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A lo largo de los años que este espacio ocupa en Búsqueda, el nombre, la figura y el significado de Miguel de Unamuno han sido ventilados en varias ocasiones. En una de ellas, se hizo referencia a un célebre debate que el vasco mantuviera con el pensador José Ortega y Gasset.
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El tema del debate entre esos dos gigantes del pensamiento hispano era la europeización de España. Unamuno rechazaba virulentamente los valores centrales adjudicados a la ciencia en el mundo anglosajón y germano y sostenía que la ciencia española debía identificarse con la mística. Es decir, con las artes, con las letras y con todo aquello que habitase dentro del territorio de las humanidades.
En conclusión, consideraba que eran los anglosajones y los germanos quienes se deberían dedicar a esas actividades “no hispanas”. Y su frase condensatoria, plasmada en una carta a Ortega y Gasset en 1906, no dejó lugar a dudas: “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo. ¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas.”
“Energúmeno”, le dijo Ortega, “energúmeno y africanista de vocación”…
Hace unas semanas vimos otra faceta de la vida de Unamuno, cuando solamente armado con sus principios se enfrentó a una horda de fascistas liderados por el tenebroso general José Millán-Astray durante un acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.
Sin amedrentarse, Unamuno, rector de dicha universidad, acusó a Millán-Astray de ser un lisiado sin grandeza moral y a los falangistas, desorbitados que gritaban “Viva la muerte”, “Muera la inteligencia” y otras cosas por el estilo, de ser incapaces de comprender las cosas más elementales, y menos aún cuál era el camino para lograr el bien de España.
Arrinconado y amenazado por la turba, Unamuno salvó el pellejo gracias a la actitud de la esposa de Franco, quien lo sacó del brazo de esa filial del infierno.
Unamuno era una entidad demasiado famosa y respetada en España y en otras partes del mundo como para que Franco, recién nombrado generalísimo de los ejércitos nacionales, se animase a fusilarlo, como era común hacer con otros críticos. El célebre vasco fue obligado a encerrarse en su domicilio, muriendo dos meses y medio después del incidente con Millán-Astray.
En su casa, Unamuno recibió la visita de algunas personalidades. No muchas, pues era un “apestado político” y cualquier muestra de solidaridad con él significaba un duro castigo, y muy probablemente la muerte. Una de las personas que lo visitó fue el escritor y filósofo griego Nikos Kazantzakis, quien acudió al hogar del recluido a la semana larga de la bronca con los falangistas.
Las declaraciones que el pensador vasco le hizo a su visitante condensan su mundo mental en una dimensión política.
El terror desplegado por los grupos de izquierda (asesinatos en masa, incendios de iglesias, ocupaciones de propiedades, linchamiento de curas y monjas…) había convencido a Unamuno de la necesidad de apoyar a Franco para preservar los valores de la sociedad cristiana y, también, la independencia nacional, amenazada por la creciente presencia rusa en la España republicana.
A cuatro meses de comenzada la contienda, Unamuno había comprendido, sin embargo, que el bando nacional representaba el mismo peligro que el republicano: “La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España; se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo...”.
Tesis, antítesis y síntesis: al final de sus días, Unamuno se convenció de que esa sociedad occidental y cristiana que él defendía, estaba amenazada por los dos bandos en pugna. Y sintetizó que “bolchevismo y fascismo son las dos formas —cóncava y convexa— de una misma y sola enfermedad”.
En cierto sentido, y cerramos el círculo, tanto Unamuno como Ortega y Gasset, con quien otrora había desarrollado tan enconados debates, se encuentran al final del camino en la misma isla mental e ideológica, rodeados por el mismo mar de intolerancia, terror y horror.
El vasco conservador describió a la izquierda y la derecha como dos formas —una cóncava y otra convexa— de una misma enfermedad. El filósofo liberal madrileño sostenía por su parte que “ser de la izquierda, como ser de la derecha, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía”.