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    Héroe neouruguayo

    Voy por la Feria de Tristán Narvaja dejando vagar mi mirada por encima de los objetos retro que se mezclan con las antigüedades. A veces encuentro cosas idénticas a las que formaban la cotidianidad de la infancia.

    Me pregunto: “¿será el mío?”. Me sucedió con una diminuta máquina de coser, idéntica a la que me había regalado una tía. Me perturba a menudo mirar las latas en forma de valijita, donde yo guardaba los cuadernitos de 5 por 3, artesanales, construidos para mis muñecas-alumnas que asistían a mi juego favorito: la clase. (El ropero de mi cuarto, pintado de gris, hacía las veces de pizarrón, tiza incluida. A mis muñecas les leía cuentos y ellas redactaban pequeñas composiciones que se ganaban un sote).

    En la Feria, me topo en una mesa con unas hojas Tabaré ilustradas. Usé decenas de ellas en la escuela pública. Año a año. La mayoría de las que allí se vendían mostraban a Artigas desde varios ángulos, algunas incluso incluían un rayo bajando del cielo, muy sugerentes, como el himno tantas veces cantado “El padre nuestro Artigas…”.

    Pero la hoja Tabaré que me pareció entrañable fue aquella que se usaba para los deberes del 19 de marzo, con las clases recién empezadas: es la que cuenta con la ilustración del rostro de Varela, un retrato de hombre joven barbado rodeado de algo que parecen hojas de laurel. La otra parte de la ilustración la ocupa, nítida, la pintura de una maestra con un enorme y redondo mapamundi señalando Sudamérica a dos niños (nena y nene), que atentamente siguen la clase. Atrás, un mapa de las Américas colgado. El ilustrador retrató a cada personaje con dignidad y en perfecta armonía con los otros.

    Observo la hoja mientras el vendedor del puesto de Tristán Narvaja me dice: “Eso ya no pasa”. Levanto la cabeza. “Ahora es un relajo”, me dice. “Antes mi maestra pegaba un campanazo y todos hacíamos un silencio que no volaba una mosca. Ahora los padres van a defender al hijo aunque sea un malandra. ¡Denuncian a las maestras, les pegan!”.

    Lo escucho atravesada por lo que me dice. Es un veterano, de edad inclasificable. Y sigue: “Nosotros, como vivíamos cerca de lo de la maestra, le llevábamos los cuadernos para que corrigiera los deberes a la casa… así no iba tan cargada”.

    “¿Cuánto vale?”. El hombre me dice: “¿Usted es maestra?”. “Algo así”, le contesto. “Diez pesos, pero no me dé nada, se la regalo”.

    Balbuceo: “Gracias…”. Le muestro a mi hija la hoja y le cuento que allí escribíamos con pluma y tinta: “¡Qué preciosa!”, me dice.

    Al día siguiente, en los informativos sale Suárez vestido con la camiseta del Barcelona peleándose con Godín, el capitán de la selección uruguaya. Y el locutor español repite lo que se lee en los labios: el tan alabado compatriota millonario insulta a su compañero: “¡La concha de tu madre! ¡La concha de tu madre!”.

    Luis Suárez fue recibido como un héroe por cientos de uruguayos y por Mujica después de sus avatares en Brasil.

    ¡Qué bien les hubiera venido al jugador y al tumulto de hinchas un buen campanazo!