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    Historia y arte de un género revolucionario

    Llegaban del exterior con cariños, buenos deseos y señales de lo bien que alguien lo estaba pasando en algún lugar turístico. Sus imágenes eran por lo general luminosas y tenían una tonalidad especial que se podría definir como de “color postal”. Entre 1882 y hasta 1915, hubo una verdadera industria de la postal privada. En ese período su circulación en el mundo alcanzó cifras millonarias. Así se registra en Montevideo. ¡Qué lindo te veo! (Linardi y Risso, 2020), un libro que reúne más de 300 postales del llamado período de oro (1898-1915), acompañadas de investigaciones de varios autores. En conjunto es un valioso registro histórico y cultural de la ciudad a través de sus paisajes, sus barrios y sus costumbres.

    Al contrario de lo que se podría pensar en un libro de postales, este es un volumen contundente, de grandes dimensiones. Las fotografías fueron ampliadas para que se pudieran admirar en su arte y en sus detalles y están impresas en papel satinado. El libro tiene tapas duras y pesa cerca de dos kilos. Agrupadas en capítulos por zonas (Puerto y Ciudad Vieja, Centro, La costa, El oeste, El norte), también incluye uno destinado a las diversiones de la época. Alternan las imágenes los estudios de Carlos Eduardo Martínez, Alejandro Giménez, Fernando Loustaunau, Hugo Mancebo, William Rey y Juan Antonio Varese.

    Para conocer cómo fue el origen hay que detenerse en uno de estos nombres: el de Carlos Eduardo Martínez, el mayor coleccionista de tarjetas postales sobre Uruguay. Hasta el momento, ha reunido más de 22.000 piezas, de las que salieron las que integran este libro, para el que escribió el texto introductorio: Historia de la tarjeta postal. Su amor por la cartofilia (coleccionismo de postales) se desarrolló en paralelo con su profesión de abogado. Residente en Estados Unidos desde su adolescencia, egresó de Harvard y vive en Nueva York, pero estos momentos pandémicos los está pasando en Connecticut, en una casa apartada de la gran ciudad. Desde allí mantuvo una videollamada con Búsqueda.

    “Creo que empecé hace unos 25 años, pero no recuerdo cuándo fue que dije: ‘Ahora soy un coleccionista’”, explica. Si piensa por qué empezó, habla de su gusto por la arqueología urbana, por saber qué había en determinados lugares o cuál fue el primer edificio que tuvo ascensor en Manhattan. Además, tuvo una abuela filatelista y él mismo incursionó en el coleccionismo de figuritas cuando niño y se gastaba el dinero de la merienda para comprarlas. “Pienso que un día me crucé con una postal que me gustó y ahí empecé. Después apareció eBay, fui conociendo comerciantes y me enganché”.

    Martínez mueve la pantalla de su computadora y muestra un armario con varios álbumes. Cada uno tiene unas 200 postales. Esa es solo una parte de su colección, en su apartamento de Nueva York está el resto. En total tiene 113 álbumes a los que se suman cajas con postales. Su acervo reúne entre 22.000 y 24.000 piezas.

    Entre ellas hay joyas históricas. Tiene varias firmadas por José Batlle y Ordóñez, algunas de la guerra civil y un montón publicitarias de peluquerías, frigoríficos, mercerías, de la lucha contra la tuberculosis, de la llegada de personalidades al país. “Tengo una de Santos Urdinarán, el campeón olímpico. Se la envió a un amigo desde Ámsterdam, donde se jugaron los Juegos Oímpicos en 1928”, explica.

    Fue el austríaco Emanuel Herrmann quien en 1969 logró que se creara la tarjeta postal para ahorrar los costos de envío de cartas. En ese momento, pagaba la carta quien la recibía. Como se escribían en dos carillas, se cobraban como dos unidades. Por cortesía, la persona que enviaba la carta escribía largos saludos, comentaba sobre el tiempo o banalidades para llenar las dos hojas que iba a pagar el otro. Herrmann quiso ahorrar dinero y espacios. Obligó a las personas a ser concisas.

    “Fue un visionario”, comenta Martínez. “La postal es parecida al Twitter o al email, pero al comienzo no se visualizó como algo social, sino como una respuesta a una ineficiencia comercial. No la querían adoptar porque bajaban los ingresos, pero su boom fue muy grande. Al mismo tiempo se dio el auge de la fotografía y de los viajes por placer en los vapores”. Su vitalidad comenzó a decaer después de 1915, sobre todo por la aparición del teléfono.

    Revolucionaria como fenómeno de comunicación, la postal logró que cambiaran algunas costumbres. “Había argentinos que veraneaban en Pocitos o en Ramírez y mandaban a diario postales a su familia, y les reclamaban si no les contestaban rápido. Es interesante ver lo que escribían. Hay una muy famosa que yo no quise comprar porque no me interesaba la imagen. Una mujer le envía una postal a un tal Freire en la calle Rondeau con el mensaje: ‘Vení a verme. Mi marido está en Buenos Aires’. No ponía ni su nombre ni su dirección”.

    En 2018, Linardi y Risso publicó un libro sobre Jesús Cubela, un fotógrafo gallego que registró en imágenes la Punta del Este de comienzos del siglo XX. Ese libro tuvo como coautores a Hugo Mancebo Decaux y a Martínez, y de alguna forma fue el antecedente para que ahora se publicara este volumen de postales montevideanas, en el que también participa Mancebo con un texto.

    “Un día me llamó Álvaro Risso y me contó que una señora española había ido a su librería en busca de imágenes de Montevideo de principios de siglo XX y que no había encontrado en ninguna librería. Me dijo que eso era un crimen. Cuando hicimos el libro de Cubela yo le había dicho que, si alguien quería hacer uno sobre el ferrocarril en Uruguay, yo tenía como 30 postales espectaculares de estaciones en todo el país, o sobre el comercio con postales publicitarias, sobre varios temas. Ahí surgió la idea de este libro”, aclara Martínez.

    Lo primero que pensó es que tenía que hacerse bien, con tapa dura, al estilo de los coffee table books. En noviembre de 2019 vino a Montevideo con una selección de 350 postales. Después envió unas 60 más por Fed Ex. Allí empezó un trabajo que tuvo a Rodolfo Fuentes en el diseño y a Risso en la edición.

    Diseñador y fotógrafo, Fuentes cuenta que desde el comienzo querían un libro importante: “Me parecía que no había que hacer un catálogo de postales de tamaño real como el de Cubela. Aportaba más sacarlas de sus dimensiones habituales y mostrarlas ampliadas. Eso implicaba más trabajo del proceso con la imagen y lo primero fue digitalizar el material en las mejores condiciones posibles. Cuando uno reproduce un impreso y lo aumenta de tamaño, aparece el punto de impresión que genera problemas de todo tipo. Eso obligó a elaborar una metodología que me interesó mucho aprender”.

    Un aspecto singular es el color que se agregaba a las fotos que originalmente eran en blanco y negro. En esos aspectos también reparó Fuentes. “Si se mira atentamente, los cielos se repiten entre postales o son muy parecidos, porque eran cielos falsos. Aparecen cosas graciosas como el de un pintor que quiso agregarle humo a la chimenea de un barquito en Capurro y le erró como a las peras. Incluso en las postales más modernas sobrevivió esa tendencia al color muy saturado”.

    En los últimos 25 años la postal pasó de ser un raro anticuario a reconocerse como pieza de valor artístico. En su artículo, Martínez cuenta el papel que tuvieron las imprentas alemanas, los fotógrafos y los editores en todo el proceso que llevó al auge de estas tarjetas. “Siempre sentí que tengo un patrimonio muy importante y me preocupa qué va a pasar con él, porque a mis hijos no les interesa. Haber juntado toda esta colección me genera la obligación de preservarlo de alguna manera. Publicar este libro fue importante y quedé contento”.

    Montevideo. ¿Qué lindo te veo! encierra parte de la memoria de la ciudad y es un hermoso libro objeto. Hay motivos sobrados para tenerlo en la mesita del living.

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