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    Irán, Estados Unidos y un ajedrez interminable

    N° 2055 - 16 al 22 de Enero de 2020

    Desde el acuerdo de Quincy en 1945 entre el Rey Saud y Franklin Delano Roosvelt, hasta la doctrina Carter, el Golfo Pérsico se reviste como una de las piezas más importantes del ajedrez norteamericano. Desde 1979 todo hecho que desestabilice la región es considerado como una acción contra los Estados Unidos; desde 1945 la alianza de Washington con Arabia Saudita canjea estabilidad y apoyo militar a la casa Saud, y a cambio se garantiza el abasto de petróleo. Hoy Estados Unidos es el mayor productor de crudo otra vez, pero importa el 40% del petróleo que consume, una cifra muy menor a la de una década atrás. El fracking, con sus graves consecuencias medio ambientales, explica una parte de la mejora en la dependencia energética norteamericana. El resto son las energías renovables, pero igualmente necesitan aún de un porcentaje muy alto de importaciones, y se espera que, en los tiempos venideros, cuando el fracking llegue a su tope, la dependencia energética del exterior regrese si no se encuentran alternativas. En noviembre Irán anunció el hallazgo de un yacimiento de 53 mil millones de barriles, 13 mil millones más que todas las reservas probadas de Estados Unidos. La república islámica pasaría a tener un total de reservas bajo tierra de 200 mil millones de barriles, un salto estratégico que posiciona a Teherán como un gran jugador en el mercado petrolero. Algo muy peligroso para occidente, considerando las intenciones de los ayatolas explicitadas en los últimos quince años.

    Al fin y al cabo, la apertura de la bolsa petrolera iraní en la Isla de Kish en marzo de 2008 encendió todas las alarmas en Wall Street. Washington logró un acuerdo con Teherán que culminó en 2015 con la firma de los tratados sobre las plantas de enriquecimiento de uranio, en tanto que la bolsa petrolera de Kish iniciaría sus tareas en otro momento. Quizá el momento llegó y la apertura de las operaciones es inevitable, teniendo en cuenta el aumento significativo de las reservas. Y para peor, la república islámica, además, no comercia su petróleo en dólares, fundamentalmente con China y Rusia, transformando el yuan y el euro en competidores del dólar. Sadam Hussein hizo lo mismo a principios del siglo y sabemos cómo terminó.

    La geopolítica y las opciones

    Cuando George Bush invadió Irak cambió la correlación de fuerzas en la región. Desde 2003 la disputa subregional entre Arabia Saudita e Irán tuvo al principal aliado saudí en las fronteras de la república islámica. El error geoestratégico de Washington fue inmenso, atizando la inestabilidad desde Kabul hasta Trípoli. Pero el epicentro del drama, la región chiita y el “arco de la crisis”, esa zona que abarca lo que fuera otrora la “medialuna de las tierras fértiles”, se transformó en un ajedrez mortal, donde una mala jugada podía tener consecuencias tan graves como increíbles, tanto en Irak como en Madrid, París o Londres. Y, mientras tanto, la disputa con Irán no sólo creció, sino que entró en otras fases.

    El inicio del siglo comenzó con esperanzas de cambio en la república islámica. La llegada al poder de Mohammed Jatami en 1997 descomprimió especialmente la situación social, asfixiada por el dogma chiita aplicado con rigor desde 1979. Sucesor del primer reformista, Akbar Hashemí Rafsanyaní, fue varios pasos más allá tanto en la liberación económica como social. Las mujeres tuvieron espacios nuevos y diferentes, las hijab imperfectas –o sea, dejando ver cabelleras teñidas- eran toleradas. Las campañas electorales, inclusive, fueron agitadas y coloridas, mientras se promovía el diálogo entre civilizaciones como estrategia global. Parecía que la apertura era posible, dentro de los cánones que los ayatolas permitían o que la realidad les imponía. La invasión de Irak encendió todas las luces rojas y la sociedad, rural y conservadora en su mayoría, buscó refugio en las tradiciones y la seguridad. Mahmud Ahmadineyad ganó las elecciones con el aval de la clerecía más reacia a los cambios. Las tensiones regionales se reciclaron en una coyuntura tan crítica como confusa.

    El enriquecimiento de uranio, los reportes de la Junta de Gobernadores que negociaba en Viena, la remisión de la decisión al Consejo de Seguridad de la ONU, se sumó, en 2007, a la captura de quince militares británicos en aguas territoriales iraníes, retenidos durante dos semanas, llevando la tensión contra la coalición invasora de su vecino a niveles tan inéditos como peligrosos. El gobierno de Tony Blair sufrió una nueva humillación. En setiembre de 2008 The Guardian informaba que Bush había detenido un inminente bombardeo israelí contra las instalaciones nucleares iraníes en mayo. El temor a un empeoramiento de la guerra y su salida de las fronteras iraquíes impusieron la prudencia.

    Mientras la crisis entraba en fases tan complejas como descontroladas, Ahmadineyad respaldaba a la mayoría chiita de Irak, en el doble juego marcado por la diplomacia del ayatola Al Sistani, líder religioso iraquí y factor de equilibrio en el país, y Moqtada al Sadr, jefe del Éjercito del Mahidí, una milicia de gran poder que, desde una postura radical y nacionalista, puso a Estados Unidos en aprietos más de una vez. Sin embargo, al Sadr ve con recelo la injerencia iraní en Irak, pero necesita su respaldo. Las ciudades de Kerbala y, principalmente, Nayaf, son el refugio tanto estratégico como religioso de una opción chiita cada vez más militante. La tumba del Imán Alí en Nayaf es sacra, ni los Estados Unidos pueden intentar acciones militares en el lugar santo.

    Cuando en 2010 la situación en Irak parecía estabilizada y muchos empezaban a trazar un nuevo statu quo para la región que incluía a Teherán, dos hechos marcaron la agenda. El primero, el éxito en las negociaciones por el enriquecimiento de uranio iraní. En 2015, finalmente se firmó el tratado que hoy está siendo dejado de lado. El segundo acontecimiento, una crisis tan profunda como inesperada: la Primavera Árabe.

    Desde principios de 2011 la ola de transformaciones que atravesó el mundo árabe no se detiene. No podemos analizar aquí sus profundas causas, pero conviene resaltar una: el hartazgo de las sociedades árabes con gobernantes tan tiránicos como corruptos. Pippa Norris demostró en un estupendo estudio que la mayoría absoluta de las sociedades árabes tienen una visión altamente positiva de las libertades y la democracia, y en algunos países son más entusiastas que occidente acerca de estos temas. La chispa nació en Túnez, luego el incendio arrasó todo el mundo árabe, afectando, además, a los persas.

    Las esperanzas de estabilización de Irak quedaron en la nada. Cuando la Primavera Árabe llegó a Siria, el desarrollo tan veloz como asombroso de la guerra en la zona liquidó las esperanzas de equilibrios. Una guerra donde más de 150 facciones pactaban o luchaban entre sí se sumaba a la intervención de los vecinos, con el agregado de la desestabilización regional.

    La frontera oriental de Siria es un cruce de rutas y de intereses políticos. Turquía, Irak y, no muy lejos, Irán, comparten un problema en común con Damasco: la lucha del pueblo Kurdo. Ubicados principalmente en el norte iraquí, Mosul es su zona y ciudad central, pero reivindican el “Kurdistán histórico” que abarca el este turco y sirio, el norte iraquí y un segmento del oeste de Irán. Cuando la guerra comenzó, Bashar el Assad pactó con los kurdos la autonomía política de su zona en Siria, transformándolos en aliados, un hecho increíble. Los peshmergas kurdos, entrenados por Israel, eran un buen aliado como combatientes, pero su reivindicación política territorial no dejaba de ser la piedra en el zapato. En medio del caos fueron los mejores guerreros para enfrentar al Estado Islámico, el ISIS.

    Surgido de los restos de Al Qaeda y de otras guerrillas, la intención de Abu Bakr al-Baghdadi era instalar un califato que se expandiera desde el epicentro de la frontera sirio-iraquí hasta llegar a Al Andaluz. Armados y respaldados principalmente por Arabia Saudita, su raíz wahabita, su parentesco doctrinario con los Saud, más el acceso al petróleo de Mosul, hicieron del ISIS una opción muy poderosa tanto en lo militar como en su influjo religioso. Ninguna potencia, ni local ni extranjera, podía permitir su desarrollo.

    Mientras Rusia, y bastante más atrás, China, apoyaron la dictadura de Bashar el Assad, de la que obtuvieron bases militares y prebendas petroleras, Estados Unidos debió virar su alianza en el conflicto y, finalmente, respaldó al gobierno de Damasco. En la región, el débil gobierno iraquí ?un títere de Washington, con mandato sólo en la zona verde de Bagdad? apeló al respaldo de Teherán tanto para enfrentar al ISIS que ocupaba el norte del país, como para comenzar un proceso que terminara con la tutela norteamericana. Irán aumentó su injerencia en el conflicto, y puso al frente a su mejor hombre, el general Qaem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds, Jerusalén en persa.

    En 2011, funcionarios de EE.UU. lo vincularon a un complot que supuestamente pretendía matar al embajador saudí en Washington usando sicarios de un cártel mexicano. Otros medios lo erigieron como puntal del levantamiento de los hutíes en Yemen. En 2012 Soleimani definió al ejército sirio como “inútil” y puso proa a organizar fuerzas alternativas, capaces de respaldar Bashar el Asad y evitar su caída. En Irak llamó “idiota” al ex premier y jefe de Defensa, Nuri Maliki, por sus actitudes ante los invasores y ocupantes. En la frontera sirio-iraquí frenó al Estado Islámico. Estuvo en la contraofensiva que permitió la recuperación de Alepo. En octubre de 2015 coordinó y dirigió la creación de una fuerza múltiple donde se sumaron cientos de soldados iraníes, milicias afganas, iraquíes y del partido chií libanés Hezbolá. Los norteamericanos, parece, dieron cuenta del segundo de Soleimani en la batalla de Alepo, el general de la Fuerza Quds Hossein Hamedani, el “mártir” de mayor rango muerto en batalla, antes de la muerte de Soleimani. Suerte similar había tenido en 2016 uno de los agentes de inteligencia de mayor rango de Teherán, Ghadanfar Rokon Abadi, embajador de Irán en Líbano, que escapó de milagro de un atentado contra su embajada. Regresó a Teherán en 2014. En 2016 hizo la peregrinación a La Meca, donde 2.300 personas murieron aplastadas en hechos de pánico y disturbios. Casualmente uno de los muertos era Ghadanfar Rokon Abadí. Los sauditas tardaron meses en devolver su cuerpo. Soleimani no fue el primer muerto selectivo, ¿será el último?

    Así, la asociación entre Irán, Rusia y los kurdos dieron por tierra con el Estado Islámico y el héroe de la hora fue Qaem Soleimani, que se proyectaba como líder militar, pero también como caudillo. ¿Un liderazgo regional de estas características podría tener proyecciones a futuro?

    La crisis 2020

    Desde hace varios años Estados Unidos tiene el hábito de atacar bases iraníes, tanto en Irak como en Siria. Israel lo hace en Líbano y en Gaza y apuntan a Hezbolá y Hamás. Mientras que los iraníes y las magras fuerzas sirias liquidan lo poco que queda del Estado Islámico, la alianza chiita entre Damasco y Teherán se debate entre mantener el pacto con los kurdos o permitir las incursiones turcas contra los peshmergas. Estados Unidos se retiró hace unos meses, dejando el campo libre a Ankara ?sus socios de la OTAN? soltándole la mano, de nuevo, al pueblo kurdo.

    Así, entonces, las tensiones se conjugan en un ajedrez múltiple, con demasiadas piezas y con varios tableros. Y en ese marco, la disputa entre Washington y Teherán toma un nuevo rumbo. La Primavera Árabe y la guerra siria permitieron la expansión del chiismo, que se alza como ganador, por el momento. Su influencia es evidente desde Yemen hasta Damasco, algo inadmisible para Arabia Saudita que, seguramente, llamó la atención a su aliado histórico, hoy representado por un presidente jaqueado y al borde de una nueva elección, Donald Trump.

    En 2018 Trump resolvió salirse del acuerdo internacional para controlar el programa nuclear iraní. En respuesta, la república islámica dejó de cumplir algunos puntos del acuerdo. La muerte de Soleimani dejó el pacto, casi, en un punto muerto. En junio de 2019 las tensiones por supuestos ataques iraníes en el estrecho de Ormuz fueron el primer episodio. En setiembre la crisis de los petroleros atizó aún más las tensiones. Las autoridades británicas, presionadas por Estados Unidos, detuvieron al petrolero Grace 1, de bandera iraní, que trasladaba 2.1 millones de barriles hacia Siria, más exactamente hacia la base de Tartus controlada por Rusia. Acusado de violar el bloqueo, el barco estuvo retenido en Gibraltar y en represalia Teherán secuestró el petrolero británico Stena Impero. Finalmente, el Grace 1 fue liberado, con el compromiso de que no se dirigiría a Siria. En setiembre fotos satelitales los retrataron anclado en Tartus…

    El 27 de diciembre el grupo proiraní Kataib Hezbolá atacó una base militar cerca de Kirkuk, donde murió un contratista estadounidense y resultaron heridos cuatro militares norteamericanos y dos iraquíes. El 31 Trump ordenó el ataque a las bases de Kataib Hezbolá. En respuesta se realizaron manifestaciones violentas contra la embajada norteamericana con un saldo de 20 heridos. Como réplica final, el presidente norteamericano ordenó el asesinato del general Soleimani. Los hechos puntuales son “demasiado poco” para una reacción de tal envergadura. Nadie mata a un estratega central de una potencia enemiga en una zona de alta tensión por el apedreo a una embajada.

    El asesinato fue una provocación. Trump tensó la cuerda al máximo esperando una reacción inmediata que desencadenaría una represalia aún mayor, con la esperanza de debilitar a los ayatolas y aumentar el poder de Arabia Saudita en una coyuntura regional donde la casa Saud está llevando las de perder, con la derrota del Estado Islámico y con los reveses en su guerra de Yemen. Pero Teherán sigue siendo más astuto de lo que occidente cree. El ayatola Alí Jamenei anunció que la represalia será un hecho y que vendrá desde el ejército iraní, no de sus aliados. Ni Hamás ni Hezbolá serán de la partida. Los ataques con misiles a bases territoriales, contra un vuelo comercial dejando víctimas civiles y diversas operaciones de inteligencia imposibles de describir aquí, dan cuenta del inicio de una respuesta para la que se tomarán su tiempo. Mientras tanto, Donald Trump retrajo su prepotencia a “modo espera”, sin muchas alternativas en este largo conflicto. Irán siempre ha respondido a los insultos y ataques esperando y demorando sus represalias.

    En su libro sobre Metternich y la restauración, Henry Kissinger sostiene que “cuando el destino de los imperios está en juego, las convicciones de sus estadistas son el medio de supervivencia”. De ser así, entonces, la Casa Blanca hoy está ofreciendo al mundo sus dudas y sus errores de cálculo. ¿Es una época donde el destino de Estados Unidos en el mundo puede comenzar a cambiar?