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El gesto casi nunca era el de una sonrisa abierta. En las fotos se destaca el rodete alto, el cuello tan estirado que da aspecto altanero, la mirada frontal y un tanto fría. Siempre llevaba pendientes en las orejas, como esos con forma de manito que le regaló Pablo Picasso. Además de lo que fue y significó Frida Kahlo (Coyoacán, 1907-1954) como artista emblemática, en torno a su figura creció un universo rico de símbolos, estilo de vestimenta y estética singular. Su vida estuvo signada por una peculiar manera de lidiar con un dolor que, según el día, se parecía a un león hambriento o a un rumor sordo de fondo que adormecía las horas. Frida conoció de primera mano las sensaciones de la carne herida y de la angustia sin freno por falta de amor y exceso de soledad.
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La tapa de Frida Kahlo, una biografía (Lumen, 2016, 160 páginas) es el busto de la pintora mexicana dibujado con sus rasgos más característicos. Los labios rojos, las cejas tupidas, las flores en la cabeza y el torso abierto en dos mitadades mostrando las costillas y el corazón, del que brotan pequeñas ramas con hojitas. Tres flechas se clavan en el pecho de Frida.
Este libro álbum de tapa dura, textos escasos e imágenes abundantes y colores intensos, realiza una especie de esquema de lo que fue la corta vida de Frida (murió a los 47 años), basándose en los principales hitos de su biografía y expresiones personales. La autora del texto y de las ilustraciones es María Hesse, una española nacida en Huelva en 1982 que comenzó a dibujar cuando era una niña. “Se convirtió en ilustradora a la tierna edad de 6 años, ella aún no lo sabía, pero su profesora y su madre sí”, explica en su página web. Más adelante, cuando terminó los estudios de Educación Especial, se dedicó de lleno a la ilustración profesional. Otros títulos de Hesse han sido Ole Sevilla! (editorial Kokoro Multimedia), En busca de Nicolás (ed. En Huida), Armadura de papel de plata y La pandilla de Mago (ed. Autores Premiados). Además, trabajó para la editorial Edelvives en libros de texto y ha publicado ilustraciones en varias revistas. Frida Kahlo es un título que ha venido a darle mayor proyección internacional.
Con este cómic para adultos o biografía ilustrada, Hesse parte desde los antecedentes familiares de los padres de Frida. Guillermo Kahlo fue un emigrante que se trasladó de Alemania a México, donde conoció a Matilde Calderón, con quien luego se casó. Matilde quedó penando siempre la muerte de un novio anterior, también alemán, que se suicidó. “Mi madre era una mujer bajita, de ojos muy bonitos, muy fina boca, morena. Era una campanita de Oaxaca. Muy simpática, activa, inteligente. No sabía leer ni escribir, solo sabía contar el dinero”, cuenta la pintora en Frida Kahlo.
Hesse escribe casi todo el relato en primera persona, como si fuera Kahlo quien cuenta las anécdotas de su vida. Su nombre completo fue Magdalena Carmen Frida y era la tercera de cuatro hermanas. Cuando tenía apenas siete años ayudó a su hermana Matilde, de 15, a salir del hogar paterno para escaparse con un novio. Más adelante, en una de las idas y vueltas con su esposo Diego Rivera, su hermana menor Cristina tuvo una aventura con él, en un episodio que resultó trágico para Frida.
“Frida adornaba las historias. Frida inventaba, Frida decía la verdad, Frida se contradecía”, explica Hesse. “Sobre todo porque cambiaba su versión de las cosas de una carta a otra, según el momento vital en el que se encontraba. Viviendo siempre en los extremos, pasando del color al negro, de la felicidad a la más profunda tristeza, de la risa y el canto con el que le gustaba llamar la atención al silencio y la soledad del estudio, donde pintaba desde la más absoluta angustia”. Agrega que ahí reside la magia de este personaje, que lo vuelve inagotable. Porque lo que realmente le importa a la autora es cómo vivía Frida las cosas. En este sentido, Hesse aclara que en algunos momentos tomó la verdad “objetiva” y en otros ilustró en función de la interpretación subjetiva de la pintora.
Ella misma fue consciente de este peso específico de su sentir sobre lo real. “Me pinto a mí misma, porque soy a quien mejor conozco. Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad”, escribió. Con este argumento se defendió de quienes la definieron como una pintora surrealista cuando comenzó a exponer. Porque ese cuerpo lacerado y torturado por artefactos que aparece en sus cuadros era ella misma (no algo imaginado sino sentido), sometida a varias operaciones, condicionada desde el nacimiento por la anomalía congénita de la espina bífida y más adelante por un accidente de tránsito que le dio una estocada de por vida, atravesándole las entrañas.
El accidente, que le produjo múltiples fracturas, la obligó a permanecer en cama por más de un año, tiempo en el que pintaba acostada, tiempo de pérdida de la inocencia, que trastocó su forma de aprehender el mundo. “Yo ya lo sé todo, sin leer y escribir. Hace poco, casi unos días, era una niña y caminaba por un mundo de colores, de formas duras y tangibles. Todo era misterioso y ocultaba algo; descifrar, aprender, me gustaba más que un juego. Si supieras qué terrible es conocer todo súbitamente, como si un relámpago iluminara la tierra. Ahora habito en un planeta doloroso, transparente como el hielo, pero que nada oculta, como si todo lo hubiera aprendido en segundos”, escribió.
En los casi 50 años que vivió la mexicana, sus vínculos eran en ocasiones un refugio o un escape. Fue amante de León Trotski y de varias personas más, que sobre el final de su vida eran en su mayoría mujeres. También disfrutó de los viajes, de ropas hermosas, de reuniones de artistas entre risas y de buenos tragos.
Pero sobre todo, Frida peleó y resistió: pintaba con la mano casi paralizada; pintaba cuando se deprimía porque Diego andaba con otra; pintaba después de que le amputaran la pierna derecha. Debido a una cirugía practicada en Nueva York, en la que le fusionaron cuatro vértebras lumbares, le pusieron un injerto de pelvis y una placa de vitalio de 15 cm, Frida terminó dependiente de los calmantes, el demerol y la morfina, para sofocar algo del dolor insoportable.
Frida Kahlo, una biografía reseña el período de los años 40, época en la que dio clases en la Escuela de Artes de Pintura y Escultura de la Secretaría de Educación Pública, lo que dio origen al grupo de Los Fridos, integrado por Fanny Rabel, Arturo García Bustos, Guillermo Monroy y Arturo “El Gëro”, que se mantuvieron fieles a la pintora. Reseña asimismo el período en Estados Unidos junto a Rivera, su estancia en París, donde vivió con Marcel Duchamp, que le facilitó exponer en la galería Renou et Colle. De esos días, Frida recordó: “No podéis imaginaros lo joputas que son esta gente. Se sientan durante horas en los cafés calentando sus hermosos traseros y hablando de esto y aquello. Al día siguiente no tienen nada que comer porque ninguno de ellos trabaja”.
El libro termina con los últimos días de Frida, solitarios y regados de tequila, coñac, brandy y analgésicos. Sobre el final dejó de pintar autorretratos y hacía solo naturalezas muertas. Aunque ya no vivían juntos, Rivera (“Diego, mi padre, mi hijo, mi universo”) la visitaba con frecuencia. Las lecciones que le tocaron a Frida en vida fueron muy duras, por eso ella pudo expresar con todo derecho: “Espero que la salida sea gozosa y espero no volver jamás”.