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    Insuperable dúo cómico

    El tema durante la cena había sido excluyente: el papelón de la delegación uruguaya en la reunión del Mercosur en la que aislaron a Paraguay y metieron a Venezuela por la chimenea.

    Fortunato sabía que el asunto daría para más, sobre todo esperando las reacciones que se producirían en el Uruguay, tras las patrañas del canciller, que había dicho antes de partir que el tema de Venezuela no sería tratado.

    Pero cuando se instaló frente a la tele, el informativo seguía trayendo imágenes desde la Argentina.

    Los enviados especiales volvieron a reiterar todo el rollo, Fortunato estaba muy cansado, pero decidió aguantar, porque el tema prometía.

    —“Ahora vemos la sala de reuniones en la que se celebraron los encuentros de esta tarde” (la cámara hace un paneo mostrando la mesa todavía tapada de papeles, botellas de agua mineral a medio uso, vasos con agua, micrófonos, flores, y ni un alma) “y…¿a quiénes vemos venir desde allá?” —dice con sorpresa el periodista, mientras la imagen muestra a las presidentas Dilma Roussef y Cristina Fernández, quienes venían conversando animadamente, mientras que detrás venían, a paso cansino, Mujica y Almagro. “A ver, observemos estas imágenes inesperadas, pues dábamos por hecho que las delegaciones habían regresado a sus hoteles” —agregó el enviado especial de la televisión.

    —“Dale, Pepe, no te hagás el estrecho que a mí me dijeron que tocás muy bien la guitarra, y Almagrito cada día canta mejor” —le dice Cristina Fernández al presidente Mujica.

    —“Vo shabé que noeshierto, shon mentira, shon” —replica Mujica, tratando de sacarle la pata al lazo. Pero sin suerte, porque un ayudante de Cristina le alcanza una guitarra al Pepe, Almagro se le para al lado, y se ponen a murmurar algo.

    —“¡Mais forte, nao se escuta nada!” —dice Dilma entre risas, cruzando miradas cómplices con Cristina.

    Fortunato no podía creer lo que estaba viendo. Unos rasguidos patéticos del Pepe en la vihuela, mientras Almagro entonaba (o más bien desentonaba) las estrofas de “A don José”, daba pena verlos, mientras las dos presidentas reían y los señalaban con los dedos índices de sus enjoyadas manos (izquierdas, por supuesto)

    —“¡Nao tinha me divertido tanto desde que ganhei as eleçoes! Voce teve uma boa idéia, Cristininha!” —dijo doña Dilma entre risas, mientras el dúo musical atacaba (con saña) un tango de Gardel.

    —“Bueno, ya está, ahora a otra cosa, mariposas” –dijo Cristina, mandando a su asistente a buscar la guitarra —“pueden y deben mejorar, chicos” —enfatizó —“pero cantan tan mal que por lo menos nos hicieron reir un rato, ¿no es cierto, Dilmita?” —concluyó, mirando a su colega do Brasil.

    —“Tonshe no vamo palotel, Almagro, toy canshao toy, ¿shabé?” –le dijo el Pepe a su ministro.

    —“¡Eso es lo que te creés vos, Pepitín!” —le espetó doña Cristina al señor presidente de la República Oriental del Uruguay —“¡a ver, esas botellas a medio usar que están sobre las mesas, me las recogen y las llevan a la cocina, junto con los vasos sucios, no es necesario que los laven, hay unas chicas allá para eso, pero me dejan la sala en orden, rapidito!” —agregó dando una palmadita en el aire, mientras doña Dilma miraba el entorno, a ver si se podía agregar algo.

    —“¡Vamos lá, Pepe, faz favor de pasar a aspiradora antes de ir embora, a sala ficou suja, vocé vai deixar tudo azul, tudo joia!” —concluyó la señora primera mandataria brasileña, ordenando una tarea adicional al pobre presidente uruguayo.

    —“¡Pa, vo, Almagro, ejta mina novanashacá hernia por todo lado, vo!” —le dijo Mujica a su canciller, sin objetar ninguna de las órdenes recibidas. “Lajpiradora pashala vó, que yo toy arruinao, yo voy yevando lo vaso y la botella palacoshina, ¿ta?” —suspiró, mientras arrancaba a recoger enseres siguiendo las órdenes recibidas.

    Fortunato se asombraba cada vez más de lo que iba viendo. Cuando los pobres delegados uruguayos terminaron de limpiar la sala, las dos presidentas los llevaron al aeropuerto a recibir a Hugo Chávez. Cuando Mujica se puso en fila con las dos damas para saludar al presidente de Venezuela, Cristina le gritó “¡Pepe, vos vas a buscar las valijas que trae Huguito, cuidadito de pasarlas por la aduana como aquel bobeta de Antonini Wilson, se las llevás a la camioneta aquella allá, y después van con Almagro en la misma camioneta para bajar el equipaje en el hotel, ¿me entendiste?”

    Mujica marchó obediente mascullando algo incomprensible que evidentemente terminaba en “parió”, por el énfasis con el que culminó su comentario.

    Cuando terminaron de bajar las valijas de Chávez en el hotel (sin haber podido saludarlo al Hugo, porque las dos damas lo tenían acaparado) Mujica de lejos le dice a doña Cristina “bueno, ahora aprovechamo que yastamo acá nelotel, y no vamo pala cucha, quejtamo cansao, Critina, ¿ta bién?”

    —“De ningún a manera, Pepe. En un par de horas está llegando Evo Morales al aeropuerto, porque con Dilma acabamos de decretar el ingreso de Bolivia al Mercosur, así que me van con Almagro a buscar los equipajes y me los traen en la misma camioneta, a ver, Almagro, espero que tengas libreta porque lo acabo de dejar libre al chofer, manejás vos y listo, nene” —ordenó la presidenta argentina.

    Mujica y Almagro estaban tan destruidos como asombrado estaba Fortunato de todo lo que acababa de ver y de escuchar.

    —“Ta bien, Critina, pero despué nojvamo pa casha, porque ya no tenemo más porquejtar acá hashiéndole lo mandado a ujtede dó, mashelugo y ahora mashelevo tamién ¿ta? Noj-va-mo-pa-ca-sha ¿mentendijte? ¡Me tené podrido me tené!” —explotó Mujica en un inusual acto de rebeldía.

    —“No te vas para tu casa, Pepe, te mando yo para tu casa, porque te expulso de la reunión, y te mando de vuelta, ¿me entendiste? ¡Te mando de vuelta!” —enfatizó.

    .”¡Vení, vieja, que al Pepe lo mandan de vuelta de la reunión del Mercosur, no sabés lo que te estás perdiendo!” —le gritó Fortunato a su mujer.

    —“¡De vuelta te volviste a dormir, Fortunato, estás roncando desde que empezó el informativo!” —le aclaró la esposa.

    —“Mirá vos…” —dijo Fortunato —“¡entonces tuve un sueño rarísimo!” —concluyó.

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