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    Iceberg financiero

    Nº 2226 - 25 al 31 de Mayo de 2023

    No es la primera ni será la última campaña agrícola que termina mal. Y como en todos los casos anteriores, los que estamos asociados a la producción —de alguna forma u otra— sabemos que la única forma de salir del pozo es con producción. Pero esta crisis tiene otros condimentos que merecen ser analizados con detalle.

    En las anteriores crisis de precios, especialmente de los granos, el problema se circunscribía a la agricultura y los otros sectores (entre ellos los demandantes de granos, como la ganadería intensiva y la lechería) no la pasaban tan mal en términos de rentabilidad. De hecho, buena parte de la expansión de la producción intensiva de carne tiene una parte de su origen en la necesidad de los agricultores de valorizar el grano en carne como forma de escapar a una dinámica de precios deprimidos. Y hay que decir que fue una estrategia exitosa. Pero esta debacle de precios de los granos, que vivimos desde hace un par de meses, nos agarra con una ganadería incapaz de capitalizarla.

    El segundo problema —y más importante— es que el fracaso de la cosecha de verano lleva a muchos agricultores a enfrentar un nuevo ciclo de cultivos sin reservas. Esta situación es especialmente preocupante en productores medianos a chicos, que a pesar de haber tenido varias campañas agrícolas buenas hoy llegan a las puertas de las siembras de invierno sin medios económicos y terminan financiando sus insumos a un costo muy elevado.

    Y el grueso de la apuesta es que les vaya lo suficientemente bien en invierno como para pagar lo que deben del verano pasado, hacer algún peso para vivir y quedar en condiciones de poder financiar la campaña de verano. Quiere decir que van a tener que vivir con muy poco o postergar los vencimientos de sus deudas, con lo cual la agrandan.

    Ahora bien, ¿qué pasa si a este panorama le agregamos que el clima para este invierno será desafiante por la llegada de la fase cálida del Niño? ¿Y si los precios agrícolas no solo no se recuperan, sino que siguen bajando hasta niveles que nadie espera?

    Es cierto que la historia nos dice que cuando enfrentamos años Niño hay más que nada una afectación de la calidad de los cultivos, pero no tanto de la cantidad producida; pero las heridas de una sequía devastadora llevan a más de uno a pensar dos veces la apuesta. Y si los precios no repuntan, el lastre de una menor producción puede dejar a las empresas con más pérdidas en su balance.

    A diferencia de lo que ocurre con la soja, que al menos un tercio del área agrícola nacional tuvo un seguro que le permite sobrellevar la sequía, en invierno esa posibilidad es mucho más acotada.

    Es cierto que el riesgo de que haya lluvias que provoquen que no se coseche nada es sensiblemente menor a los riesgos de la sequía, y tal vez ni siquiera lleguen a materializarse, pero pensando en el futuro del sector deberíamos, al menos, analizar seriamente el problema. Sobre todo porque a la luz de mayores demandas financieras del sector hay que ponerse creativo con las formas de mitigar los riesgos que enfrentamos, tanto productivos como de precios. El pasado no predice el futuro, pero nos debería dar pistas sobre la forma de gestionar mejor la incertidumbre.

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