como: alcahuetes y carneros que velan por los intereses del patrón antes que los del compañero), o talentosos (9 de cada 10 son asquerosamente individualistas y se cagan en el otro) que puedan ser.

    ¡Muera la meritocracia! Un invento sajón, occidental y hegemónico, proveniente de la misma matriz de la que han salido gran parte de las podredumbres humanas individualistas. ¡Viva el envejecimiento corporativista!, mucho más latino y de nuestra identidad, mucho más colectivo y ecológico. Uruguay es un país hecho por y para viejos, es un país para envejecer, eso lo sabe cualquiera. Acá la única manera de conseguir objetivos de medio alcance es deteriorarse al calor de un sistema corporativo que lo absorberá y le dictará sus reglas de degradación humana, para luego beneficiarlo cuando compruebe que el individuo se diluyó en el grupo, envejeció, y ya es uno más. Pero beneficios al final hay, no se quejen tampoco, solo debe saber esperar quietito ahí.

    Esta lucha contra la meritocracia es una demostración de poder por parte de uno de los ejércitos de mayor actividad que tiene este país: el ejército del desestímulo. En eso le podemos dar clases al mundo: cómo desestimular al nuevito, al que entra con el candor y las estúpidas ínfulas de hacer cosas, de moverse, de ser eficiente y autónomo. Ahí es cuando el ejército del desestímulo pone en marcha sus estrategias de resistencia, y lentamente —o rápidamente en algunos casos— le demuestra cómo funciona el sistema a ese individuo. ¿De qué manera? Achatándolo bajo una espesa materia oscura e invisible, asfixiándolo en la antimateria que resiste el movimiento, hasta llevarlo a la cruz de los caminos constituida por tres opciones: adaptarse y ser uno más dispuesto a envejecer, irse a la mierda, o matarse.

    Por suerte soy un producto genuino de este país y no he necesitado ninguna acción del ejército del desestímulo para aplacar mis ánimos emprendedores, que por otra parte, jamás tuve. No soy una víctima de ese regimiento porque ninguna milicia gasta balas en uno que ya nació adherido a sus filas. Acá me tienen, desde hace una década escribiendo esta columna en un rinconcito donde se amontonan las palabras, sin ningún tipo de ambición personal, ni siquiera desplazar al gato extranjero que está a mi lado; y no me quejo, por el contrario, estoy rozando la felicidad. Desde este lado del mundo, les digo a los que tienen algún afán de superación personal y esperan ver cómo el sistema premia su espíritu apegado al sacrificio, el trabajo y el talento: ¡giles!, ya se les va a pasar. Prepárense para caer en manos del ejército del desestímulo, la fuerza oculta más poderosa que tiene este país. Verán languidecer su empuje, su potencia, su energía cinética, ja-ja, me río de la energía cinética en Uruguay, no existe, te la chupa el ejército del desestímulo; ese es su alimento preferido, y está gordo como un sapo.

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