N° 1828 - 13 al 19 de Agosto de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Video Club del Cordón cierra definitivamente sus puertas y ha puesto todas las películas a la venta. T-o-d-a-s. En estos días, además de la tristeza de experimentar un mundo que desaparece y que tiene que ver con el cambio en la modalidad de ver cine (TV para abonados, películas piratas, series de Netflix, múltiples propuestas a través de Internet), los socios, los coleccionistas y los curiosos vacían las góndolas del video de la calle Guayabo y se llevan sus títulos favoritos.
Compré tres: Paraíso: fe (2012), de Ulrich Seidl; El elemento del crimen (1984), de Lars von Trier y Nostalghia (1983), de Andrei Tarkovski. Y en homenaje al video que cierra, al mundo que cambia y a los festines cinematográficos pesados, las vi seguidas, en ese orden.
Seidl es austríaco y está heavy. Acá se mete con una vieja abollada que adora las estampas de Cristo y sus crucifijos y se pasea con una figura de la Virgen, puerta a puerta, insistiendo de modo enfermo en convencer a los demás. Para colmo de males convive con un paralítico devoto de Alá. La narración parece sencilla, plano tras plano, con composiciones geométricas y frías y los personajes que dicen y explican poco. Pero no lo es. De golpe se desata una pesadilla plagada de significados, un mundo en el que no quisieras vivir. Predomina la negrura, pero también hay humor, muy salado, pero humor al fin.
Luego llega Von Trier, un discípulo singularísimo —como Sokurov, como Bela Tarr— del gran Andrei Tarkovski. En clave de serie negra desarrolla una historia alucinada y estetizante en la que un detective, a través de su propia hipnosis, intenta seguir la pista a un asesino de niñas. Escenas oníricas y surrealistas, iluminación expresionista y trucos teatrales conviven con otras viñetas más pop y desenfadadas. Solo un genio puede dar semejantes saltos acrobáticos al recorrer la galería de personajes, hacer tales mezclas estilísticas y caer siempre bien parado.
Finalmente, el más grande: Tarkovski. Imágenes de una belleza y un lirismo imperecederos para retratar a un poeta ruso que convalece en Italia. Pocos diálogos, escasa anécdota, y como por arte de magia una densidad conceptual que se abre ante nuestros ojos. A los grandes maestros hay que atenderlos milimétricamente: cada pausa, cada levísimo movimiento o sonido apenas perceptible, está puesto ahí por algo. La pintura, la música y el teatro en un superlativo y poético lenguaje cinematográfico. Más allá, no se puede ir.
El DVD y su cajita original ya son una rareza cineclubística. Nos estamos preparando para la TV/PC intravenosa. En todo caso, disolveré a estos tres cineastas, calentaré sus respectivos líquidos en una cuchara y me los chutaré.