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    Homero, ídolo de muchedumbres

    Tanto José Ingenieros como José Ortega y Gasset escribieron sobre el hombre masificado y el hombre elite. Ingenieros publicó su opus “El hombre mediocre” en 1913; Ortega le siguió con “La rebelión de las masas” a fines de los años 20. Entre uno y otro no hay diferencias sustanciales. Ambos apuntan, con cierta diferencia conceptual y estilística, a lo mismo: la división de la sociedad en una enorme masa de mediocres y una selecta minoría.

    Personalmente, considero que el título elegido por Ortega es correcto pero, también, que se presta a confusiones pues su libro no trata de una rebelión de masas en sentido liberador, como puede creer el tradicional lector de títulos, sino que justamente todo lo contrario.

    Veamos algunas definiciones centrales. La sociedad, escribe Ortega, “es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas”.

    Esto implica que al hablar de masas no nos limitamos a las masas obreras sino que hacemos referencia al “hombre medio”, al hombre igual a otros hombres, al hombre genéricamente repetido, al hombre fotocopiado, al hombre copy & paste, como me gustó llamarlo en una columna anterior.

    Este hombre medio es “todo aquel que no se valora a sí mismo” o que no se cree poseedor de características propias, únicas, ya sean positivas o negativas, sino que se considera alguien como todo el mundo, alguien como uno más en la masa humana y a pesar de ello no se angustia por ser así sino que acepta este hecho como algo completamente normal e incluso ideal.

    Por otra parte, tenemos al hombre selecto. Aquí es muy importante ser cuidadoso con las palabras pues el malentendido es un peligro inminente. Selecto, dice Ortega, no es “el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores”. Es decir: la superioridad no es un don obtenido de antemano, algo gratuito por lo cual no se ha luchado, sino que el resultado de la voluntad cotidiana de superación personal. La superioridad, la cualidad de ser alguien mejor, es por lo tanto un mérito propio, una condición que cada uno, independientemente del origen social; se gana en la vida diaria.

    Vistas así las cosas, podríamos decir que el criterio que se debe usar para clasificar a los hombres en mediocres o en selectos es el grado de exigencia que cada uno se aplica: los selectos se exigen mucho y se imponen objetivos de diferente índole (ambicionan enaltecerse de cualquier forma, como había adelantado Ingenieros); los mediocres no se exigen ni consideran necesario hacerlo. Para ellos, escribe Ortega, “vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”.

    Según la distinción usada por Ingenieros y Ortega, la sociedad no está dividida en clases sociales sino que en dos grupos: las masas y las minorías excelentes. Por eso encontramos masa y excelencia en todos los estamentos sociales. En consecuencia, hay masa en las llamadas clases altas y hay elite en las llamadas masas obreras.

    Podríamos extender esas ideas un poco más. Llegaríamos en ese caso a la asombrosa conclusión de que solo los hombres selectos son humildes, pues humildad es una virtud que consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones. Quien se reconoce limitado intenta superarse y enaltecerse constantemente. Quien por el contrario no se reconoce limitado peca de soberbia. De ahí que, en realidad, y a contramano de lo que habitualmente se presupone, la masa sea soberbia y la elite humilde.

    Resumamos: “La rebelión de las masas”, de Ortega y Gasset, no trata de una aventura de tipo bolchevique, en plan toma del poder político o liberación nacional u otras cosas por el estilo, sino que se preocupa por el avance imparable de una mentalidad, de una postura, de una actitud (seamos contemporáneos en el uso de los conceptos) a la hora de plantearse (o no) la cuestión existencial, a veces reducida al conflicto entre el ser y el estar o ilustrada con el angustiante to be or not to be de Hamlet y su calavera.

    A diferencia del hombre selecto, consciente de sus limitaciones, el hombre masa se cree autosuficiente y perfectamente habilitado para expedirse, con sus escuálidos “tópicos de bar”, sobre cualquier tema, por complicado que éste sea. Tiene en su cabeza un par de ideas vagas, adquiridas por mero contagio social, pero considera igualmente que ellas son suficientes para meter la cuchara en cuanta olla de opinión se cruza en su camino.

    De haber vivido hoy, el filósofo español hubiese coronado a Homero Simpson como el ídolo máximo del hombre mediocre.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor