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    Hay tantos modos de contarlo

    Nº 2213 - 16 al 22 de Febrero de 2023

    Aun para quien lleva tantos años escribiendo sobre el tango, conmueve comprobar que hechos cuasi excéntricos, acerca de los cuales se ha contado por décadas, dejan puertas abiertas para elaborar un relato nuevo al atravesarlas. Este podría llamarse “las tres paradojas”.

    Posiblemente ningún lector amante de esta música ignora que, luego de su confuso origen empujado por las corrientes criollas y de inmigrantes de diferentes procedencias, incluso ya iniciada la Guardia Vieja, fue disfrute de marginales y pobres, asentada en bares, cafetines y prostíbulos y despreciada por las clases altas, la burguesía y la aristocracia rioplatenses. Todo cambió por sacrificio y valentía de unos pioneros que se lanzaron a la conquista de Europa —el sanducero Eusebio Gobbi y su esposa, la cantante chilena Flora Rodríguez, los hermanos Pizarro, Canaro, Fresedo y tantos más— y lograron, con París como epicentro, que el tango se convirtiera en un fenómeno planetario. Paradójicamente, ese inesperado éxito repercutió de tal manera entre nosotros, que se convirtió en la principal cultura musical de Montevideo y Buenos Aires, ya sin distinciones sociales.

    La segunda paradoja nos pasea por casi un siglo y llega hasta hoy. Desde alrededor de los años 1950 a 1960, pero sin detenerse, al contrario, creciendo y vigente en la actualidad, ocurrió un fenómeno imprevisible: se toca, canta y baila más tango en ciertas lejanas tierras de cultura muy diferente que entre nosotros. Se puede mencionar a Francia, claro, incluso al más extraño caso de Finlandia, pero deseo parar en otra nación que hoy está al frente de este sacudón que quizás estremezca a los tradicionalistas: Japón.

    Y la tercera paradoja anida precisamente en Japón. Cuando el tango ya era una novedad resonante en Francia, a Tokyo, en 1906, solo había llegado la partitura de La morocha, de Villoldo, traída por Gobbi y su mujer, que viajaron con ese fin y para hacer algunas presentaciones aisladas, acompañando el viaje de los cadetes de la Fragata Sarmiento prestos a amarrar en los principales puertos del mundo. Cuenta Luis Alposta, médico, historiador y poeta lunfardo, que ese tango fue tocado por la banda de la embarcación pero no produjo ningún efecto notorio entre los japoneses. Sin embargo, en 1920, el aristócrata y diplomático Tsunami Magata, viajó a París para una urgente intervención quirúrgica; durante su vida allí —estuvo hasta 1926— escuchó mucho tango, sobre todo por la orquesta de Manuel Pizarro, básicamente instrumental, y se enamoró de sus melodías y de su ritmo. Aprendió a bailarlo en la Ciudad Luz y se convirtió en un artista, al punto que, al regreso, cuando mostró sus nuevas habilidades se hizo popular la frase “bailar a lo Magata”. Tanto que, a miles de quilómetros de distancia, años más tarde, Alposta creó el tango A lo Magata, inicialmente para Daniel Melingo, aunque finalmente lo tomó Edmundo Rivero, quien cambió la música e hizo una versión impresionante, hoy tal vez inhallable en versión discográfica.

    Magata fue la llave para abrir a los japoneses el portón que los separaba de una música que amaron casi de inmediato: propició la llegada de grabaciones de Rosita Quiroga y Sofía Bozán, que causaron furor y luego el resto lo hizo Gardel con sus películas, cuyo impacto modificó el plan del aristócrata, que quería promover solo el baile y no pudo evitar la corriente masiva que se volcó al tango canción.

    Luego fue el tiempo de las reciprocidades. En 1954 actuaron en Tokyo las orquestas de Francisco Canaro, Juan Canaro y Osvaldo Pugliese. Antes, habían viajado a Buenos Aires la soprano Ranko Fujisawa, quien cantó con Canaro y el dúo Troilo-Grela por fonética, ya que nunca aprendió correctamente el castellano; el violinista Sakurai y la cantante Koichi Sugui; la orquesta Rosa, con tres bandoneones, dirigida por el maestro Takahaski, y la agrupación de Masao Koga; y el tenor Fujiwara, quien grabó cuatro temas con Mores y con la típica Scorticati. Hoy varios músicos japoneses, sobre todo bandoneonistas, tocan en Buenos Aires.

    ¿La explicación? Según Oscar Velázquez, “ellos también tienen un folclore parecido al tango, casi acongojado, melancólico”; para Alposta, “aman el tango tanto como el flamenco, el fado o el blues, todas músicas donde están presente nostalgias y soledades”. Y añadió: “Ellos no lo hacen de forma banal, sino con amor, con entrega. Podés cantar o bailar el tango en Japón y no vas a estar lejos del Río de la Plata”.

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