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    Igualdad y atraso

    Si el hombre mediocre es pedazo de plural, como genialmente lo definió Mario Benedetti, el hombre superior es verbo singular, materia prima de genios y héroes, pieza única de la grey y, en definitiva, motor de los grandes cambios de la humanidad.

    El primero es cuantitativo; el otro cualitativo. El primero se aterra ante la idea de quedar afuera del rebaño; el otro lucha por alejarse del mismo. El primero piensa con la cabeza social; el otro piensa con la cabeza propia. El primero es multitud; el otro es elite.

    Al referirse a estas categorías ya anotadas por Ingenieros, Ortega y Gasset define al hombre mediocre “hombre masa” y al hombre superior o idealista “hombre selecto”. Tanto Ingenieros como Ortega hacen hincapié en que la excelencia de estos raros ejemplares de humanidad no se debe a un pensamiento y una acción necesariamente coherente y constante. Es decir, los hombres selectos no piensan y actúan consecuentemente en una misma dirección sino que, por el contrario, persiguen, como escribe Ingenieros, “las quimeras más contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera”.

    La excelencia radica pues en la voluntad de elevarse por sobre la mediocridad; en anteponer el dinamismo a la apatía, el ideal al utilitarismo, la indisciplina al dogmatismo y la generosidad al cálculo. Selecto es todo hombre que en el cultivo del espíritu siempre aspira a más.

    “Son alguien o algo contra los que no son nadie ni nada”, recuerda Ingenieros, y redondea la idea diciendo que los hombres cuantitativos, desprovistos de ideas propias, “pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor”.

    Vistas así las cosas, me parece apropiado referirme al hombre mediocre como un mero aparato biológico, algo a mitad de camino entre la bestia y el hombre, para usar la imagen de Pico della Mirandola.

    Ahora bien, tanto el concepto de Ingenieros como el de Ortega y Gasset abren las puertas a la duda. Y la abren de par en par. Hablar de hombre superior en el siglo XX, ¿no era un adelanto del pensamiento nazi? Hablar de hombre masa, ¿no era dirigirse únicamente al habitante de la clase obrera?

    Ni una cosa ni la otra. La superioridad a la cual hacía referencia Ingenieros, uno de los fundadores del socialismo en Argentina, tenía que ver con la excelencia y la búsqueda de la superación personal; estaba completamente exenta de dimensiones étnicas o raciales y, además, apuntaba en una dirección espiritual, pacífica y pacifista.

    Por otra parte, el hombre masa de Ortega y Gasset no era necesariamente el proletario sino que se trataba de un hombre encontrable por doquier, tanto en el valle popular como en la cima en donde anidan las águilas del poder. Pero es obvio que, siendo el valle un territorio mucho más poblado que la cima, las clases populares estaban, necesaria y estadísticamente, mucho mejor representadas en esta categoría humana.

    Como adelantamos al comienzo, que es donde se suelen adelantar las cosas, Ingenieros y Ortega describen el mismo tipo humano y, en gran parte, la misma situación, aunque el español no se limita a la tipificación sino que intenta insertar a su hombre masa en un contexto histórico, buscando para ello las causas de su avance arrollador.

    Un punto común que hay que resaltar en la obra de ambos pensadores es el que tiene que ver con la idea de igualdad, que hoy se ha convertido en el ideal supremo de una izquierda mentalmente naufragada y desprovista de lanchas de salvataje.

    Ni el socialista Ingenieros ni el liberal Ortega comulgaban con el ideal de igualdad. El primero de ellos nos legó una frase que hoy sería condenada a la hoguera por herética por parte de sus descendientes ideológicos: “Al que dice igualdad o muerte replica la naturaleza la igualdad es la muerte. Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los individuos diferenciales, los originales, la humanidad no existiría. (...) Igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma”.

    Evolucionar es pues variar. Y viceversa. Sin variaciones no hay evolución. Son las variaciones las que impulsan el desarrollo. Lo demostraron con meridiana claridad Darwin y Humboldt, entre otros.

    El hombre masificado, el hombre chato, el hombre mediocre, el hombre anulado y, por tanto, deshumanizado, es, en su mentalidad de rebaño bajo el signo de la igualdad, el principal enemigo del desarrollo humano. En consecuencia, su supremacía en la sociedad es la mejor garantía de atraso y retroceso.

    La rebelión de las masas es la amenaza más grande para el futuro de la humanidad. Pero es mejor que sea el propio Ortega y Gasset, “mis dos filósofos preferidos”, como dijera ese enorme mediocre llamado Menem, quien nos lo explique.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor