Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl inicio de los años 30 del siglo pasado, las políticas de apoyo a los emprendimientos turísticos nacidas con el primer batllismo cobraron nuevo impulso cuando el país buscaba recursos que le permitieran equilibrar una balanza de pagos fuertemente afectada por la crisis de 1929. En ese contexto crítico nació la Comisión Nacional de Turismo —donde Horacio Arredondo jugaría un papel decisivo ligando estrechamente turismo, patrimonio y desarrollo— buscando coordinar la gestión de los organismos estatales involucrados (ministerios de Industria y de Relaciones Exteriores, intendencias y Comisiones Departamentales, etc.) y promoviendo la participación de inversores privados, a escala nacional.
Uno de los episodios más exitosos de ese proceso tuvo como referentes a José Pizzorno, Antonio Lussich —doblemente pionero— y al español Laureano Alonso Pérez, fundadores de la sociedad Fomento de San Rafael (Fosara S.A.) replicando la experiencia que 25 años antes generara en Montevideo el Hotel Carrasco y su entorno. Cumplido el fraccionamiento de las 150 ha, propiedad de Pizzorno, el proyecto del hotel-casino imponía una presencia de impacto, en sintonía con el imaginario de los potenciales usuarios —en su mayoría, argentinos de altos ingresos—, siempre atraídos por los fulgores europeos y sus referencias aristocráticas. Pero habría que superar una dificultad: la arquitectura de esos tiempos ya había dejado atrás la reverencia a los modelos históricos y lo que antes podía hacer un Rabu sin mala conciencia —esto es, vestir cada programa con el traje de época que mejor conviniera— chocaría con el terreno ocupado por las ideas renovadoras que ganaban la batalla en la facultad y en el escenario de nuestras ciudades. Tres jóvenes arquitectos —De los Campos, Puente y Tournier— habían jugado un papel relevante en ese proceso de cambio… y fue justamente a ellos, cosa curiosa, a quienes se encargó el proyecto, cuya primera versión cobró forma entre 1937 y 1939.
El resultado es una imagen emparentada con las posesiones rurales de la nobleza Tudor, con un emblemático cuerpo central y construcciones adosadas, ocupando la totalidad del padrón asignado. La guerra postergó su concreción hasta los años 1945-1948, limitada entonces al cuerpo central, para mejor aprovechamiento del espacio libre circundante. Los arquitectos no habían perdido sus capacidades de organización funcional y control formal, pero no dudaron en “incorporar” —para decirlo suave— las referencias típicas de un estilo nacido en otras tierras, 400 años atrás… Y eso en el mismo momento en que Antonio Bonet en Solana mostraba al mundo un ejemplo sin concesiones de cómo resolver un programa similar sin apartarse de los ideales de la modernidad. Pero el emprendimiento fue todo un éxito y durante décadas la imagen del Hotel San Rafael fue escenario privilegiado de múltiples acontecimientos históricos y mojón indisociable de un Punta del Este convertido en balneario de nivel internacional. En síntesis, un referente icónico del lugar, que al igual que el Salvo en Montevideo, no necesitaba del aprecio de los arquitectos para asumir su condición y aspirar a tener un formal reconocimiento patrimonial.
Luego, el tiempo hizo su obra; cambiaron las condiciones de gestión, los intentos de aggiornamento no fueron exitosos y tampoco lo serían los programas de salvataje global —cadena Hilton y otros— ensayados cuando ya la deriva ruinosa se hacía sentir en la materialidad de la obra. Y a diferencia de lo actuado desde la Comisión de Patrimonio con la casa Berlingieri y Solana del Mar, no hubo intención de promover algún tipo de protección que impidiera el agravamiento de la situación, aunque desde la intendencia se dictaron normas tendientes a favorecer una inversión salvadora. En este contexto aparecen finalmente las propuestas del empresario Cipriani y el arquitecto Viñoly, la última de las cuales mereció la aprobación de la Junta Departamental a partir de la solicitud del intendente1, documento en el que consta: “Del nuevo proyecto se considera positivamente la puesta en valor del edificio del Hotel San Rafael y su refuncionalización, convirtiéndolo en protagonista en primer plano de la composición, contrastando lenguajes arquitectónicos, texturas, colores, estilos”.
El proyecto en cuestión es una operación tan transgresora como lo fue el original del hotel, ahora con “rascacielitos” reconvertidos en “rascamares” (interesante vuelta al Le Corbusier del 29 en Montevideo) y un volumen “rememorativo” del preexistente solo en su apariencia exterior, pero tomándose la libertad de duplicar el cuerpo posterior… La maqueta está en exposición desde julio del año pasado y hubiera sido útil que se generara un espacio de diálogo entre distintos actores con competencia en el tema, aun cuando la aprobación formal del proyecto es incuestionable y cuenta con pleno respaldo del cuerpo técnico interviniente. Pero la oposición se hizo radical y viral en estos días, cuando el IHA, SAU y en último momento Cicop, hicieron públicas sus críticas y dieron apoyo a la decisión del Dr. Arq. William Rey, de interponer ante la Justicia un recurso de amparo tratando de impedir la demolición y posterior reconstrucción del inmueble. Un recurso legal legítimo, atento a que la intención de demolición (¿total… parcial?) ya estaba en fase operativa, siendo que, a criterio del actuante, su consumación generaría un daño patrimonial irreparable (aun asumiendo que el bien en cuestión no tenía ningún tipo de protección patrimonial, a escala departamental o nacional).
Ahora, los nudos que no supieron desatar a tiempo, entre otros, los arquitectos, pasarán a mano de la Justicia, quien tomará la posta y adoptará las decisiones que fijarán los caminos a seguir. Confío en que primará el sentido común, y que podrán aprovecharse estas imprevistas circunstancias para precisar los términos del trabajo proyectado y los fundamentos que lo justifican, siempre en el marco de la significación global de la propuesta, sea en términos de intervención urbanística-arquitectónica-patrimonial, sea en el contexto de una necesaria reactivación productiva del área y del país. Se dijo bien que Horacio Arredondo, padre de nuestro “turismo patrimonial”, “demostró una singular capacidad para integrar el conocimiento académico con estrategias de mercado”, asumiendo la transgresión oportunista a ese “conocimiento”, la frase también es aplicable a De los Campos y sus socios en relación con el San Rafael (y también a sus primeros edificios de propiedad horizontal, “recalificados a demanda” con balaustres, molduras y mansardas). Ahora, no tenemos necesidad de caer en un “refalso histórico” para salvar lo salvable y seguir adelante.
En fin, confío en la Justicia para enderezar entuertos… y también en la capacidad de diálogo de Cipriani y Viñoly. Sus respectivas virtudes como empresario y arquitecto están fuera de discusión y alientan la posibilidad de una convergencia de opiniones con sus críticos de buena fe. Y otra cosa: sería bueno que la Universidad reconozca el acuerdo suscrito entre las partes y vuelva a integrar la Comisión de Patrimonio, tal como la ley lo impone. De ese modo, si alguien “mira para el costado”, otro se lo haría notar… en vivo, evitando discordias artificiales y desmotivadoras.
Y que todo sea para bien.
Nery González
1. Resolución N° 05638/2018 – Expediente 2018-88-01-09585 – Acta N° 01248/2018